Saluda A Tu Nueva Madre

La residencia presidencial era una fortaleza de poder y lujo.

Al llegar, un asistente nos recibió con una expresión grave.

"El señor presidente no puede recibirlos. Sufre una migraña terrible y ha ordenado no ser molestado bajo ninguna circunstancia".

Máximo sonrió con suficiencia, mirándome con burla.

"Qué lástima, Lina. Parece que tu gran plan ha fallado. Te lo dije".

Sasha apenas pudo contener una risita. "Supongo que tendremos que volver. Qué decepción".

Sentí sus ojos burlones sobre mí, disfrutando de mi aparente fracaso.

Pero yo no había fracasado. Esto era exactamente lo que esperaba.

Recordé las historias de mi padre, las viejas cintas de mi madre. Sabía del tormento del presidente, de sus migrañas que ningún médico podía curar.

Y sabía la única cosa que alguna vez le dio alivio.

Ignorando a Máximo y a Sasha, caminé con calma hacia el ala donde se encontraba el estudio del presidente.

Estaba de pie en el frío suelo de mármol, justo fuera de la imponente puerta de madera.

Cerré los ojos y respiré hondo.

Y entonces, comencé a cantar.

No era una canción de moda, ni una balada pop.

Era una vieja y melancólica ranchera, una que mi madre solía cantar en los cafetales. La misma canción que, según las leyendas familiares, el presidente Roy Lawrence amaba escuchar de su antiguo y secreto amor.

Mi voz, una réplica exacta de la de mi madre, flotó por el pasillo silencioso.

"¿Qué es ese ruido?", siseó Máximo, corriendo hacia mí. "¡Cállate, idiota! ¡Nos vas a meter en problemas!"

Intentó agarrarme del brazo para levantarme, pero yo seguí cantando, poniendo todo el dolor de mi vida pasada en cada nota.

De repente, la puerta del estudio se abrió de golpe.

Un guardia de seguridad salió, con la mano en su arma.

"Señorita, debe detenerse ahora mismo. El presidente..."

Pero se calló cuando el propio presidente Roy Lawrence apareció en el umbral.

Era un hombre de unos cincuenta años, con el peso de la nación sobre sus hombros, pero sus ojos, inyectados en sangre por el dolor, se abrieron de par en par.

Estaba pálido, aturdido.

"Esa voz...", susurró, como si viera un fantasma.

Me miró, y su rostro se transformó del dolor al más absoluto shock.

Estaba viendo un fantasma. El vivo retrato de la mujer que había amado y perdido.

"Tú...", dijo, su voz apenas audible. "Entra".

Le lancé a Máximo y a Sasha una mirada por encima del hombro antes de levantarme y seguir al presidente a su estudio.

La habitación estaba oscura, excepto por una pequeña lámpara de escritorio. El presidente se sentó pesadamente en su sillón, sin dejar de mirarme.

"Canta de nuevo", ordenó, su voz era una mezcla de autoridad y súplica.

Canté otra canción, y luego otra. Con cada nota, veía cómo la tensión abandonaba su rostro, cómo el dolor en sus ojos era reemplazado por una profunda nostalgia.

Cuando terminé, el silencio era denso.

"¿Quién eres?", preguntó finalmente.

"Soy Lina Garcia, señor presidente", respondí suavemente. "La prometida de su hijo, Máximo".

Sus ojos se entrecerraron, mirando más allá de mí, hacia la puerta.

"¿Máximo? ¿Él te trajo aquí?"

"Sí, señor. Vine a pedir su bendición para nuestra unión".

Hice una pausa, eligiendo mis siguientes palabras con sumo cuidado.

"Pero... entiendo que usted no esté bien. Si mi canto le ayuda, consideraría un honor venir a cantarle siempre que lo necesite. No pido nada a cambio".

Luego, bajé la mirada, como si estuviera confesando un secreto doloroso.

"La verdad es que... no estoy segura de amar a Máximo. Mi corazón pertenece a otro hombre. Un hombre poderoso, inalcanzable... un amor que nunca podrá ser. Supongo que me casaré con Máximo por deber, pero mi corazón nunca será suyo".

Roy Lawrence me observó, su expresión indescifrable.

"Vuelve mañana", dijo finalmente. "A la misma hora".

Fue un éxito. La semilla estaba plantada.

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