Kesner, admiraba la hermosura de los fiordos, sobre todo le fascinaba, la corona de nubes que adornaban con su belleza, la imponente cima de las montañas. En esos espacios se sentía otro, no era propiamente él, allí los problemas no existían, las ecuaciones humanas cesan, dejando vida a la vida y era extraño, porque el Kesner real, era señalado como un elemento mortal, peligroso, uno que otro lo ha calificado de: psicópata, no falta el que lo haga de Nazi y no digo, que esos Kesner no existan, pero el que estaba allí con la naturaleza, era otro.
Su jet, un lujoso:
”bombardier challenger 350”
Se preparaba para el aterrizaje.
-Mister, we prepare to take track.
-Very good Captain, follow the agreed plan.
-As you order sir.
El capitán Jerry Smith, notificaba vía radial a Kesner, que la tripulación se disponía a tocar pista; él por su parte monitoreaba toda la operación, desde las “pantallas táctiles de información de vuelo”.
De hecho, aquel potentado tenía varios jets, pero ese, sin ser el más lujoso, tampoco el más espacioso, era su preferido. Gustaba de sus asientos esculpidos a mano, del perfecto acabado en cuero y de aquel ambiente luminoso, que impregnaba a todo, una fuerza especial y una elegancia digna de un Príncipe.
Nunca descendía ni de primero, ni de último, esto por cuestiones de seguridad; desconfiaba de todos, eso era un hecho, muchos decían que no confiaba ni en él mismo; bajó con calma las lujosas escalinatas, que comunicaban al moderno jet con la tierra firme y lo hizo sin dejar de admirar el indómito paisaje, al pisar tierra, respiró profundo y echó, como siempre hacía, una breve ojeada al ecosistema, algo rápida quizás.
Estaba estudiando la fauna exótica, de aquel enigmático país; venía de recorrer el mundo entero. Se encontraba ahora organizando, un gigantesco archivo con fotos, anotaciones y datos de interés, aquella era la tierra del: Kiwi, del loro de montaña, del delfín cabeza blanca, del tuatára, el tui, el weta, el pingüino azul, el león marino y la lechuza morepork.
Esa labor naturalista, era uno de sus pasatiempos predilectos y lo hacía por placer, no por negocio; por eso le disgustaba, que alguien mezclara el trabajo con su diversión, ese espacio era de él y solo de él. Por esa causa atendió con desgano la llamada del Barón Herver Von Brener.
-Señor Kesner.
-Dime Herver ¿Qué sucede? ¿Por qué me molestas?
-Nada señor, solo lo llamo para decirle, que en cinco minutos llegaremos al sitio.
-Muy bien, pero no me vuelvas a contactar, a menos que yo lo solicite; cuando termines, manda un informe a Brúcelas.
-Sí señor, así se hará.
La llamada concluyó y él vió la hora en su reloj, por unos instantes estuvo pensativo, como ausente, después de esto, extrajo del bolsillo izquierdo de su pantalón, unas anotaciones. Las observó con cierta preocupación y era extraño, él no era así. Luego le ordenó secamente a su asistente.
-Sírveme un trago
Él se cuidaba mucho de no cometer errores, su jefe era amante de la perfección y no aceptaba errores; cada orden dada por su líder, la cumplía rigurosamente, cual si fuese un ritual; por ello y con sumo cuidado, fue abriendo lentamente aquel hermoso maletín, de cuero legitimo, por cierto de origen suizo y de él sustrajo, con su mano izquierda, siempre debía ser con esa, jamás con la diestra, una botella de: Remi M.Louis XIII, coñac exquisito, de limitada y muy costosa producción.
Del mismo maletín, tomó una copa Sniffer, impecablemente reluciente; mostraba la misma su forma redonda y su excelente amplitud interior, factores estos, que brindaban calor a la bebida, mejorando su aroma. Con sumo respeto, como si estuviese frente a un altar, sirvió tres dedos exactos de aquel selecto licor, ofreciendo de inmediato la copa a su jefe.
-Aquí tiene señor.
Este lo ve fijamente a los ojos, cómo estudiándole, buscandole quizás algún gesto extaño, inusual, atípico. Finamente indica.
-Toma tú primero.
-Sí señor, como usted mande.
Responde el empleado; con gran seguridad y sin nerviosismo alguno, bien sabía Carl, así se llama éste fiel asistente, que debía beber un dedo, solo un dedo de coñac, porque dos eran del jefe. En esto, como en todo, el gran Kesner era estricto.
-Listo señor, orden cumplida.
-Muy bien Carl, muy bien.
Indicó Kesner; tomando con su mano izquierda la copa. Siempre su olfato se adelantaba a sus labios, era esa un regla que nunca violaba, luego fue catando lentamente el primer trago. Era temprano, casi las 7 de la mañana, según él, ésta era la mejor hora para aquel recorrido, por eso le ordena a su asistente, eso sí, sin dejar su trago.
-Sigamos la ruta, alista el equipo.
"Llegaste óbolo”
Rostro ovalado, cuerpo atlético; de 1.89 de estatura, cabello negro, corto y liso, nariz perfilada, orejas pequeñas, labios de igual tamaño y no mostraba marcas ni tatuajes en su cuerpo.
Estudiante del cuarto semestre de derecho de la universidad de Gold; amante de las artes marciales, disciplina en la que ya ostentaba el grado de cinturón negro y practicaba natación, pero solo los sábados y en el viejo club de atletismo.
Se podrá decir, sin exagerar, que Yolbert de la Cruz Fuentes, era el hijo perfecto que cualquier Madre desearía. Pero como dato curioso y para definir aún más a nuestro personaje, debemos indicar, que nunca tuvo novia, esto a pesar de tener una personalidad definida y una autoestima muy alta.
Él para el amor se mostraba tímido, reservado, callado, era ese un terreno que no conocía y al que temía; había en Yolert un no sé qué, algo complejo de describir, que lo hacía tartamudear ante una mujer bonita, es más, se volvía hasta torpe. Pero así lo prefería su Madre, quien supo acapararlo para ella, solo para ella, por eso siempre decía “Mi niñito no puede ser de otra” y así fue; dados los factores expuestos podemos deducir, que se justificaba que a sus 21 años de edad, aquel muchacho se conservara totalmente virgen. Claro está, que no estamos explorando otras causas y les aclaro algo. No era homosexual, ni tenía esa tendencia. Tampoco era homofóbico. Pero si y eso estaba a la vista, lo afectó el hecho de no tener Padre y de estar, como siempre estuvo, bajo el dominio estricto de una mujer. La figura paterna para él, era otro misterio más, que lo hacía por ratos, quedarse como absorto, retraído en sí mismo. Siempre se preguntaba. ¿Cómo sería su progenitor? ¿Por qué lo había abandonado? ¿Acaso no lo quería? Estás interrogantes se sumaban a otras, en un sin fin de preguntas sin respuestas.
Este es el joven que ahora desciende del verdugo, cargando las cenizas de su madre, en la más absoluta incertidumbre, colmado de dudas y por qué no, algo temeroso, ésto porque su sexto sentido lo alertaba y nunca se equivocaba. Algo estaba por suceder, pero no sabía que.
"La cena y protocolo"
La llegada de los jefes de la Cofradía, creó en San Pedro del Mosto un gran movimiento. Mucho alboroto; el aeropuerto privado estaba abarrotado; encabezaba aquel recibimiento el Doctor Julio José Serrano. Gobernador de la isla; le acompañaba el General Ismael Salvador Arciniegas quien era el “jefe del comando militar unificado"
Luego de la ceremonia oficial, que fue cómo siempre muy pomposa; fueron conducidos los ilustres visitantes, hacia una lujosa limusina que los trasladaría de inmediato, a la amplia sala de reuniones, del moderno auditorio “San Pedro del Mosto”, parte importante del palacio de gobierno; ya instalados y después de verificar su apretada agenda. Doña Luisa Arsemina Pons dirigió unas breves palabras a la selecta audiencia, allí aprovechó el momento para girar algunas instrucciones.
Después se dirigieron, siguiendo estrictamente los pasos del protocolo, hacia el comedor principal, al llegar allí. El Barón Herver Von Brener le hizo una exigencia al Gobernador.
-Esperen 15 minutos, mientras nos bañamos y nos ponemos al día con la indumentaria adecuada.
-Como usted ordene Barón.
Fue la respuesta sumisa del líder de la isla; Doña Luisa tenía 45 años de edad, no era muy alta, apenas alcanzaba 1.70 de estatura, su cabello era rubio, ondulado, sus ojos verde-mar, su nariz era bellamente perfilada, no siempre fue así, pero el bisturí hace milagros, lucía orejas pequeñas, labios carnosos y un cuerpo atrayente. En su brazo izquierdo se le detalla un tatuaje, que la identifica como líder de la Cofradía; posee un don de mando que es innato en ella, le gusta tener el control de todo, no conoce límites, cree en su intuición y tiene una autoestima bastante elevada.
Abogada de profesión, egresada de la renombrada “Universidad Europea de Madrid” experta en derecho internacional. Con dominio a la perfección de 4 idiomas: El inglés, el alemán, el español y el francés. Es una dama de gustos costosos y altamente exquisitos.
Su compañero y su gran amigo del alma. El Barón Herver Von Brener, era Ingeniero de profesión; egresado de la universidad de Múnich, de 1.90 de estatura, de contextura fuerte, rubio, de ojos azules. Hombre de pocas palabras, que siempre buscaba concretar, evadiendo los rodeos y que hablaba a la perfección 5 idiomas, cómo es lógico, al gual que Luisa, poseía gustos refinados.
Ambos hacen su entrada en éste momento al suntuoso comedor; todo se hacía según el protocolo, la improvisación estaba prohibida, es más, no existe. Por ello, sin ser necesariamente aquello, un encuentro de la alta sociedad, su presencia y prestancia se mantendrían a la altura y allí estaba ella, luciendo un vestido cóctel, con brocado blanco y pedrería dorada. Modelo exclusivo de Givenchy, afamada firma francesa, que la refinada dama utilizaba a menudo, de la misma marca era la cartera, modelo pequeño, color champan y sus zapatillas, eran una obra de Gucci, las mismas mostraban un color rosado, algo intenso.
Él vestía informal; llevaba una camisa de estilo conservador, de color azul-cielo, mangas largas, muy poco usaba las cortas, quizás para otras ocasiones. Lucía también, unos pantalones negros, lisos, sin bolsillos, que ocultaban en su largo, la parte superior de su calzado; sus zapatos eran marrones y estaban extremadamente relucientes.
Un extremo de la mesa lo ocupó Doña Luisa, a su derecha se ubicó el gobernador, el otro extremo fue para el Barón Von Brener y a su diestra se sentó el general Arciniegas; el resto de la comitiva cubrió las sillas restantes.
Dos candelabros adornaban su centro y un mantel blanco, suficientemente amplio, ocultaba (como lo exigían las reglas de la alta sociedad), las ordinarias patas de la mesa. Los tenedores estaban colocados a la izquierda con las puntas hacia lo alto, a la derecha estaban los cuchillos con el filo hacia adentro y las cucharas estaban ubicadas del mismo lado con la concavidad hacia arriba. En lo que se refiere a las copas, estas se colocaban en la parte superior derecha del plato, en una posición que semeja las esferas de un reloj a las dos en punto
La primera persona en ser atendida, fue Doña Luisa Pons, el mesonero, con el respectivo permiso y después de mostrar la botella a la distinguida mujer, le sirve el vino (un Sauvignon Blanc, refrigerado entre 5 y 8 grados centígrados). Otro mesonero y siguiendo las instrucciones precisas de la hermosa Doctora, le traerá el platillo seleccionado con anterioridad. Que no es otro que “La Paella Valenciana”.
Al Barón se le muestra la botella solicitada para su cena, no, no era una Speyer, vino antiguo que data del año 305 AC, poco más, poco menos, cosecha de la cual nuestro personaje tenía una buena remesa; hoy andaba tradicional, con la Alemania nostálgica en su corazón, por eso ante él estaba un: Siegelsberg Riesling Trocken 2015, vino especial para esa comida, tan popular en su tierra y que revivía en él, recuerdos lejanos, quizás perdidos. Aquel platillo era conocido como: Flammkuche, en realidad era una especie de pizza, pero muy divina.
Los demás comensales, siguiendo la tradición en San Pedro, degustaron un plato típico de la isla; pollo relleno con cangrejo.
Después de aquella suculenta comida, tanto Luisa como Herver, se retiraron a descansar a sus habitaciones. Ella sobre todo estaba agotada, necesitaba reponer fuerzas y nada mejor que el relax, la soledad absoluta y una buena música, para lograr ese objetivo. Por eso estaba en bata de dormir, sentada en el amplio sofá , que adornaba el amplio y lujoso balcón, disfrutando de esa vista maravillosa, de ese mar que le trasmitía tanto y escuchando el magnífico nocturno de Chopin. Le encantaba su música, adoraba sobre todo el vals de primavera.
Por su parte Herver, ya dormía plácidamente; no tenía problemas con el sueño.





