El repentino cambio de comportamiento de Erick de hoy tenía sentido ahora. Incluso había tenido sexo con Alicia, algo que a ella le resultaba excitante y confuso a la vez.
Al principio, estaba encantada con este nuevo avance en su relación, pero poco después sintió que estaba haciendo el ridículo.
"Lo hiciste por lástima hacia mí, ¿verdad?", inquirió la muchacha con voz temblorosa. Su cara perdió todo el color, y sus manos, que agarraban con fuerza su ropa, se cerraron en puños.
El calor que había sentido en su momento de intimidad desapareció rápidamente, dejándola fría y vacía.
Se preguntó si Erick intimó con ella solo para que aceptara que Michelle se mudara a su casa.
Para Alicia, aquello era el insulto definitivo.
Erick, que parecía un poco impaciente, apagó el cigarrillo en el cenicero de cristal. "¿Por qué sigues resistiéndote? Michelle es tu hermana. ¿Cuánto tiempo vas a evitarla?".
"Puede que sea mi hermana, pero casi me mata. ¿Pretendes que la vea todos los días y recuerde lo cerca que estuve de la muerte?".
Alicia alzó su voz inconscientemente.
Estaba segura de que tenía un aspecto terrible en ese momento. En el pasado, lo hizo todo para ser la esposa perfecta para Erick, e incluso renunció a su carrera para cuidar de él, todo con la esperanza de ganarse su amor.
Ella sabía que él era un hombre orgulloso, y que su matrimonio forzado le representaba una molestia constante.
Sin embargo, tenía la esperanza de que, con el tiempo, empezara a sentir algo por ella.
Ahora se daba cuenta de lo ingenua que había sido.
Él ignoraba que, tres años atrás, ella estuvo a punto de perder la vida en un accidente automovilístico provocado por Michelle, lo que le supuso una estancia de tres meses en el hospital y la dejó dependiente de una silla de ruedas durante meses. No sabía de las pesadillas que la atormentaban cada noche desde entonces, haciéndola despertarse gritando, y tampoco era consciente de que el clima lluvioso le provocaba dolor en la cicatriz de la pierna.
Su vida había estado llena de luchas, día y noche.
Para él, Michelle solo era una pobre chica que tuvo que abandonar su país por culpa de su celosa esposa, una mujer a la que veía histérica y resentida.
Eran ellos quienes la habían empujado al punto de la histeria.
Erick la miró con frialdad, con una expresión tajante, tan distinta de la calidez y dulzura que había mostrado solo unos instantes antes. Pero, esta vez, Alicia se mantuvo firme, con los labios apretados y los ojos ardiendo de determinación.
Llevaba años cediendo, pero tenía sus límites.
No soportaría ver a Michelle entrar en su casa y acercarse a su esposo ante sus propios ojos.
Simplemente no podía.
"Creo que lo entendiste todo mal". Erick se levantó despacio, pasó junto a ella, se despojó del albornoz y se vistió con gracia.
Su perfil era llamativo, como si lo hubiera trazado cuidadosamente un artista, pero la frialdad de sus ojos lo hacía parecer aún más misterioso.
Sin embargo, sus palabras fueron claras y directas, firmes e inquebrantables.
"Esta es mi casa, y yo tengo la última palabra. No se puede discutir. Así son las cosas".
Mientras se abrochaba con precisión el último botón de la camisa, se volvió para mirar a Alicia.
Era como si todos los íntimos momentos anteriores fueran solo producto de la imaginación de la joven, quien sentía como si unas manos invisibles apretaran su cuello con fuerza, dificultándole la respiración. Vio a Erick acercarse, paso a paso, y una sensación de miedo inexplicable la invadió.
Sin darse cuenta, retrocedió hasta que él alargó la mano y le sujetó la barbilla con firmeza.
Sus miradas se cruzaron y el corazón de Alicia empezó a acelerarse.
Entonces, de la nada, un fuerte alboroto rompió la tensión. Su criada irrumpió anunciando: "Señor Ellis, la señorita Singh está abajo".
¿Señorita Singh? ¿Era Michelle?
Alicia se tensó de golpe. Se dio cuenta de que Erick respondía con prontitud, corriendo a la ventana para mirar hacia afuera.
Curiosa, se unió a él, y fue entonces cuando vio la escena de abajo.
Era una tormenta, con relámpagos que surcaban el cielo, truenos que retumbaban, nubes oscuras que se cernían y lluvia que caía con fuerza. Los árboles se doblaban con el viento, y allí, justo a la entrada de su casa, estaba Michelle. Estaba empapada y tenía el pelo pegado a la cara, pero se mantenía firme.
Su aspecto era a la vez lamentable y atractivo.
Alicia miró a Erick, que estaba a su lado, con los ojos muy abiertos por la sorpresa. Él se dio la vuelta bruscamente, dispuesto a correr escaleras abajo en un instante.
Alicia sintió un escalofrío.
Entonces, habló apretando los dientes, con voz firme: "Si sales por esa puerta hoy, se acabó lo nuestro".





