El médico frente a mí suspiró.
"Sofía, tu leucemia está muy avanzada."
Asentí.
"Lo sé."
"Aún hay opciones de tratamiento, experimentales, pero..."
"No quiero tratamiento," lo interrumpí con calma. "Quiero donar mis órganos. Ya firmé los papeles."
El médico me miró, sus ojos llenos de una tristeza profesional.
"Es tu decisión, pero es una pena. Eres joven."
"Morir no es una pena para mí," dije, una pequeña sonrisa amarga en mis labios. "Es un alivio."
Él no entendía. Nadie entendía.
Mi teléfono sonó, rompiendo la tensa calma de la consulta. Era Mateo Ferrari, mi jefe.
"Sofía," su voz era fría, como siempre. "Hay una cena de negocios esta noche. Importante. Te quiero aquí a las ocho."
No preguntó cómo estaba. Nunca lo hacía.
"Sí, señor Ferrari," respondí, la sumisión habitual en mi voz.
Colgó sin despedirse.
Miré al médico.
"Tengo que irme."
Él solo asintió, resignado.
La cena fue en un restaurante caro de Puerto Madero. Mateo estaba en la cabecera de la mesa, encantador y carismático con los clientes. Yo estaba sentada a un extremo, la asistente invisible.
"Sofía, sirve más vino a nuestros invitados," ordenó Mateo sin mirarme.
Obedecí. Luego, llenó mi propia copa.
"Y tú también bebe. Necesitamos cerrar este trato."
Sabía que el alcohol era veneno para mi cuerpo debilitado. Pero su mirada era un desafío.
Bebí. El Malbec era espeso y áspero en mi garganta.
Los clientes rieron, ajenos a mi tormento. Mateo sonrió, satisfecho.
Cada sorbo era una agonía. El estómago se me revolvía, un sudor frío me perlaba la frente. Pero mantuve la compostura, tragando el dolor junto con el vino. Él me observaba, una chispa cruel en sus ojos oscuros. Disfrutaba mi sufrimiento. Era parte de mi penitencia.
Al final de la cena, uno de los clientes, un hombre mayor con ojos amables, se me acercó.
"Señorita Morales, ¿se encuentra bien? Está muy pálida."
"Estoy bien, gracias," mentí.
"Si necesita algo, no dude en decírmelo. Podría ayudarla a conseguir otro trabajo, lejos de..." Miró discretamente a Mateo.
Negué con la cabeza.
"Le agradezco, pero tengo una deuda que pagar aquí."
El hombre me miró, perplejo. No insistió.
Mateo me siguió hasta mi pequeño departamento en San Telmo. Entró sin ser invitado.
"¿Qué deuda?" preguntó, su voz era un gruñido bajo.
Me acorraló contra la pared. Su aliento olía a vino caro.
"¿Por qué sigues aquí, Sofía? ¿Por qué aguantas todo esto?"
Sus labios se estrellaron contra los míos, un beso forzado, lleno de ira y confusión.
Lo aparté con la poca fuerza que me quedaba.
"Es lo que merezco," susurré.
"¿Mereces?" se burló. "Crees que sufriendo así vas a expiar tu culpa, ¿verdad?"
Sus ojos brillaban con un dolor que reflejaba el mío.
Su teléfono sonó. Era Isabella Rossi, su prometida.
La ira en el rostro de Mateo se desvaneció, reemplazada por una máscara de fría cortesía.
"Isabella, querida."
Se alejó de mí, dándome la espalda mientras hablaba con ella.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Un dolor agudo me atravesó el abdomen. Me doblé, ahogando un gemido.
La sangre.
Manchaba mi falda, tibia y oscura.
Mateo colgó y se giró. Me vio en el suelo, un charco creciendo a mi alrededor.
Sus ojos se abrieron con horror, pero solo por un instante. Luego, la frialdad regresó.
"Llama a una ambulancia," dijo, su voz desprovista de emoción. Salió del departamento, cerrando la puerta detrás de él.
Me quedé sola, desangrándome, el dolor físico mezclándose con la negrura de mi alma.
Un recuerdo fugaz, dolorosamente dulce: Mendoza, los viñedos de los Ferrari bajo el sol. Mateo, entonces mi novio, me abrazaba por la cintura, riendo mientras intentaba enseñarme a podar las vides. Valeria, su hermana menor y mi mejor amiga, nos tomaba fotos, su risa cristalina flotando en el aire. Éramos jóvenes, llenos de sueños. Mateo era protector, tierno. Valeria era mi confidente, mi hermana del alma. La vida era una promesa.
Otro recuerdo, este oscuro y desgarrador, cinco años atrás. La finca en Mendoza, noche cerrada. Ruidos. Hombres enmascarados. Valeria empujándome hacia la ventana. "¡Salta, Sofi! ¡Corre!" Su voz, urgente. Mi miedo paralizante. El sonido de un disparo. Su grito. Corrí, corrí sin mirar atrás, el eco de su sacrificio persiguiéndome. Cuando la policía me encontró, Mateo estaba allí. Sus ojos, antes llenos de amor, ahora me miraban con un odio helado. "Tú. Tú la dejaste morir. Es tu culpa." Sus palabras fueron mi sentencia.
Desde entonces, cada día había sido una expiación. Sufrir a manos de Mateo era mi forma de pagar. La leucemia solo era el último acto de esta tragedia. Morir era mi única liberación, la única forma de reunirme con Valeria, de pedirle perdón. Quizás, solo quizás, en la muerte, encontraría la paz que la vida me había negado.





