Promesa Rota, Amor Hallado

Ricardo "Ricky" Morales y Sofía "La Sombra" Delgado eran una leyenda en la red oscura de la Ciudad de México. Los mercenarios mejor pagados, las dos caras de la misma moneda letal bajo la organización "El Búho". Veinte años juntos, desde que eran unos niños de siete años luchando por sobrevivir en las calles, hasta la cima del sicariato. Eran un equipo, una máquina perfecta.

Vivían juntos, trabajaban juntos. El apartamento que compartían era un reflejo de su vida: funcional, minimalista y con un arsenal escondido tras una pared falsa. Compartían la cama, el sudor de las misiones y el silencio de las noches. Para Ricky, era más que una alianza. Era el preludio de un futuro juntos.

Una noche, después de una misión, Sofía lo despertó con una patada en la espalda.

"Muévete, Ricky. Roncas como un cerdo."

Su voz era fría, como siempre, pero él estaba acostumbrado. Se levantó sin quejarse y se fue al sofá, como tantas otras veces. No le importaba. Creía que esa frialdad era su coraza, su forma de sobrevivir en un mundo que no perdona.

Desde el sofá, la observaba dormir. Su rostro, usualmente una máscara de indiferencia, se relajaba en el sueño. Ricky se permitía soñar. Imaginaba el día en que esa frialdad se derritiera solo para él, el día en que finalmente admitiera que todo lo que compartían significaba algo. Estaba seguro de que Sofía sería suya. Era solo cuestión de tiempo.

Entonces, hace seis meses, llegó el contrato que lo cambió todo. Proteger a Mateo Reyes, un joven y carismático empresario con más enemigos que amigos. Un trabajo rutinario, bien pagado. Pero desde el primer día, algo fue diferente.

Ricky vio la mirada de Sofía posarse en Mateo. No era la mirada calculadora de una profesional evaluando a un cliente. Era una ternura que él jamás había visto en sus ojos. Una suavidad que nunca, en veinte años, le había dedicado a él.

El shock inicial se convirtió en una espina clavada en su pecho. Empezó a observar, a notar los pequeños detalles. Cómo la voz de Sofía se suavizaba al hablar con Mateo, cómo sus ojos lo seguían a todas partes, cómo se sonrojaba ligeramente cuando él le sonreía.

La regla número uno de su profesión era mantener la distancia emocional. Una regla que Sofía había grabado en su mente a fuego. Pero por Mateo, ella la estaba rompiendo en mil pedazos. La prueba definitiva llegó una tarde. Se suponía que debían vigilar el perímetro de la mansión de Mateo, pero Sofía no estaba en su puesto.

Ricky la encontró en la sala de seguridad, con la mirada fija en uno de los monitores. La pantalla mostraba la imagen de la ducha principal. Mateo Reyes se estaba duchando, el agua resbalando por su cuerpo musculoso. Y Sofía lo miraba, hipnotizada, con una expresión de anhelo tan profundo que a Ricky se le heló la sangre.

En ese instante, lo comprendió todo. La frialdad de Sofía no era una coraza. No era innata. Simplemente, su deseo, su ternura, su anhelo… nunca habían sido para él. Veinte años de lealtad, de amor silencioso, se hicieron cenizas en un segundo.

Sintió un dolor tan agudo que le cortó la respiración. Se dio la vuelta, salió de la mansión sin hacer ruido y caminó sin rumbo por las calles de la ciudad. Cuando finalmente se detuvo, sacó su teléfono. No llamó a "El Búho" para presentar su renuncia todavía. Marcó un número que no había usado en años.

"Abuelo."

La voz al otro lado sonó sorprendida, pero cálida.

"Ricky, hijo, ¿estás bien?"

Ricky tragó saliva, el nudo en su garganta apenas le permitía hablar.

"Abuelo, ¿esa chica de la familia Mendoza, la que decían que estaba mal de la cabeza, sigue viva?"

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

"Sí, Isabella… sigue aquí."

"Acepto", dijo Ricky, su voz sonando hueca, rota. "Acepto casarme con ella."

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