Promesa Rota, Amor Hallado

"¿Estás seguro, Ricky?", preguntó su abuelo a través del teléfono, su voz cargada de una mezcla de sorpresa y preocupación.

"Completamente seguro, abuelo", respondió Ricky, con una calma que no sentía. "Prepara todo. Me voy de aquí."

Colgó antes de que su abuelo pudiera hacer más preguntas. No tenía fuerzas para dar explicaciones. Se quedó de pie en medio de la calle, sintiendo el vacío en su interior. La decisión estaba tomada. No había vuelta atrás.

Cuando regresó a la mansión de Mateo, el sol ya se estaba poniendo. Atravesó el jardín y vio a Sofía sentada junto a la piscina. Mateo estaba a su lado, riendo de algo que ella le decía. Sofía, que rara vez sonreía, le ofrecía a Mateo una sonrisa deslumbrante, llena de una devoción que a Ricky le revolvió el estómago.

El aire olía a cloro y a la dulce fragancia de las flores del jardín, una mezcla que de repente le pareció nauseabunda. Se acercó a la sala de seguridad, el lugar donde su mundo se había derrumbado horas antes. Encendió el monitor, cambiando las cámaras hasta que encontró la del baño principal. La ducha todavía estaba húmeda.

Sintió una oleada de ira fría. Sofía había violado su código más sagrado por un capricho, por una obsesión. Entró a la casa y subió directamente a la habitación de ella. La puerta estaba abierta. Su ropa estaba esparcida por el suelo, una señal de la prisa con la que se había cambiado para ir a coquetear con Mateo.

Ricky entró en el baño de Sofía y, sin pensarlo dos veces, abrió la regadera. El agua fría salpicó sus botas.

Unos minutos después, escuchó los pasos de Sofía en el pasillo. Entró en la habitación y se detuvo en seco al verlo.

"¿Qué diablos haces, Ricky? ¿Estás loco?"

Él no se movió. Siguió mirando el agua correr.

"¿Por qué no puedo estar aquí?", preguntó con una voz carente de emoción. "Tú estabas mirando a Mateo ducharse. Yo solo estoy mirando tu ducha. ¿Cuál es la diferencia?"

Sofía se puso rígida. Su rostro se contrajo en una mueca de ira.

"¡No es lo mismo y lo sabes! ¡Soy una mujer y él es un hombre!"

Ricky soltó una risa amarga. Se giró para mirarla, sus ojos oscuros fijos en los de ella.

"¿Ah, sí? ¿Ahora sí importa que seas mujer? Porque durante veinte años has insistido en que somos iguales. Has dormido en mi cama, me has visto desnudo cientos de veces, me has pateado y tratado como a un perro. ¿Y ahora de repente te acuerdas de que 'hay diferencias'?"

La cara de Sofía enrojeció de furia.

"¡Eso no tiene nada que ver!"

"¡Claro que tiene que ver!", gritó Ricky, perdiendo la compostura por primera vez. "¡Rompiste la regla número uno, Sofía! ¡Pusiste en riesgo la misión y nuestras vidas por tu calentura! ¿Qué hubiera pasado si uno de los enemigos de Reyes atacaba mientras tú estabas espiándolo como una colegiala pervertida?"

Sofía se abalanzó sobre él, intentando agarrarlo del brazo.

"¡Cállate la boca!"

Ricky la apartó con un movimiento brusco. La fuerza del empujón la hizo tambalearse.

"No me toques", siseó él, su voz cargada de un asco que la sorprendió. "No vuelvas a ponerme una mano encima."

Sofía lo miró, sus ojos brillando con una furia helada. Y entonces, pronunció las palabras que terminarían de destrozar el corazón de Ricky.

"¿Y tú qué te crees? ¿Que me importas? ¿Que siento algo por ti?", escupió con desprecio. "No seas ridículo, Ricky. Para mí, ni siquiera eres un hombre."

El mundo de Ricky se detuvo. Las palabras resonaron en su cabeza, un eco cruel y ensordecedor. Sintió un mareo, como si el suelo se abriera bajo sus pies. Miró a Sofía, la mujer por la que habría dado la vida, y solo vio a una extraña llena de veneno.

No pudo responder. No tenía nada que decir.

Sofía lo agarró del brazo con una fuerza brutal y lo arrastró fuera de la habitación.

"¡Lárgate de aquí!", gritó, antes de cerrar la puerta en su cara con un portazo que retumbó en todo el pasillo.

Ricky se quedó allí, de pie, mirando la puerta cerrada. La humillación era un sabor amargo en su boca. En ese momento, la puerta de la habitación de Mateo se abrió.

Mateo salió, envuelto en una bata de seda, con el pelo todavía húmedo. Le sonrió a Ricky, una sonrisa que pretendía ser amable pero que apestaba a condescendencia.

"¿Todo bien, amigo? Escuché gritos. ¿Sofía y tú tuvieron una pelea de pareja?"

Ricky lo miró. Miró su cara atractiva, su cuerpo perfecto, su aire de superioridad. Y luego se miró a sí mismo en el reflejo de un espejo del pasillo: un hombre rudo, con cicatrices, construido para la violencia, no para la ternura.

Comprendió que nunca tuvo una oportunidad. Sofía no quería un compañero de armas. Quería un trofeo como Mateo.

"No te preocupes por nosotros", dijo Mateo, dándole una palmada en el hombro. "Las parejas pelean. Es normal. Dale un poco de espacio y verás que todo se arregla."

La ironía era tan cruel que Ricky casi se ríe. Se limitó a asentir, incapaz de articular palabra, y se alejó por el pasillo, sintiendo el peso de veinte años de amor no correspondido aplastándolo.

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