-Lo sé -agregó Daniel-. Y de la Casa del Pobre también huyó. He estado hablando con varias como Casa Día, Ciudad del Niño y unas cuantas más, pero muchas están al máximo o, al ver su expediente, lo rechazan. En Casa del Pobre hasta me dijeron: "¿Y si nos mata?"
-Qué absurdo -agregó Sara, visiblemente enojada-. Porque él no es malo.
-Lo sé, pero la mayoría de las casas hogares disponibles son para niños o bebés, y Cristiano ya es un adolescente. -Ella me miró dudosa. Quité la mirada de su rostro y comencé a hablar casi entre balbuceos-. La casa más cercana está en León. Son todos de entre 15 y 20 años, así que podría pedir...
Se quedó callado de inmediato, pues Sara me colocó el dedo en los labios y abrió los ojos como platos.
-¿Y la Casa Renacer? -le dije a Daniel en tono bajo.
-Claro, cómo no lo había pensado -su rostro cambió a decepción-.
-¿Qué ocurre?
-Todas las del patronato le tienen miedo a Cristiano, y tú me dices que Brenda, la presidenta, lo aceptará así como si nada. No me hagas reír -agregó en tono burlón.
-¿Por qué le tienen miedo?
-Sara, no lo olvides, su padre es un capo.
-Sí, ya lo sé, pero el chico no tiene la culpa. Solo está esperando que nosotros, los cuales somos ¡estúpidos! ante él, le ayudemos a tener un mejor futuro. Así que nada te cuesta levantar el teléfono y hablar con ella.
A regañadientes, tomó el teléfono y comenzó a marcar. Mientras tanto, observé al chico jugar con sus nudillos.
Todo había salido bien. La cena, bañar a los niños, eran las diez, y yo me dirigía con Carlos en brazos hacia la habitación, mientras mi compañera se llevaba a sus niñas soñolientas.
-Buenas noches, Mau, hasta mañana -me recosté, dejé a Carlos en su cama y me puse cómodo. Cerré los ojos y entré en un sueño profundo.
Hasta que entre sueños sentí un peso sobre mi estómago, y fue entonces que un ruido estremecedor entró por mis oídos.
Claro, el timbre. Mi mente reaccionó, y vi a Carlos encima de mí intentando despertarme.
-Mau, tocan -dijo el pequeño.
Rápido, me levanté a un lado de la cama. Entonces pregunté al aire:
-¿Acaso ya amaneció?
-No, Mau -respondió el mayor.
-¿Qué es eso?
-¡Mau! -alguien me gritaba. Era Jazz desde las escaleras. Bajé a toda velocidad.
-¿Qué pasa?
-No lo sé, llevan 15 minutos tocando.
Caminamos hacia la cochera.
-Niñas, suban arriba -ordenó Jazz.
-Rafa, quédate aquí y que nadie baje -le ordené. Asintió con la cabeza y ambos nos dirigimos hacia la puerta.
-¿Qué hacemos? -preguntó Jazz. No le contesté, mirando el reloj-. ¡Son las 12! No he dormido ni siquiera dos horas.
-No han puesto nada en el chat sobre que vendría alguien.
Abrimos la puerta y pregunté expectante. No estaba nadie. Esta ciudad es peligrosa, y si nos quedamos a media frase, cuando escuchamos unos fuertes golpes en la puerta y una voz aguda gritó:
-¡Policía ministerial, abran!
Abrí la puerta y me encontré con dos oficiales serios, uno de ellos sostenía un sobre amarillo. Me entregaron el sobre sin decir nada más y se marcharon rápidamente. Cerré la puerta y, con Jazz a mi lado, abrí el sobre con manos temblorosas.
Dentro había una carta y una fotografía. La carta decía: "Hemos encontrado al hijo del capo. Se llama Cristiano y viene a Renacer. Acepten esto como una orden. Cuídenlo, pero recuerden, no hagan preguntas."
La fotografía mostraba a un joven con una mirada penetrante, llena de rabia y desesperación. Jazz y yo nos miramos en silencio, conscientes de que nuestras vidas estaban a punto de cambiar.
Finalmente, Jazz rompió el silencio:
-Mau, esto puede ser muy peligroso.
-Lo sé, pero no tenemos elección. Tendremos que manejarlo con cuidado. Mañana será un día muy largo.
Cerré la carta y guardé la fotografía, sabiendo que el amanecer traería nuevos desafíos y que el misterio de Cristiano y su pasado oscuro apenas comenzaba.
Esos dos tipos que nos habían entregado la carta habían gritado ante la puerta que eran la Policía Ministerial. Eso nos había motivado a abrir, pero ahora, casi 15 minutos después, cuando Jazz y yo estábamos a punto de irnos a dormir con el mensaje misterioso de que llegaría un niño nuevo, se volvió a escuchar un "¡abran esa puerta!" -las palabras retumbaban en mis oídos como ecos.
-¿Quién era la Policía Ministerial?
-¿La Procuraduría Estatal ya había llegado aquí?
Era una pesadilla. Los ecos de la voz de aquel policía que nos daba órdenes retumbaban en mis oídos. Los ojos de Jazz pasaban de hacer lo siguiente: voltear, sonreír, voltear, verme nerviosa, ver la cara, volverla a voltear, abrir los ojos, volverme a mirar y ver el piso de nuevo, así una y otra vez. Finalmente, con la respiración agitada, pareció capaz de soltar las primeras palabras que le venían a la mente.
-Mau -dijo con voz áspera-, ¿qué vamos a hacer? La policía ya vino a dejar la carta, ¿por qué nos tocan por segunda vez?
Mientras tanto, yo sentía cómo mi cuerpo flaqueaba, mi alma se desprendía y las pocas fuerzas para razonar se desvanecían. Tenía miedo por los niños, por mi compañera y hasta por mí.
-¿Qué va a pasar? -me preguntaba una y otra vez.
De repente, mi mente decidió entrar en bucle, y fue como si el tiempo se detuviera.
Todo continuó de manera normal. Jazz llegó a las 5 y, para entonces, yo había hecho un huevo con jamón y un licuado de plátano. Jazz llamó a la puerta mientras yo me encontraba mirando el río. Ella vestía una camisa blanca y un pantalón negro.
-Hola, Mau, gracias por cubrirme.
-No hay problema. Tuve que hacer un pago y solo pude ir al banco hoy. Por la universidad no puedo, ya sabes, tareas y eso.
-No hay problema. He podido sobrevivir -me reí-. Qué bien se defendió ella. ¿Andrea dejó novedades?
-Solo que Juan es muy intenso y provoca muchas peleas.
-Pobrecito, no sabemos por qué habrá pasado.
Jazz y yo éramos amigos de universidad. Los dos éramos psicólogos sociales y teníamos el mérito de ser parte de los tres que sobrevivieron en esta carrera. Así que ambos hicimos el servicio en Renacer y poco después nos quedamos a trabajar. Caminamos hacia la enfermería, dejando la mochila sobre la camilla.
-Hola, niños -saludó Jazz, agitando la mano. Luego dejó sus cosas sobre la mesa para acomodarse en la sala y vigilar a los niños.
Mientras tanto, Jazz y yo solíamos aprovechar este tiempo para ponernos al día. Entre la escuela, su novio y su familia, con la que era muy apegada, hablábamos muy poco. Yo divagaba entre mis pensamientos cuando Jazz tocó mi hombro para llamar mi atención. Nos movimos a los sillones más alejados.
-Mira -susurró-, está tan quieto, ni parece él. Parece un angelito.
-Ahora porque está drogado. Andrea comentó que esta semana ha sido de peleas. Ya creo habértelo dicho -asentí con la cabeza-. Pero parece que Andrea se quedó corta, pues según Rubén, hasta lo aventó y su cuerpo chocó contra la barra.
La cara de Jazz pasó de alegre a una de horror. Entre pláticas, se nos fueron las dos horas que nos faltaban para la cena. A las 7:30, los niños cenaron sonrientes, algunos pidiendo su segunda ración.
-Juan, ¿me regalas más, por favor? -pidió el niño mientras servía su segundo plato.
Logré ver que Jazz lo miraba de reojo con algo de intriga. Ella solía ser observadora, mientras que yo era hablador y parlanchín.
-Increíble -gruñó-, solo la comida lo mantiene quieto.





