Todos terminaron de cenar alrededor de las ocho, dejando sus platos en la barra y pasando a la sala. Sin embargo, cuando llegó el turno de Juan, dijo:
-Me regalan más.
Mau me miró con tristeza, casi pidiendo ayuda, pues no le gustaba hacer este tipo de cosas. Se quedó en silencio, paralizado, así que no tuve más remedio que intervenir.
-Juan, no habrá más. Primero, porque ya no tenemos más comida preparada, y segundo, como ya sabes, solo se permiten dos raciones por niño. Mau y yo te lo explicamos desde el primer día.
-¿Y si era verdad?
Jazz y yo conocimos a Juan unos tres días después de su llegada. Era obediente, educado y callado, hasta ese lunes en que tuvo su primer ataque de violencia. El incidente fue descrito por Elil en el chat, donde contaba que, alrededor de las siete de la mañana, le había pedido a Juan que se levantara de la cama. Al no obtener respuesta, decidió quitarle las cobijas, y fue como si hubiera despertado a un monstruo. Comenzó a insultarla, llamándola estúpida, mala persona, y otras cosas más. Luego empezó a patear, golpear y casi lanzarse sobre ella. Arañazos. Entre Rubén y Rafa lograron controlarlo. A la mañana siguiente, Fabiola, la líder de los cuidadores, lo llevó al médico, quien luego lo derivó a un psiquiatra. Este nos explicó que Juan había consumido drogas y que su cerebro estaba acostumbrado a ellas. Como en esos días le habíamos exigido físicamente y alimentado de manera saludable, su cuerpo se había desintoxicado, y ahora no sabía cómo reaccionar ante la falta de esas sustancias. Fue entonces cuando comprendimos que Juan había sido víctima de maltrato en su vida anterior, donde lo drogaban e inyectaban.
-Sí, pero yo quiero más -gritó Juan, enfurecido, bufando.
-Cálmate -le ordené-, ya no habrá más. Acéptalo y ve a la sala.
Juan pasó la mano por los platos de la barra, tirándolos al suelo, y comenzó a patear el mueble repetidamente.
-¡Basta, cálmate!
De repente, me agarró por la mesa, y yo rogaba en silencio que Mau interviniera. Finalmente, Mau cruzó la barra, se paró frente al niño, pero Juan lo esquivó, saltó la barra y corrió por la cocina, revisando cada cajón, debajo de la estufa, en el refrigerador. Mau lo sacó a la fuerza, lo tiró al suelo y, ya fuera de la barra, se colocó sobre él para controlar su fuerza. Mientras tanto, Juan seguía insultando, pataleando, gritando y hasta mordiendo. Jazz intentaba mantener a los demás niños en la sala mientras buscaba medicación en la enfermería. Finalmente, le administró el medicamento, y Juan cayó en un sueño mientras seguíamos luchando con él.
-Ya son las 8:30 -dijo Mau-. Llevaré a los niños a la sala y nos encargaremos de bañarlos.
Arrastró a Juan hasta la sala y subió con sus niños para bañarlos, mientras Jazz hacía lo mismo con las niñas. Para las 9:30, todos estaban bañados, y decidimos, junto con Jazz, que los dejaríamos dormir a las 10:30. Después del susto con Juan, nadie disfrutó la película. Los vigilamos hasta que llegó la hora acordada, y nos despedimos mientras Jazz se llevaba a sus niñas adormiladas.
-Hasta mañana, Mau -dije.
-Apúrate, Daniel -me exigió-, mira, solo juegas con tus nudillos.
-Voy -le grité-, llevas sentado ahí más de tres minutos frente al teléfono y no has hecho nada.
-No es fácil. Estoy buscando las palabras correctas.
-Solo dile que si no ingresamos los papeles antes de las cinco, Guanajuato decidirá por nosotros. ¡Así que apúrate! -sus gritos, casi como una orden, me dieron el valor que me faltaba para marcar.
-Mira, suena y no contesta. Creo que no tenemos suerte.
-Vuelve a intentarlo.
-Está bien -gruñó-. Ponlo en altavoz -le ordené.
-Daniel. -La voz sonó al otro lado de la línea.
Daniel me miró, pálido y paralizado, sin poder responder.
-¿Daniel? ¿Sigues ahí? -repitió la voz, suave y sociable.
-Contesta -le susurré.
-Saluda -lo fulminé con la mirada.
-Buenas tardes, Brenda, ¿cómo estás?
-Bien, pero por favor dime Bren.
-De acuerdo. Pero dime, ¿a qué se debe tu llamada?
-Antes que nada, me gustaría saber, ¿cómo estás? ¿Cómo va Renacer?
-Mira, yo estoy bien, y mi casa hogar sigue en pie, lo cual ya es un mérito -dijo con sarcasmo-. ¿Y tú? ¿Tienes espacio para recibir niños?
Su risa se apagó y fue reemplazada por un silencio aterrador. Después de unos segundos, respondió un "sí". Suspiré de alivio.
-Pero ya sabes, no bebés, ¿vale? Imagina la mezcla con tantos adolescentes. Pero dime, ¿a qué se debe la pregunta?
-Pues verás, tengo un caso especial. Como mencionaste, en Renacer hay muchos adolescentes. Mi chico acaba de cumplir 14 años. ¿Podrías acogerlo?
-Entendido. Dices que tiene 14 años, un adolescente. En Renacer tengo espacio, pero necesito saber más de él: antecedentes, expediente, lo que puedas contarme.
-Se llama Cristiano de la Fuente. Es un buen chico, Sara y yo le tenemos mucho cariño.
-Espera, ¿estás hablando del hijo del capo Ernesto?
-Así es. He llamado a varias casas, pero ninguna quiere aceptarlo. Acudo a ti porque tienes muchos adolescentes.
-Entiendo, pero ¿te das cuenta de lo que me estás pidiendo? Él es el hijo de un narcotraficante. Arriesgo a mis niños, mi familia, y mi reputación pública.
Brenda seguía justificándose para no aceptar a Cristiano. Daniel temblaba de los nervios, casi seguro de que colgaría. Así que tomé el teléfono, si no lo hacía ahora, nunca lo haría.
-Hola, soy Sara, trabajadora social. Aunque Daniel es mi jefe, debo intervenir. Cristiano es un buen chico, honesto y trabajador. Tal vez su padre sea un narco, un asesino despreciado por muchos, pero ¿quién lo ayudará si no lo hacemos nosotros? Él es diferente, y merece una oportunidad. Te pido, por favor, que nos ayudes. Solo serán unos días.
Después de que hablé, el silencio en la línea fue palpable. Pasaron segundos que parecían minutos eternos. Finalmente, Brenda habló:
-¿Siguen ahí?
-Sí, aquí estamos.
-No sé qué decir después de todo lo que me han contado.
-¿Qué saben del capo Ernesto? -preguntó.
Daniel respiró profundo y respondió:
-No mucho. Sabemos que huyó a España. Su otro hijo está en una casa hogar, pero no es tan conocido.
-Entendido. Tendré que hablarlo con mi socio, Toribio. Cristiano puede ser una opción, aunque sea riesgoso. Necesito pensarlo. Les daré una respuesta pronto.
-¿Cuánto tiempo tenemos? -pregunté.
-Son las 4:30. Tendrás mi respuesta en menos de cinco minutos -respondió Brenda antes de colgar.
Sara suspiró y, sonriendo, se dejó caer de nuevo en su silla.





