Garcia
Mi prometido era gay.
La idea resonaba en mi cabeza mientras me quedaba allí, inmóvil, observando una escena que jamás podría borrar de mi mente. Contemplé a los dos hombres en nuestra cama, y vi a Charles sumido en un deseo que nunca había visto.
Era mi prometido, el hombre con quien debía casarme en cinco días, con quien había compartido mi cama, mi futuro y mi vida durante cinco años. Sin embargo, ahí estaba él, completamente absorto en algo que jamás me había demostrado.
Ya no podía respirar y sentía que todo a mi alrededor daba vueltas. Quería apartar la vista, pero no podía; mis ojos seguían fijos en la escena, como si mi cerebro se negara a aceptar la realidad.
"Oh, Mark... sí", murmuró Charles, y las palabras me cayeron como un balde de agua fría.
Me tapé la boca con la mano, apretando fuerte para contener las náuseas. Sentía como si me hubieran arrancado el corazón del pecho y lo hubieran metido en un molino de carne. ¿Acaso era una pesadilla? ¿Acaso me despertaría en nuestro apartamento, a su lado, con sus brazos alrededor de mí y descubriría que nada de esto era real?
El otro hombre respondió con un gruñido ahogado que apenas logré distinguir.
Sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. Mis rodillas se doblaron ligeramente y me agarré al marco de la puerta para apoyarme. Nunca se había mostrado tan entregado conmigo. Nuestros momentos íntimos siempre eran breves y apresurados. Cada vez que yo buscaba más conexión, él se apartaba, diciendo que estaba cansado o simplemente dándome la espalda.
Mi mente se aceleró.
¿Era gay? ¿Bisexual? ¿Siempre había sido así? ¿Había estado fingiendo conmigo? ¿Durante todos estos años? Cada beso, cada vez que decía "te amo", cada plan que hicimos para el futuro... ¿todo había sido una mentira?
Me sentía humillada, asqueada y completamente engañada.
¿Cómo se procesaba algo así? ¿Cómo se actuaba cuando descubría la profunda traición de pareja días antes de la boda?
Sentí algo húmedo en las mejillas. Levanté la mano y me toqué la piel. Ni siquiera me había dado cuenta de que lloraba.
En la cama, Charles dejó escapar un último gemido ahogado.
Sacudí la cabeza despacio, como si al hacerlo con fuerza pudiera despertarme de aquella retorcida realidad. Pero esa imagen seguía ahí.
Me reí con amargura. "¿Sabes qué?", dije con voz ronca, casi en un susurro. "Eres un imbécil, Charles".
Se quedaron paralizados y mi prometido giró bruscamente la cabeza hacia mí, con los ojos desorbitados por el pánico. Se apartó de un salto, agarrando la manta más cercana y tirando de ella para cubrirse.
"G-Gracie...", tartamudeó, con la voz quebrada. "¿Qué... qué haces aquí?".
Me apreté más contra la pared, aún secándome las lágrimas con el dorso de la mano que me temblaba, tratando de mantenerme en pie.
"¿Qué hago aquí?", repetí despacio, mirándolo a los ojos. "¿Eso es lo primero que tienes que decir? ¿Después de que te encuentro en esta situación?".
Negó con la cabeza, sin soltar la manta. "No. No, no es... no es lo que parece".
"¿No es lo que parece?". Levanté la voz. "¡¿No es lo que parece?!".
Me aparté de la pared, con las piernas temblando y las manos apretadas en puños. "Charles, me estás traicionando. En nuestra cama. En la casa que compramos para nuestro futuro. ¿Y tienes el descaro de decirme que no es lo que parece? ¿Qué es exactamente, entonces?".
Abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Su rostro se contrajo mientras me miraba con una mezcla de vergüenza, culpa y, sobre todo, miedo.
"Eres un cobarde", escupí. "Después de todo lo que he hecho por ti. Después de cinco años de lealtad, paciencia, planeando nuestro futuro juntos, ¿esto es lo que merezco? ¿Así eres cuando no estoy contigo? ¿Cómo pudiste?".
El otro hombre se incorporó con un suspiro. "Esto es un desastre", murmuró, y comenzó a vestirse. "No quiero meterme en esto, Charles. Me voy".
Mi prometido se volvió hacia él, con pánico. "Mark, espera... Lo siento. No sabía...".
El hombre lo interrumpió con un gesto desdeñoso. "Está bien".
Eso fue la gota que colmó el vaso. Algo dentro de mí se quebró. Mi cuerpo entero temblaba de rabia. ¿Por qué actuaban con tanta naturalidad? Ese tipo ni siquiera parecía sorprendido, lo que significaba que sabía de mi existencia.
"¡Cómo te atreves!".
Avancé con furia, cegada por la ira, pero antes de que pudiera alcanzarlo, Charles se movió rápido.
"¡Basta, Gracie!", gritó, agarrándome la muñeca y sujetándome. "¡¿Qué haces?!".
"¡¿Qué hago?!", escupí con los ojos llameantes. "¡Suéltame! ¡Esto también tiene que ver con él!".
Intenté acercarme a Mark, pero Charles se interpuso en mi camino. "Detente", dijo con voz tensa. "No hagas esto".
Se me encogió el corazón. Lo estaba protegiendo.
Al hombre con el que me engañó. Al hombre que ahora nos observaba con indiferencia.
"¿Por qué?", susurré, atónita. "¿Por qué lo proteges? ¿Después de lo que me hiciste? ¿No deberías estar intentando arreglar las cosas conmigo?".
Detrás de Charles, Mark se arregló la camisa. Luego me miró, con la mirada fría.
"¿Por qué estás tan sorprendida?", dijo, encogiéndose de hombros. "¿De verdad creías que esto tenía que ver contigo? Usa el cerebro".
Abrí la boca, pero me no salió ningún sonido.
Mark continuó: "Si no fuera por las presiones de los demás, ¿de verdad crees que estarías aquí ahora mismo?".
Mi visión se nubló por la ira. Podía sentir la sangre latiendo en mis oídos. "Suéltame", gruñí entre dientes, tratando de liberar mi brazo. "¡Suéltame, Charles!".
"¡No!", ladró él. "¡Cálmate!".
En mi forcejeo, lo empujé y él retrocedió un paso. Volví a avanzar, pero Charles se interpuso rápidamente entre nosotros. Levantó la mano bruscamente para detenerme, golpeándome con fuerza en el brazo.
"¡No lo toques!", gritó, dejando que la ira se apoderara de él.





