"¡Esto es absolutamente ridículo!".
El rostro de Colten se sonrojó por completo y espetó furioso: "¿No crees que ya es suficiente?".
Sin siquiera hacer una investigación, ya estaba convencido de que su prometida era la culpable.
Madison sintió cómo su corazón se rompía en un millón de pedazos.
Aparte de ignorarla y no salvarla cuando ocurrió el accidente, él no creyó en su inocencia.
En ese momento, fue golpeada por la dolorosa verdad: el hombre al que había amado profundamente y con cada fibra de su ser, ni siquiera tenía la capacidad de ver más allá de las palabrerías ajenas.
"¡Yo no intenté lastimarla!", protestó Madison con una voz tensa, y sus labios formaron una fina línea desafiante.
Sin embargo, su prometido desestimó sus palabras con una simple mirada, con sus ojos emitiendo un brillo gélido y despectivo mientras se giraba para dirigirse al director.
"Esto tiene que terminar".
Tras lanzar esa advertencia, volvió a centrarse en Lana, con su mirada suavizándose mientras le preguntaba: "¿Cómo está tu muñeca? ¿Te duele? Déjame llevarte al hospital".
Sonrojándose, la chica se acurrucó entre sus brazos.
Con todas las miradas puestas en ambos, la pareja salió, dejando susurros tras su paso.
Quedándose atrás, Madison sintió que sus piernas se debilitaban y un sentimiento de soledad le atravesó el alma.
El hombre con el que había crecido, su prometido, la había abandonado de nuevo cuando más lo necesitaba.
La hostilidad de las personas a su alrededor se hizo palpable; si las miradas pudieran matar, ya habría sido asesinada cientos de veces.
El director no dudó en expulsar a Madison del club de teatro de la escuela, alegando que tuvo suerte de que ese fuera su único castigo, ya que Colten decidió no incidir más en el tema.
De ser una estrella en ascenso, la chica pasó a convertirse en el objetivo de bromas crueles y humillaciones.
El espacio animado y bullicioso se vació y fue reemplazado por un silencio opresivo.
Madison reunió todas sus fuerzas para mover sus piernas, las cuales se sentían tan pesadas como el plomo; cada paso se convirtió en una batalla sin cuartel mientras cojeaba hacia la salida.
Las marcas del accidente permanecieron en su pierna izquierda; la sangre se había secado en las heridas llenas de astillas, cada movimiento le provocaba un dolor agudo que se extendía por todo su ser.
Afuera, los oscuros escalones de piedra se vieron repentinamente bañados por la intensa luz de los faros de un auto, disipando las sombras de manera efectiva.
La puerta trasera del elegante vehículo se abrió y una figura emergió; en el momento que avanzó, sus rasgos, afilados e imponentes, resaltaron bajo la luz.
Cuando los ojos de Madison se posaron en el hombre, la conmoción paralizó su cuerpo y dejó de caminar.
"¿Señor Pearson?".
Era nada más y nada menos que Chris Pearson, el tío de Colten.
"Madison".
Su voz, profunda y resonante, la envolvió como un manto cálido y aterciopelado, haciendo que la joven olvidara momentáneamente el dolor. Cuando la mirada de Chris se detuvo en sus heridas, frunció el ceño y preguntó:
"¿Necesitas que tome en brazos?".
Su tono se elevó ligeramente al final de su propuesta cortés, pero parecía transmitir un mensaje más profundo, algo que Madison no fue capaz de descifrar.
Un repentino rubor de vergüenza cubrió sus mejillas y movió torpemente las manos, respondiendo más animada de lo que pretendía: "¡No! ¡Gracias, puedo volver por mi propia cuenta!".
Aunque era el tío de su prometido, Chris solo era una década mayor que ella y poseía un aura distinguida que lo hacía destacar entre los demás.
Superaba a Colten tanto en físico como en el aspecto, era una de las figuras más respetadas y poderosas en la ciudad.
Su aura autoritaria y gélida indiferencia dejaban algo bien en claro: muy pocas personas, si es que hubiera alguna, lograrían despertar su interés.
Con el resto de los miembros de la familia Pearson, Madison podía actuar con total naturalidad, pero él era la única excepción.
Su mirada se detuvo sobre la chica antes de tenderle la mano con gracia; el brillo de la lujosa mancuernilla en su manga parecía ser opacada por lo inmaculada que lucía su piel.
"Déjame ayudarte", le ofreció casualmente.
Madison estaba a punto de rechazarlo cuando sus ojos vislumbraron un corte reciente cerca de la parte inferior del pulgar del hombre; de hecho, todavía había un poco de sangre brotando de la herida.
Intrigada, impulsivamente giró la mano de Chris, revelando más cortes que se extendían por toda su palma como un encaje intrincado y peligroso.
Momentos atrás, cuando revisó las tablas de madera que la atraparon, descubrió que la persona que la rescató las había partido.
Emociones complejas brotaron en su interior y una sensación de hormigueo se extendió por su nariz mientras agarraba la muñeca del hombre, con sus dedos poniéndose blancos debido a la fuerza de su agarre.
"¿Cuánto tiempo vas a quedarte ahí mirando?", la voz de Chris atravesó el aire denso en un tono frío y distante.
Después de volver bruscamente a la dura realidad, Madison se dio cuenta de su impulsividad y rápidamente soltó su mano mientras sus mejillas se ruborizaban.
"Perdón... Limpiaré la mancha que te dejé", murmuró ella con una voz que transmitía una mezcla de vergüenza y preocupación.
Chris estaba obsesionado con la limpieza, especialmente en lo referente al contacto físico, por lo que siempre lo evitaba.
Desde muy temprana edad, ni siquiera permitía que su padre invadiera su espacio personal, y cuando un sirviente se atrevía a tocarlo, pasaba horas lavando la zona donde se produjo el contacto; era un hecho bien conocido entre la familia Pearson.
Madison comenzó a buscar frenéticamente alguna toalla húmeda, pero de repente, se dio cuenta de que no llevaba nada consigo.
"Iré a buscar un poco de agua", dijo ella con un atisbo de pánico en su voz.
Sin embargo, Chris simplemente bajó la palma de su mano, ocultando sus heridas.
"Eso no será necesario. Anda, vamos al auto. Tienen que tratar tus heridas cuanto antes", insistió con un tono suave pero firme.
La chica no se atrevió a tocarlo de nuevo y se dirigió rápidamente al auto con pasos cautelosos.
Una vez que se acomodó en el asiento trasero, un pensamiento de repente cruzó pro su mente: la escuela contaba con su propia clínica, por lo que Chris no tenía ninguna necesidad de tomarse tantas molestias.
Sin embargo, antes de que las palabras pudieran escapar de sus labios, el hombre ya había ingresado al auto.
El espacioso asiento trasero se volvió estrecho con sus largas piernas estiradas; un sutil aroma a colonia emanaba de él, una intrigante mezcla de frescura y matices cálidos que sorpresivamente resultaba reconfortante para los sentidos.
Tratando de mantener cierta distancia, Madison se acomodó en el rincón más alejado del asiento, agarrando nerviosamente del dobladillo de su falda.
"Gracias por salvarme", expresó ella con un murmullo apenas perceptible.
Los ojos del hombre se detuvieron en el espacio vacío entre ambos.
Después de un silencio tenso y prolongado, él respondió de manera tajante: "De nada".
Cuando el vehículo reanudó la marcha y la pantalla que los separaba del chófer se levantó, la atmósfera se volvió más opresiva e incómoda; gotas de sudor perlaron la frente pálida de Madison y brillaron sobre su nariz.
"¿Mi presencia te intimida?", Chris de repente rompió el silencio, elevando ligeramente la voz, la cual tenía un atisbo de su característica frialdad.
"¡No!", la respuesta de la chica fue inmediata y contundente.
Ella se incorporó de golpe, olvidando por un momento que se encontraba dentro de un auto, por lo que su cabeza chocó contra el techo y provocó un ruido sordo.
Con una mueca de dolor, regresó a su asiento torpemente, luchando por recuperar la compostura.
Después de una breve pausa, ella añadió: "Que tú aparecieras fue lo último que esperaba".





