La familia Pearson administraba una vasta red de negocios, pero para su actual líder, Alfred Pearson, lo más valioso en esta vida era su hijo menor, Chris.
Sin embargo, este albergaba una profunda renuencia a asumir el papel de liderazgo dentro del Grupo Pearson; su rechazo surgió después de presenciar las conspiraciones y rivalidades que surgieron en su familia desde una edad muy temprana, experiencias que lo marcaron profundamente.
Por méritos propios, construyó una impresionante cartera de activos que abarcaba tanto el mercado nacional como el internacional, demostrando su destreza aunque fuera sin el apoyo de su familia.
Cuando Madison cumplió dieciocho años, se comprometió con Colten, a pesar de ello, fueron pocas las veces que se cruzó con Chris; cuando Alfred lo mencionaba, de lo único que hablaba era de lo infinitamente ocupado que se encontraba.
Que Chris asistiera a un evento tan trivial como una obra de teatro escolar parecía casi imposible, aun si el consejo escolar le hubiera extendido una invitación.
"¿Acaso eso importa?", le preguntó el hombre, con su intensa mirada atravesando a Madison mientras buscaba una respuesta genuina.
Ella solo dijo eso para disipar la incomodidad provocada por su comportamiento torpe; sabía que no era nadie para cuestionar la agenda de Chris.
Desconcertada por su pregunta, Madison vaciló, con el peso de su escrutinio obligándola a retractarse.
"No, no es importante", murmuró ella.
Un destello de emoción apareció detrás de las espesas pestañas de Chris mientras se giraba hacia otro lado, un gesto que fue cortante y definitivo.
El auto se detuvo a las puertas de un discreto hospital privado.
A pesar de que no sufrió heridas graves, Chris llamó al cirujano jefe y a un especialista ortopédico de primer nivel; después de un chequeo minucioso, le aseguraron que las heridas eran superficiales y no frenarían sus ambiciones de actuar y bailar.
Las mejillas de Madison se tornaron de un vibrante tono carmesí después de recibir el trato preferencial de un paciente VIP, algo que nunca antes había experimentado.
Cuando los médicos finalmente salieron, ella solicitó yodo, hisopos de algodón y gasas a una enfermera.
Tras ponerse un par de guantes desechables, se volvió hacia Chris con un tono amable y a la vez tranquilizador: "Por favor, extiende tu mano. Prometo que tendré cuidado y no te tocaré".
Momentos antes, el hombre rechazó obstinadamente la ayuda de la enfermera.
Como él resultó herido por salvarla, Madison no quería dejar que permaneciera en esas condiciones.
Ella se había preparado para un rechazo, pero se sorprendió cuando Chris obedeció casi de inmediato, extendiendo su mano con cierto aire de resignación.
Con un cuidado minucioso, la chica curó sus heridas, envolviendo hábilmente la gasa para evitar cualquier contacto directo.
¡Todo salió perfecto!
Madison alzó la vista y su mirada se encontró con la de Chris mientras exhalaba profundamente; sus ojos ahora brillaban de gratitud y la desesperación que los nubló durante el incidente en el teatro se había disipado por completo.
"¡Vámonos!", dijo el hombre apartando la mirada y saliendo primero del consultorio.
De pie al costado del camino, Madison no tenía intención causarle más molestias a Chris, así que dijo: "Adiós, señor Pearson".
El hombre se detuvo a mitad del camino y miró hacia atrás mientras su ceño se fruncía ligeramente. "¿No vas a volver a la escuela?".
Justo cuando la chica abría la boca para responder, la interrumpió el timbre de su celular, anunciando la llamada entrante de un número desconocido.
Sin dudarlo, ella rechazó la llamada.
Los ojos de Chris se posaron con curiosidad en su teléfono y le preguntó: "¿A dónde vas? Déjame llevarte".
El celular volvió a sonar, pero esta vez apareció un mensaje.
Madison miró fugazmente el mensaje, frunciendo el ceño.
Tras apartar la mirada de la pantalla, respondió con firmeza: "Lo siento, pero tengo que atender un asunto pendiente. Gracias por lo de hoy".
Mientras ella hablaba, un taxi se detuvo en la acera del hospital; la joven ingresó al asiento trasero y se despidió de Chris después de cerrar la puerta suavemente.
Madison no pudo ver cómo la mano del hombre se apretaba hasta formar un puño, con sus nudillos poniéndose blancos mientras la gasa que envolvía su palma se manchaba con la sangre fresca que se filtraba por su herida.
En el momento en que el taxi se alejó del hospital, la chica se inclinó hacia delante y le dio una dirección al conductor.
Alguien del equipo de utilería le había enviado un mensaje de texto, afirmando que habían visto a Lana manipulando la luz del escenario y sobornando a los trabajadores para que desmontaran algunas placas de soporte; el informante insistió en reunirse en persona para intercambiar un video incriminatorio a cambio de un pago en efectivo.
La traición de Colten dejó el pecho de Madison con una sensación gélida, y ella estaba decidida a conseguir pruebas si se le presentaba la oportunidad.
Bañados por la luz parpadeante de un bar poco iluminado, seis hombres robustos estaban holgazaneando; uno de ellos era un miembro del equipo de utilería.
Yendo directamente al grano, la chica preguntó: "¿Dónde está el video? Transferiré treinta mil a tu cuenta en el momento que lo vea".
Aunque los Dixon no poseían tanta fortuna como los Pearson, ciertamente no tenían problemas de dinero; Madison estaba bien preparada para negociar.
"Lana fue demasiado lejos. Ni siquiera yo pude hacer caso omiso a sus actos desvergonzados".
El hombre deslizó un dispositivo hacia ella y añadió: "Te entregaré la evidencia con una condición. Ya sea que expongas a Lana o no, tienes prohibido mencionar que yo te facilité el video. No puedes delatarme".
Con un gesto severo, Madison aceptó la bebida que le ofrecieron y participó en un brindis que se sintió sombrío; tras dar un sorbo rápido de su bebida, centró su atención en el aparato.
La pantalla reveló una carpeta que contenía un archivo de video que abrió rápidamente, sacando al mismo tiempo su celular, lista para capturar la evidencia crucial.
De repente, imágenes grotescas aparecieron en la pantalla, impactando a Madison tan profundamente que dejó caer el dispositivo al suelo.
Los hombres que la observaban estallaron en risas estridentes.
A pesar del impacto, el dispositivo no dejó de sonar, haciendo eco de las burlas crudas de un hombre entrelazadas mezcladas con los gemidos excitados de una mujer; cada sonido parecía cortar el aire y alterar los nervios de Madison.
Mientras ella se giraba para salir corriendo del lugar, una mano áspera la detuvo sujetándola del cabello.
"No irás a ningún lado esta noche... ¡Ah!".
Con un movimiento brusco y hábil, Madison logró que el hombre tropezara, antes de caer aparatosamente.
Aprovechando que los demás se quedaron conmocionados, la chica corrió hacia la puerta, pero una ola de calor aplastante la invadió, drenándole sus fuerzas y doblándole las rodillas.
El hombre al que había derribado se quejó, agarrándose la cabeza mientras trataba de estabilizarse.
"No estuvo nada mal, pero es una lástima que no puedas hacer nada para escapar. Le añadí una sustancia a tu bebida, una droga que es tres veces más potente que cualquier estimulante. No pasarán ni diez minutos antes de que estés jadeando, desesperada y rogando para que te dejemos satisfecha".
Madison hizo varios intentos desesperados por ponerse de pie, con su cuerpo tambaleándose débilmente mientras risas burlonas la envolvían, intensificando su miedo; el siniestro sonido de un cinturón desabrochándose resonó escalofriantemente cerca.
Una ola de desesperación y arrepentimiento la invadió, dejándola momentáneamente abrumada con una sensación de impotencia.
De repente, alguien abrió la puerta con una patada atronadora y un hombre entró; su silueta atravesó la luz mientras tomaba sin esfuerzo a la chica entre sus brazos.
Su rostro, severo e imponente, poseía la gracia estoica de un ángel caído y su aura era escalofriante.
"¡Señor Pearson, sálvame!", gritó ella con su voz quebrada.





