Peligrosas Mentiras

Cande

Le escribía una respuesta al mensaje de mi madre cuando caí al suelo de repente, sin entender qué había pasado. Noté a dos chicos frente a mí, encapuchados.

¿Por qué ese chico me empujó?

Fue la primera pregunta que apareció en mi cabeza.

Pero tuve la respuesta de inmediato, cuando sentí y vi en cámara lenta cómo me arrancaron el teléfono de mis manos. Ahí comprendí que se trataba de un robo, y que por eso me atacaron y me tumbaron al suelo. Quise resistirme a que me lo quitaran, pero era demasiado tarde para ello, y mis temblorosas y torpes manos no iba a ser de gran ayuda.

Mis ojos se cristalizaron al instante, pues me había costado mucho comprarme ese teléfono. Era demasiado injusto. Escuché que una voz varonil les gritó a esos chicos y vi que fue tras de ellos. Cuando miré a mi alrededor, apenas un auto iba pasando por la calle. No había nadie más allí. Sentí pánico y me levanté algo adolorida del suelo, llorando, pues no pensaba quedarme ahí yo sola, y no iba a esperar a que ese chico que fue detrás de los ladrones viniera a verme.

Con una sensación de impotencia en el pecho, caminé con destino a mi trabajo.

Qué humillación.

—¡Oye! —gritó alguien detrás de mí, y dijo algo más que no llegué a atender, pues me asusté. Mi corazón latía como loco.

—¡Déjame en paz! —supliqué, empezando a correr.

No vi quién era la persona que me hablaba, y tampoco me importaba. Seguramente era alguno de esos ladrones que querían robarme algo más. Corrí, lejos, y me metí en el bar cuanto antes. El alivio me recorrió el cuerpo entero cuando mi compañera de barra me observó, notando que algo me pasaba. No me agradaba mi trabajo, pero hoy me sentía más a salvo aquí, que allí afuera.

—¿Qué pasó? —me preguntó, acercándoseme.

—Me han robado —las lágrimas se me caían.

—¿Qué? —dijo, sorprendida, y mirándome con pena—. Ven aquí, Cande —pasó su brazo por mis hombros y empezamos a caminar hasta la sala de descanso que había para los empleados.

Estuve unos minutos allí, calmándome, decepcionada por lo que pasó. No esperé que me pasara algo como eso. Iba tan distraída…

Tuve que salir a trabajar porque no había forma de que me quedara ahí en la sala llorando toda la noche, pues había clientes que esperaban ser atendidos, y mi compañera no podía encargarse ella sola. Y ni hablar de que mi jefe me despediría si me viera aquí sentada cuando no era hora de mi descanso.

Salí del cuarto e intercambié una mirada con mi compañera, quien me regaló una sonrisa y se acercó a mí rápidamente.

—¡Buenas noticias para ti! —exclamó con emoción.

—¿Qué? —pregunté sin muchos ánimos.

Ella sacó algo de su bolsillo.

Para mi sorpresa, era mi teléfono.

—Pero, ¿qué…? —la miré sin entender nada.

—Me dijo el jefe que un muchacho vino aquí a entregar tu teléfono.

¿Un chico? ¿Y si fue el muchacho que corrió detrás de los ladrones? ¿Y si fue él quien me habló y de quien yo corrí asustada?

Tomé mi teléfono con una sonrisa, completamente agradecida. Busqué con la mirada a alguien, pero realmente no sabía a quién estaba buscando.

—No está aquí. Se ha ido ya. ¡Pero qué bueno que lo ha recuperado!

—Sí… Estoy muy agradecida con él —sonreí, tan aliviada. Y yo que pensaba que había perdido todo el contenido guardado en el teléfono.

—Al parecer tienes un héroe —sonrió, y se alejó para seguir trabajando.

Un héroe… sí.

Tenía ganas de saber quién era él.

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