Peligrosas Mentiras

Cande:

El chico que recuperó mi teléfono seguía presente en mis pensamientos desde hace unos días, pero intentaba no pensar mucho en ello cuando estaba en el trabajo, para no distraerme.

La discoteca en la que trabajaba había aumentado enormemente su clientela. Creo que se trataba de una de las discotecas más conocidos en todo Toronto. Y no es que fuese muy experta en lo que a alcohol se refiere ni el rubro en sí, pero podía apostar a que la discoteca Black and White, manejaba alcohol de mala calidad. Pero los clientes nunca se quejaban, o, al menos, jamás lo hicieron conmigo. Sin embargo, en otra cosa en lo que la discoteca fallaba demasiado, es que no tenía guardia de seguridad en la sección de adentro. Había uno en la parte de afuera, que se dedicaba a dejar pasar a las personas y quien revisaba que no tuvieran ningún objeto letal con ellos para evitar problemas, pero yo insistía en que el jefe debía encontrar pronto a un nuevo guardia que vigilase la pista de baile.

En diversas ocasiones presencié peleas. Pero peleas violentas. No simples pleitos. Por eso odiaba trabajar en esta discoteca, no solo porque el ambiente no resonaba conmigo, sino porque algunos clientes no eran capaces de comprender que el machismo y el acoso era repulsivo y no debía pasar. También, porque arruinaba mis fines de semana, en los que se suponía que yo debía usar para estudiar tranquila o relajarme. Pero todo esfuerzo iba a valer la pena cuando terminase la universidad y tuviese mi título en las manos. Todo lo hacía para poder tener dinero para pagar la renta compartida de mi departamento, para poder darme algún que otro gusto y poder seguir viviendo en Toronto.

Aunque, sí, debo admitir que todos los días tenía ganas de renunciar, y eso que solo trabajaba los fines de semana.

¿Por qué? Porque, a pesar de la fama, la mayor parte de la clientela eran hombres. Siempre había mujeres, pero no muchas. Los hombres venían aquí a charlar sobre sus problemas como si esto fuese un simple bar, y los comentarios asquerosos y la falta de respeto nunca hacían ausencia. Y nosotras, las empleadas encargadas de la barra, nos llevábamos aquellos estúpidos comentarios por parte de los clientes.

Afortunadamente, hoy había una entrevista. Un hombre estaba interesado en el puesto de guardia. Eso me haría sentir más segura.

Subí las escaleras para avisarle al jefe que el muchacho estaba por llegar. Él me pidió que se lo recordara porque tenía mala memoria. Golpeé la puerta de su oficina varias veces, mientras en mi mente me preguntaba a quién rayos se le ocurría hacer una entrevista a las nueve de la noche. Me parecía algo muy poco profesional. Mi jefe no hacía bien las cosas. Era un idiota.

—¿Qué pasa? ¿Qué es lo que quieres ahora? —preguntó mi jefe cuando abrió la puerta, con expresión molesta.

Me quedé un poco atontada por su manera brusca de hablarme, pero reaccioné antes de que él perdiera la poca paciencia que le quedaba.

—Lo siento, señor, no quise molestarlo.

—¿No ves que estoy viendo el partido de fútbol de hoy? Pedí que nadie me molestara, Candela.

Candela… Así no era mi nombre.

—Soy Cande, señor.

—¿Qué es lo que quieres, Candela? —me ignoró.

Mi nombre sol era Cande, no Candela. Desde que empecé a trabajar estoy repitiéndoselo, y nunca recuerda cómo me llamo, o es tan idiota que lo hace apropósito.

—Me dijo que le avisara cuando el hombre de la entrevista esté por llegar. Ya van a ser las nueve.

—Ah… —se rascó la nuca. Él olía a alcohol. Todos los fines de semana él bajaba de su oficina, tomaba una botella entera de vodka y se la llevaba a su oficina para bebérsela él solo—. Bueno, hazte cargo tú.

¿QUÉ?

—¿Qué? ¿Yo?

—Sí, y después me cuentas.

—Pero yo no sé cómo hacer una entrevista, jefe. ¿Qué se supone que le pregunte al muchacho?

—El currículum del chico está en la sala de descanso, busca ahí y hazle preguntas. Ahora no me molestes y vete a trabajar, Candela, que para eso te pago. —Prácticamente él ignoró mis palabras.

Sí, él me pagaba por servir tragos, no por hacer entrevistas. Yo no sabía cómo hacer una.

—Pero… —No me dejó terminar la oración.

Mi jefe me cerró la puerta prácticamente en la cara. Me quedé sorprendida, quieta unos segundos.

Esto no era justo…

Quise golpear otra vez, pero ese tipo era capaz de echarme del trabajo por molestarlo, y la verdad, aunque no quería trabajar más aquí, yo necesitaba el dinero para pagar mis cosas. No podía darme el lujo de renunciar por más que así lo deseara.

Bajé las escaleras con mala cara.

—¿Qué te pasa? ¿Todo está en orden? —me preguntó, Caroline, mi compañera, mirándome un momento.

—Tiraría al jefe por las escaleras —respondí.

—Yo puedo ayudarte a hacerlo —bromeó.

Me alejé de ella para atender al nuevo cliente.

—¡Buenas noches! ¡Bienvenido a Black and White! —fingí emoción—. ¿Qué le sirvo, señor? Tenemos una gran cantidad de alcohol para elegir —comenté, cansada. El hombre me miró descaradamente y solté un suspiro de frustración por eso.

—Mhhh… No lo sé. No soy muy bueno bebiendo alcohol. ¿Qué me recomiendas, bonita? —sonrió, como si se creyese el hombre más atractivo del mundo y como si su coquetería fuese a funcionar conmigo. No sé qué esperan los hombres al hacer esto. Nos producen asco, no nos conquistan—. ¿Qué tomarías tú?

¿Yo? Yo no creo que tomaría nada de aquí. No era una buena bebedora tampoco.

—¿Vodka? —me encogí de hombros. La verdad, no era buena bebedora, así que no sabía qué recomendar, pues no tenía idea de qué bebida era más rica que otra.

—Vodka será —respondió.

Le serví su trago rápidamente e ignoré sus miradas. Si le prestaba atención, iba a ser peor.

Me llegó un mensaje de mi madre al celular. Lo leí. Ella quería hablar conmigo un momento. Con lo ocupada que he estado estos días con la universidad, casi no tuvimos tiempos de hablar.

—Caro, vuelvo en un momento —le avisé a mi compañera. Debía ser rápida en la llamada a mi madre por la cantidad de clientes que había.

Marqué el número de mamá.

—¿Cande? —mamá se vio sorprendida—. No pensé que me llamarías ahora, creí que verías mi mensaje hasta dentro de unas horas, o mañana. ¿No estás trabajando?

—Lo estoy, pero quise llamarte, mamá —sonreí. Si había algo que extrañaba tanto de Vancouver, era a mi madre. Bueno, a mi familia entera. Pero sobre todo a mamá, pues ella, para mí, era la persona más importante en toda mi vida.

Cuando decidí que quería mudarme de ciudad para estudiar en la universidad, mamá y yo tuvimos una de las peleas más grande de toda nuestra vida. ¿Por qué? Porque ella estaba asustada y no quería que me estuviese lejos de casa, temía que no me fuera bien aquí sola. Se negó rotundamente a dejarme, pero no pudo impedirlo, pues yo ya tenía mis diecinueve años cumplidos y podía decidir por mí misma. Además, este era un crecimiento personal para mí, no podía dejar pasar la oportunidad. Era momento de madurar de enfrentarme a la vida sola. Siempre estuvo mucho con mi familia, muy encerrada en casa, quería vivir la vida un poco más.

Tengo que admitir que, a pesar de lo complicada que puede ser la universidad y lo pesado que era el trabajo, me sentía feliz de estar cumpliendo mis objetivos.

—Tengo solo un par de minutos —aclaré.

—¿Cómo estás?

—Muy bien, algo cansada, pero bien. ¿Papá? ¿Mis hermanos? ¿Tú cómo estás?

—Todos estamos bien, pero te extrañamos bastante.

—Yo también.

—¿Qué es esa música que suena? Es un poco rara para un restaurante, ¿no?

—No, suelen poner mucho de esto aquí —mentí. Lo cierto es que mamá no sabía que trabajaba en un discoteca, ella pensaba que mi trabajo era ser camarera en un restaurante los fines de semana. Si le decía la verdad, se iba a disgustar, porque diría que no era un lugar para mí, no cuando muchos borrachos asquerosos frecuentaban el lugar. No quería mentir, pero era lo mejor.

—Te extrañamos mucho —repitió mamá—. Quisiera que volvieras a casa. Es difícil tenerte lejos de nosotros.

—Estoy bien aquí, estoy madurando. Me siento bien, mamá. No te preocupes. —Sabía que gran parte de su intención, era que volviera a casa. Mamá era una gran persona, pero podía ser muy egoísta también.

Mantuvimos una conversación de un par de minutos, hasta que me asomé por la puerta del baño y noté la cantidad de personas que había.

—Tengo que colgar, mamá. Te llamo mañana —me despedí.

Guardé el teléfono y salí del baño. Atendí a un par de personas y procedí a limpiar el vodka que un borracho derramó de su vaso en la barra.

—Disculpa que te moleste, pero estoy buscando al dueño de la discoteca —dijo alguien. Seguido de eso, unas manos con algunos tatuajes se apoyaron en la barra.

Él me observó como si me conociera de algún lado.

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