El tren de Madrid a Sevilla se deslizaba suave sobre los raíles, un murmullo constante que me adormecía. Había pasado un año entero cuidando de mi nieto, el hijo de Sofía. Un año lejos de mi casa en Triana, lejos de mis geranios, lejos de Mateo.
En la estación de Atocha, justo antes de subir al tren, Sofía me había abrazado con fuerza.
"Tía, gracias por todo."
Sentí cómo metía algo en el bolsillo de mi bolso. Lo saqué. Eran billetes, un fajo grueso. Dos mil euros.
"Sofía, esto es demasiado, no puedo aceptarlo."
"Es para ti, para tus cosas. Cómprate algo bonito."
Su voz era suave, casi un susurro, y por un momento, mi corazón se ablandó. Quizás, después de todo, apreciaba el sacrificio.
El viaje se me hizo corto. Al llegar a Santa Justa, el aire de Sevilla me llenó los pulmones. Mateo me esperaba en el andén, su sonrisa tranquila era el mejor de los recibimientos. Su mano encontró la mía, cálida y familiar.
"Bienvenida a casa, mi Carmen."
Mi casa olía a azahar y a limpio. Mateo la había cuidado como si fuera suya. Dejé el bolso en la entrada, el peso de los dos mil euros olvidado por un instante. Estaba en casa. Estaba en paz.
Pero la paz duró poco.
Apenas había deshecho la maleta cuando mi móvil sonó. Era un número de Madrid que no conocía. Contesté.
"¿Diga?"
"¿Carmen?" La voz de Javier, el marido de Sofía, sonaba tensa, afilada.
"Sí, soy yo. ¿Pasa algo?"
"¿Que si pasa algo? ¡Claro que pasa algo! ¿Por qué coño has cogido el dinero de Sofía?"
Me quedé helada.
"¿Perdona? Ella me lo ha dado, ha insistido..."
"¡Era para hacer el paripé, joder! ¡Para que te sintieras bien! ¿No te das cuenta de que necesitamos ese dinero para el niño? ¡Devuélvelo ahora mismo!"
Su tono era brutal, despectivo. Me acusaba de ladrona, de estúpida.
"Javier, tu mujer me lo ha metido en el bolso. Yo no he pedido nada."
"¡Me da igual! Sofía es tonta y no sabe lo que hace. Tú deberías tener más cabeza. Transfiérenos el dinero ya. No tenemos para pañales."
Escuché a Sofía de fondo, un gemido ahogado. No me defendió. Su silencio era una puñalada.
Me senté en la cama, el mundo se me vino encima. Un año de mi vida. Un año de cambiar pañales, de noches sin dormir, de abandonar mi propia vida para que ellos pudieran construir la suya. Y todo para esto. Para que un niñato de un pueblo perdido de Extremadura, al que le pagué hasta los estudios, me insultara por teléfono.
Miré a mi alrededor. Mi casa, mi refugio. El tablao que había regentado durante treinta años me había dado mi independencia. Había criado a Sofía como a una hija desde que su madre, mi hermana, murió en aquel accidente. Le di todo. Un piso en Madrid, pagado con mi sudor. Una vida sin las carencias que Javier y yo sí conocimos.
Y ahora, me exigían que devolviera un regalo que ni siquiera había pedido.
"Escúchame bien, Javier", dije, con una calma que me sorprendió a mí misma. "El dinero os lo devolveré. Pero es lo último que recibiréis de mí."
Colgué el teléfono. El corazón me latía con fuerza. La rabia era un fuego frío en mi estómago.





