A la mañana siguiente, el sol de Sevilla entraba a raudales por la ventana, pero yo solo sentía una oscuridad fría por dentro. Mateo me preparó el café como siempre, en silencio, respetando mi tormenta interior.
"¿Estás bien, Carmen?", preguntó finalmente, poniendo su mano sobre la mía.
"No, Mateo. No estoy bien."
Le conté la llamada de Javier. Vi la ira encenderse en sus ojos, una ira protectora que me conmovió.
"Ese malnacido...", musitó.
"La culpa no es solo suya, Mateo. Es de Sofía. Por permitirlo. Por callar."
Después del desayuno, tomé una decisión. Me vestí, cogí mi bolso y salí de casa. El aire de la calle me ayudó a pensar con claridad. Caminé con paso firme hacia mi banco, en la calle Sierpes.
Dentro, el aire acondicionado era un alivio. Esperé mi turno, repasando mentalmente lo que iba a hacer. Cuando me llamaron, me senté frente a una empleada joven con gafas.
"Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla?"
"Buenos días. Quiero dar de baja una tarjeta de débito asociada a mi cuenta."
La empleada tecleó en su ordenador. "¿El motivo, si no es indiscreción?"
"La he perdido", mentí. No iba a contarle mi vida a una desconocida.
La tarjeta en cuestión no la había perdido. Se la había dado a Sofía hacía años. Estaba a mi nombre, pero ella la usaba. Con esa tarjeta pagaba la comunidad de vecinos del piso de Madrid. Un piso que, por supuesto, estaba a mi nombre. Era mi forma de seguir ayudándola, de asegurarme de que no les faltara lo básico.
Qué ilusa.
"Muy bien, necesito su DNI, por favor."
Le di mi documento. La empleada siguió tecleando. En la pantalla, pude ver los últimos movimientos. El pago mensual de la comunidad, religiosamente hecho el día uno de cada mes. Compras en supermercados caros. Pedidos de comida a domicilio casi a diario.
Mi dinero. Gastado sin miramientos, como si brotara de un pozo sin fondo.
"Perfecto, señora. La tarjeta con terminación 4582 queda anulada desde este mismo instante. ¿Desea que le emitamos una nueva?"
"Sí, por favor. Pero envíenla a mi domicilio aquí, en Sevilla."
"Por supuesto."
Salí del banco sintiendo un peso menos. Era un acto pequeño, casi simbólico, pero era el primer paso para recuperar el control de mi vida. Ya no era la tía Carmen, el cajero automático siempre disponible. Era Carmen, la que había luchado toda su vida por lo que tenía. Y nadie, ni siquiera la hija de mi hermana, iba a quitármelo con insultos y desprecios.
Volví a casa. Hice una transferencia por valor de dos mil euros a la cuenta de Sofía. En el concepto escribí: "Devolución. Final."
Luego, bloqueé el número de Javier. Y el de Sofía.
Se había acabado.





