Llevábamos diez años juntos. Diez años en los que el mundo entero nos gritaba que nuestro amor era un error, una mancha. Yo, una bailaora de un barrio obrero. Él, Javier, el heredero de la ganadería más prestigiosa de Andalucía.
Pero a nosotros no nos importaba.
Hasta hoy.
El teléfono sonó, rompiendo el silencio tenso de la sala de espera del hospital. Vi el nombre de la madre de Javier en la pantalla. Contesté con manos temblorosas.
"¿Sofía?"
Su voz era fría, distante.
"¿Cómo está? ¿Qué han dicho los médicos?"
"El rejoneo se ha acabado para él. Las manos están destrozadas. Necesita un trasplante de tendones, algo experimental y muy arriesgado. Nadie quiere ser donante."
Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies. La pasión de Javier, su vida entera, eran los toros y los caballos. Sin eso, no era él.
"Yo lo haré," dije sin pensar.
"¿Tú?" soltó una risa seca y cruel. "¿Qué vas a donar tú? ¿Tu orgullo de gitana?"
Colgó.
Miré mis tobillos. El doctor me lo había explicado antes, era una posibilidad remota. Usar los tendones de los tobillos para reconstruir las manos. Era una locura. Para un bailaor, los tobillos son la vida.
Pero la vida de Javier era mi vida.
Hice la llamada. Encontré a un cirujano en Madrid dispuesto a realizar la operación experimental en secreto. Pagué con los ahorros de toda mi vida, el dinero para nuestra futura casa.
Dos semanas después, salí de la clínica con cicatrices ocultas bajo los vendajes y un dolor que me partía el alma a cada paso. Mi carrera, mis sueños, todo se había acabado.
Pero Javier podría volver a montar.
Cuando llegué a la finca, lo encontré en el jardín, con las manos vendadas, pero de pie. Isabela estaba a su lado, sonriendo.
Corrí hacia él, cojeando.
"Javier, mi amor."
Él me miró con unos ojos que no reconocí. Eran fríos, vacíos.
"¿Quién eres tú?" preguntó.
Su madre apareció detrás de él, con una sonrisa triunfante.
"Javier, cariño, no te esfuerces. Has tenido un accidente, has perdido la memoria. Ella es Sofía, una de las empleadas de la finca."
Me quedé helada. El mundo se detuvo.
Isabela se acercó y le tomó del brazo.
"Amor, no te preocupes. Yo estoy aquí. Siempre estaré aquí para ti."
Javier la miró, y una sombra de ternura cruzó su rostro.
"Gracias, Isabela. Mis padres me han contado lo que hiciste por mí. Donar tejido de tus propias muñecas... es el mayor sacrificio que nadie ha hecho por mí. Por eso, quiero que todo el mundo sepa que eres mi prometida."





