"¿Prometida?" La palabra salió de mi boca como un susurro ahogado.
Javier ni siquiera me miró. Su atención estaba completamente en Isabela.
"Sí. Una mujer que hace algo así por mí merece todo."
Su madre se acercó a mí. Su voz era un veneno dulce.
"Sofía, ¿no tienes trabajo que hacer? La cena no se va a preparar sola."
Me quedé paralizada, mirándolos. Mirando a Javier, mi Javier, besar la mano de Isabela. La mano que supuestamente le había salvado.
"¿Qué haces ahí parada? ¿Eres sorda?" gritó la hermana de Javier desde la puerta. "¡Muévete!"
Sentí un empujón en la espalda. Era ella. Tropecé, el dolor en mis tobillos operados me hizo gritar.
Javier se giró, su rostro lleno de irritación.
"¿Qué es todo este escándalo? Isabela necesita tranquilidad para recuperarse. Si no sabes comportarte, lárgate."
"Pero Javier, soy yo... Soy Sofía."
"Ya sé quién eres," dijo, su voz cortante. "Una empleada. Conoce tu lugar."
Isabela fingió una mueca de dolor, tocándose la muñeca vendada.
"No te enfades, cariño. Quizás está confundida. La pobre..."
La humillación me quemaba por dentro. Me di la vuelta y caminé hacia la cocina, cada paso una tortura física y mental. Escuché sus risas a mis espaldas.
En la cocina, la cocinera de toda la vida me miró con pena.
"Niña, ¿qué has hecho?"
No pude responder. Me apoyé en la encimera, tratando de respirar.
Esa noche, me ordenaron servir la cena. Tuve que llevar los platos a la mesa donde Javier e Isabela se sentaban juntos, actuando como la pareja perfecta.
"La sopa está fría," dijo Isabela, apartando el plato con desdén.
"Lo siento, señora. La traeré de nuevo."
"No te molestes," dijo la madre de Javier. "Es evidente que no sirves ni para esto. Mañana empezarás a limpiar los establos."
Javier no dijo nada. Simplemente comía, ignorando mi existencia. Era un extraño. Un extraño cruel que llevaba el rostro del hombre que amaba.





