Respirando una vez más el aroma del aire limpio al salir, se puso de vuelta su abrigo, se metió las manos en los bolsillos y sacó la llave de un coche. Bajó los escalones y caminó con dificultad sobre los adoquines de la vieja calle, abriéndose paso entre la gente hacia su auto nuevo y lustroso. Abrió la puerta y se dejó caer en el asiento. Antes de poner la llave en la ignición apoyó la frente en el volante. Cerró los ojos y suspiró pesadamente. En su exhalación iba toda su tristeza y su pesar.
Para todos en aquella ciudad era la mujer más poderosa, las miradas de quienes la odiaban le rehuían y las sonrisas de quienes la adoraban por conveniencia siempre la encontraban con su típica frialdad. Muchos le temían a su famosa ira, pero nadie la conocía realmente. Su poder había sido ganado a base de sangre, sudor y lágrimas y ahora después de tantos años de un matrimonio por contrato que parecía irrompible se encontraba una vez más defendiendo su libertad.
Al principio la vida era mucho más simple. Hasta su nombre era diferente. Nació una tarde de invierno en una choza sin piso. Su madre murió en el parto entre gritos de agonía, pero en su pueblo no creían en los avances de la medicina y culpaban al destino de su partida.
Su padre la llamó Jofranka, que en su idioma natal significa libre. Gran paradoja considerando que nunca lo fue, no realmente. Su apellido fue una condena que pronto sintió sobre ella como un grillete pesado que debía arrastrar durante toda su existencia.
Creció criada por las mujeres de su pueblo, su padre era el jefe del clan y siempre estaba lejos trabajando. Sus numerosas madres de crianza la apodaron rubí, por una gema de sangre que heredó de su madre y que siempre solía llevar alrededor de su cuello.
De pequeña corría en el campo jugando con los caballos salvajes, ajena por completo a los negocios de su familia. Su padre no tuvo más hijos, ni siquiera tomó una nueva esposa. Pero cuando cumplió los quince años todo cambió por completo.
En la adolescencia se percató de que los negocios de su padre incluían muchas veces armas de fuego y confrontaciones con otros hombres. De vez en cuando la llevaban a los almacenes donde guardaban cajas y cajas de cosas que nunca supo que eran, pero le parecían muy importantes.
Ella esperaba en el carro mientras su padre entraba y salía. Seguido por sus tíos y los trabajadores del lugar.
Escuchaba rumores sobre una gran oportunidad, un negocio en el que harían tanto dinero que podrían ser capaces de comprar tierras y mansiones como los hombres ricos. Las honorables gentes del pueblo que los miraban por encima del hombro por su procedencia gitana.
Pasó mucho tiempo y no escuchó nada más sobre el tema, pero lo confirmó todo aquella terrible. Llevaba en el cuello el rubí de su madre y se sentó frente a su querido padre que bebía vino bajo la luz de la luna. Él le obsequió una pequeña caja de madera y adentro había un manojo de fotos amarillentas, de todas las mujeres de su familia.
— Todas murieron jóvenes. — le dijo mientras las miraba atenta. — Hay algunos por aquí que dicen que estamos malditos, que nuestras mujeres están destinadas a fallecer en el parto o de enfermedades incurables cuando son muy jóvenes… pero la verdad es que muchas de ellas han fallecido a manos de nuestros enemigos. Verás hija mía hoy cumples quince años y creo que es hora de que conozcas la verdad. Yo ya soy un hombre viejo. Creo que es seguro decir que no procreare más hijos y la esperanza de algún día tener un varón ha desaparecido de mi mente. Nunca lo quise tampoco, no considero que por ser mujer seas más débil cómo es la creencia entre los hombres que se llaman así mismos civilizados. Al contrario pienso que precisamente porque eres mujer eres más fuerte que todos nosotros juntos. La realidad es que hoy te tengo otro regalo. Uno qué tal vez no sepas considerar hasta que seas mayor. —
Rubí recordaba con los ojos llorosos aquella terrible conversación. — Además de las fotos de tus ancestros, esas que te proveen de fuerza espiritual y te acompañan aunque no las veas, vengo entregarte este anillo. — le dijo alzando entre sus dedos una joya dorada.
— Con esta alianza te prometerás al mayor de los hijos de los Navarro . Los Navarro dominan todo el territorio norte de la ciudad. A estas alturas ya debes saber que tu padre no hace negocios con gente buena, pero de ahí proviene nuestra fortuna y es lo que lo que ha puesto un plato en nuestra mesa durante todos estos años. Al casarte con el mayor de los Lee también unirás a las dos familias para siempre. La guerra entre nosotros acabará y podremos consolidar nuestra posición como magnates en esta ciudad. Ya no más bailar no dormir a la intemperie, tendremos terrenos, mansiones y todas las joyas que puedas imaginar. Nuestros negocios crecerán desproporcionadamente y pronto se irán transformando en otras líneas de trabajo que nos conducirán a la creación de instituciones legales. Ya en la nómina tenemos abogados y políticos que nos ayudarán a darle un giro a nuestros negocios y podremos ser gente de bien de una vez y por todas, sin importar nuestro pasado. Pero debo pedirte esté sacrificio el primero de muchos que tendrás que hacer el nombre de tu familia. —
Una joven y profundamente lastimada Rubí lo miraba con lágrimas en los ojos. Con el corazón destrozado al saber que su padre, a quien Ana por encima de todo, la entregaría como un trofeo a un hombre. Asustada por la noticia nunca dejó ir por completo su inocencia, arrancada por las manos de aquel que se suponía debería cuidarla y la regalaba como un trozo de mercancía, cómo una de esas cajas que transportaban con sus empleados.





