Obsesiones Peligrosas

La boda estaba programada para presentarse en tres días desde que le dieron la noticia. En todas esas horas, Rubí no conseguía pensar en anda más que en lo que podría ser el resto de su vida atada a un hombre extraño. Quiso correr, huir una madrugada a espaldas de un caballo blanco, pero la vigilancia de sus tíos se lo impidió.

Las mismas manos de las mujeres que la vieron crecer trenzaron su cabello, y la ayudaron a ponerse un hermoso vestido blanco, que aún le quedaba algo grande. Conoció a su esposo el mismo día de la boda. En su corazón albergaba la esperanza infantil de que todo podría salir bien y tal vez el chico fuese apuesto y amable, pero al verlo de pie en el altar, descubrió que a realidad era muy diferente.

Lloró amargadamente mientras los enlazaban como marido y mujer ante Dios y la ley. Se despidió de su familia, aferrándose a la espalda de su padre, pero él mismo la tomó por los hombros, dejándola del brazo de su nuevo marido y se fue con él, de vuelta a una casa gigantesca, llena de lujos y comodidades, que le parecía mucho más una prisión que un palacio.

La primera noche juntos le dio pesadillas durante varios meses. Fue la experiencia más horrorosa que había tenido en su vida. Aquel hombre que le sacaba diez años no solo era poco agraciado y apestaba a tabaco y alcohol, vicios de los que ella aún no conocía. También era déspota y despiadado, sabía que tenía ante sí a una joven inocente y aun así, la usó a su antojo, sin consideración o lástima alguna. Era un monstruo peor que el de la más terrorífica novela y Rubí estaba condenada a sus garras, sin ningún príncipe que fuese a rescatarla.

Al principio solía llorar y lamentarse, pero pronto comprendió que eso no la llevaría a ningún sitio. Él perdió el interés en ella pocos meses después de la boda y se dedicaba al entregarse en bacanales de alcohol y lujuria con las prostitutas que le servían como consuelo y diversión, pues no eran frías como ella, que según sus propias palabras solo representaba la unión que su padre le ordenó consumar para ganar el control del lado sur de la ciudad.

Solía decirle cuando llega borracho dando tumbos y apestando a whisky, que tendría suerte si él la consideraba digna para concederle un hijo, así su nombre pasaría a formar parte de su línea sanguínea y por fin estarían unidos verdaderamente los dos clanes. Con el pasar de los años rubí, no fue capaz de procrear. Él la culpaba. La golpeaba en sus borracheras y la escupía cuando estaba en el suelo y luego se iba balbuceando insultos hacia su familia de bestias, maldiciéndolos por entregarle una “mujer defectuosa”.

El tiempo pasó y los negocios florecieron dándoles absurdas cantidades de dinero. Pronto el progreso lo llevó a tomar un nuevo giro en sus intereses. Ahora aspiraba a un poder más permanente, más público, donde no tuviese que mancharse las manos de sangre. Ya no buscaba mover contrabando o armas, ni apoyar las guerras de gangas rivales buscando algunos aliados para fortalecer su posición. No señor, ahora su distinguido marido, el rey de todos los hombres de aquella ciudad, quería ser respetable. Ganarse la admiración de las castas más altas de la sociedad, que los caballeros que caminaban por las calles con bastones y sombreros se inclinaran ante él en vez de mirarlo por encima del hombro y para eso solo encontró un camino.

La política fue el mejor curso que pudo tomar y se convirtió en un gran demagogo, proclamando en discursos vacíos y llenos de falacias su apoyo a la clase más baja, como si realmente le interesara el pueblo que muchas veces lo vio pelearse a tiros con otros hombres y dejar cuerpos sangrientos en las calles. Rubí vio con asombro como ese mismo pueblo, lo apoyó; creyendo en sus mentiras como carneros que se apuran hacia el matadero y su poder creció. Nada pasaba en aquel lugar sin que él lo supiera y Rubí fue ganándose poco a poco su lugar en el otro lado del negocio.

Su padre le dijo que era su deber hacerse valer y que en ese mundo de hombres no encontraría nunca un sitio si no se ponía los pantalones que a muchos le quedaban grandes y así lo hizo. Mientras su esposo estaba demasiado ocupado “siendo respetable” tomó el control de todo lo que deseaba dejar de lado.

Eventualmente el político prominente se convirtió en CEO de una empresa exitosa de importación y exportación, pero sus reales ganancias, las más importantes y que le otorgaban los millones que gustaba despilfarrar en parrandas se las otorgaba su querida Rubí.

Cuando llegó a los veintitrés años su padre falleció dejándola oficialmente como cabeza de su familia. Las ancianas que pernoctaban aún entre las praderas de las afueras de la ciudad negándose a vivir enjauladas entre prisiones de concreto lloraron junto a ella por la pérdida y le pidieron de rodillas que saliera de aquel matrimonio al que la habían condenado. Su trabajo estaba echo y había cumplido con los deseos de su padre.

El divorcio hasta entonces nunca había sido una opción para Rubí, pues su padre lo consideraría una ofensa, una deshonra y una manera de incumplir con un trato que fue sellado entre hombres hacía mucho tiempo, pero ya no estaba y nadie podría detenerla. Presentó los papeles una mañana de octubre ante el escritorio de su marido y él se lo rompió en el rostro se reía de ella, diciéndole que jamás podría escapar de lo pactado. La voluntad de Rubí era fuerte y acudió a cada abogado de la ciudad, decidida a escapar de aquel monstruo, aunque fuera sin un centavo. Prefería ser libre y lo dejaría todo sin pensarlo dos veces, pero en cuanto los abogados escuchaban su apellido ninguno se atrevía a tomar el caso y la echaban fuera de sus oficinas, asustados. Fue entonces cuando lo conoció.

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