Oblivio

No tenía idea de que estaba sucediendo, no recuerdo haber cerrado los ojos, sólo sé que estaba sentado en una silla de cuero café, era cómoda y mullida, justo en la pared, sobre mi cabeza estaba mi nombre con los datos de mi vida, los relevantes y la inscripción decía ‘paciente con aparente depresión e intento de autoflageló’

En la habitación se encontraba un escritorio donde impartía las órdenes la jefe de enfermeras que iban y venían consultando historias clínicas; también se encontraban varias sillas iguales a la mía, en dichas encontrabas personas de todas las edades y diversos tipos de diagnósticos, ninguno como el mío, todos eran producto de la naturaleza y no de la idea egoísta de acabar con el propio ser, sentí que me observaban con detalle clínico unos ojos perversos, era un enfermero, era de gran tamaño, brazos fuertes, se le notaba que se ejercitaba seguido, en su cuello colgaba una reliquia religiosa y su mirada era juzgadora, obviamente estaba molesto conmigo, la gente religiosa tiende a ver con malos ojos a aquellos que intentamos suicidarnos, consideran que estamos ofendiendo a Dios, pero, realmente les vale una mierda lo que nos llevó a tomar dicha determinación, solo importaba que papito Dios estuviera contento aun cuando tu maldita vida vaya directamente por el caño.

Muy por el contrario, las almas caritativas de otras personas me detallaron con pesar, el estar en un estado de dependencia y vulnerabilidad te hace ver el mundo desde otra perspectiva, te hace querer entender más y ser más empático con el mal que puede estar agobiando a una persona.

- ¿Alguien que venga a ver por usted? - me interrogó una voz de tono suave, creí que era ella por un instante, pero cuando me percaté de quien se trataba, era una enfermera, ella vestía un uniforme de color azul opaco, estaba perfectamente peinada, su mirada parecía radiante, no sé si acababa de iniciar su turno o era nueva en esto, pero, no tenía esa sensación de conformismo arraigado que adquieren los profesionales de la salud a medida que avanzan los años en su carrera,

-Mi madre, tal vez- respondí sintiendo vergüenza por la situación en la que me encontraba, di el número de teléfono para que la ubicaran y me quedé en completo silencio.

Ella detalló el cartel en la pared, su expresión cambió un poco luego de leer lo que tan amablemente habían colocado allí para no decir que me intente suicidar, se puso de rodillas frente a mi silla, me sujetó el rostro y me dijo que todo estaría bien.

-Solo debes estar listo para lo que viene- dicho esto, se marchó.

Si bien era hermosa, me quedé observándola mientras se alejaba por la forma tan amable en la que me había tratado, un hombre de aspecto desaliñado se tiró en el suelo justo a mi lado, se esforzó en ver el cartel y dejo salir una leve carcajada, empezó a hacer tronar cada uno de los huesos de sus manos y su cuello, empezó a suspirar y hacer que su respiración fuese más y más ruidosa, como si esto le fuese más fácil que saludarme o hacer cualquier cosa para intentar hablar conmigo.

-Creíste ser el más astuto y manipulador, que equivocado estabas- su voz era molesta a irritante, en condiciones óptimas de seguro lo habría golpeado.

- ¿Disculpé? - le pregunté reuniendo las pocas fuerzas de mi ser.

-Ustedes los suicidas deciden acabar con sus vidas cuando se dan cuenta que el universo no funciona como ustedes lo planearon, ¿No es así Mikael? - su calma al decirme las cosas me aterraba aún más conforme hablaba.

El hecho que, de manera tan altanera se refiriera a mí llamándome por mi nombre solo me hacía enojar más, pero, tenía razón, cuando me di cuenta que era el universo el que me controlaba a mí y no al revés fue cuando entre en una crisis, en estos momentos no sé qué pensará mi familia, el amor de mi vida jamás volverá, estoy aquí, tal vez con un expediente que nunca desaparecerá; donde a partir de ahora seré tratado de forma especial por ser un suicida y para acabar de completar, tengo comezón en las muñecas ¡y no puedo rascarme!

Como seres humanos creemos que somos únicos, que nadie es como nosotros y que en cierta forma somos irreemplazables, nada más alejado de la realidad, no existe nadie realmente superior a otro, algunos cantan, otros dibujan, algunos son buenos en negocios, son buenos deportistas, lo que sea, pero ¿Alguno de nosotros puede volar? ¿Respirar bajo el agua? ¿Vivir eternamente? La respuesta a todo es un contundente no, lo cual nos lleva a la innegable verdad, todos… Somos… Iguales.

Oí de fondo a la misma enfermera que me había consultado los datos decirle a otra –su madre no desea verlo- y aunque es comprensible que tras todos mis actos de maldad mi propia progenitora no desee verme, el dolor y la tristeza al saber que es un hecho real no deja de ser demoledor; por más que lo intente, las lágrimas salieron de mí, era oficial, estaba solo, había logrado con éxito lo que me había propuesto durante toda mi vida, todos finalmente me dieron la espalda.

Ahora los interrogantes empezaban a inundar mi atormentada cabeza ¿Qué pasará conmigo? ¿Será mejor estar muerto? Contemple las vendas que cubrían mis heridas, eran de color blanco, tenían una ligera sombra de color rojo carmesí, mi propia sangre se asomaba como si deseara escapar, o tal vez, solo tal vez decirme algo, aunque, podría decirse que solo estoy delirando; el enfermero que me observaba hacía unos minutos vino a mi encuentro, se detuvo frente a mí, estaba impecable igual que la chica que había venido hacía unos cuantos instantes.

-Mikael Venhel- me indico el hombre de enorme tamaño, su rostro era serio, ojos cafés, cejas pobladas, cabello recién cortado y bien peinado.

-Le molesta lo que hice, ¿verdad? - le dije mientras lo observaba directamente a los ojos, su mirada demostraba desprecio e incluso en mis peores momentos si algo o alguien parecía estar incómodo conmigo, yo haría lo que fuera por incrementar dicha molestia y eso puede decir un poco de mí personalidad.

Me ayudo a levantarme, parecía obligado a hacerlo, casi podía sentir la palabra pecador emanar de su mente, en su religión yo era un blasfemo, alguien que había atentado contra los designios de un Dios al cual nunca le tuve el más mínimo respeto, pero, ahora pienso que utilizó el momento idóneo para castigarme por todos mis actos corruptos en vida, eso también me hizo reflexionar; mi pena debía purgarse aquí, en una institución médica, viendo como todos están enfermos y yo aquí, atrapado en un mundo cuasi estéril donde todo es tristeza y melancolía, empecé a sentirme estúpido por lo que había hecho, intenté acabar mi propia existencia por amor, no sé realmente en qué mierda estaba pensando, acaso ella iba a ver este deprimente espectáculo y recordar que soy el amor de su vida y mágicamente mis engaños, mis comportamientos erráticos y todo mi desastroso pasado ¿Iban a desaparecer?

Caminamos alrededor de unos largos y extenuantes minutos, finalmente llegamos a una oficina donde había un grupo de mujeres en bata, una de ellas era la psicóloga y las otras eran estudiantes que por fin tenían la posibilidad de estar en el ambiente real y ¿Adivinen qué? Hoy les tocó el loco suicida, de mala gana el enfermero me empujo dentro de la oficina, sentí el deseo de responder con algún comentario irónico, pero, por primera vez en mucho tiempo, no se me ocurrió ninguno, me senté en una silla mientras todas estas mujeres me observaban. Sentí el impacto tremendo de la realidad, como el golpe en seco de una bofetada, como el aire frío del ventilador en una tarde calurosa; no era un sueño, estaba realmente allí, hasta ese momento no lo había notado pero mis piernas estaban ligeramente adormiladas y las cortadas dolían, había sucedido lo peor, algo peor que la muerte, yo ahora era un maldito sujeto de experimento para un grupo de estudiantes de mirada pedante y actitud de sabelotodo.

-Hola Mikael- me saludo cordialmente la psicóloga, odio los psicólogos, por cierto - ¿Duele mucho? - preguntó al ver que me sujetaba las muñecas e intentaba rascarme.

-Es más comezón que dolor-

- ¿Pensaste bien lo que ibas a hacer? -

-No estoy seguro de cómo responder a eso-

-Responde como lo estés pensando-

-Pienso que fui tan inútil que ni pude acabar con mi propia vida- las lágrimas emergieron otra vez.

- ¿Piensas que morir es la mejor opción? –

-Doctora ¿Ha visto que me vengan a ver o recoger? -

-No puedes responder una pregunta con otra-

-Y usted no puede preguntarme algo que ambos sabemos que responderé con un si-

La conversación avanzó en medio de pausas constantes en las cuales el llanto no me permitía contar del todo lo que había sucedido, conté todo, como he mentido toda mi vida, cómo estaba listo para cambiar por ella y como mi amada se había ido sin que yo pudiera hacer algo para detener su partida, me tomó cerca de cuarenta minutos contar toda la historia, la conté como sentí que debía hacerlo, recalcando mis mentiras y engaños, como yo creía que ella era una buena mujer y como yo había arruinado el más puro e inocente de los sentimientos que alguien me había demostrado, las cinco mujeres no paraban de observar y tomar notas, odie eso, no soy un estudio.

- ¿Cómo se llama? - interrumpió la doctora, me di cuenta de que en todo el relato jamás había mencionado su nombre.

-Ella se llama (sollozo) Rai… (sollozo)-

-Debes decirlo, no puedes recuperarte si no afrontas aquello que temes-

-No le temo-

-Temes afrontar la vida sin ella- indicó –no hay prisa, en el momento que deba suceder, dirás su nombre-

Sigo odiando ese rostro de esfinge que deben mantener los profesionales, es decir ¿No serían mejores psicólogos si abrazaran a sus pacientes? En fin, la psicóloga a la vista de sus insoportables estudiantes me indicaba que mi condición era de cuidado, que debía permanecer bajo observación, ya que, por la tristeza aún presente en mí y ante el riesgo de volver a cometer un acto similar lo mejor era que, yo, estuviese bajo observación unos días en el ala psiquiátrica de una clínica, lo cual es un término elegante para decir que me iban a recluir en un manicomio.

Una vez me regresaron al cómodo sillón en el que estaba hacía un rato, tuve que ver como llegaban familiares a preguntar por los suyos, como iba y venía gente mientras yo seguía allí, mirando a lo lejos, a la entrada, esperando que mi madre o tal vez a ella para llegarán por mí, me abrazarán, me dijeran que me amaban y que irían a casa conmigo… Eso no iba a pasar.

Jamás había sentido el tiempo moverse tan lento como ese día, no había un televisor para ver como avanzaba el mundo real, no tenía nada que leer, salvo, los carteles que pegan y despegan de otros pacientes con sus datos e historias clínicas, un horrible reloj redondo de marco verde y fondo amarillo (originalmente blanco) era el que me permitía visualizar cuánto tiempo había transcurrido, para que solo avancen cinco minutos parecía transcurrir una eternidad, por momentos sentía que el agotamiento me ganaba y caía dormido, parecía una de esas noches donde duermes profundamente durante horas, pero, al despertar la realidad era otra, en ninguno de mis micro sueños lograba dormir más de treinta minutos, apenas eran las dos de la tarde y de repente un carrito con comida interrumpió la normalidad aromática del lugar, olía a sopas, carnes, jugos de diversas frutas, arroz recién preparado, verduras, era algo delicioso, ese aroma era el de la comida hecha en casa, lo cual es absurdo, ya que, toda la comida venía empacada en recipientes blancos de poliestireno; durante toda mi vida había escuchado que la comida de hospital era por mucho la peor, así que, empecé a dudar de mis sentidos, mi olfato me decía que era deliciosa, que lo que allí venía debía tener un sabor exquisito, ahora pienso que estoy tan débil que toda comida debe ser un manjar, incluso si me sirvieran un plato llena de excremento de perro, sería una delicia.

Tomó varios minutos el que las enfermeras repartieran los respectivos almuerzos, yo estaba entre los últimos para repartir, sé que deje de lado toda mi educación, mi racionalidad y todas esas cosas que se supone nos caracterizan como la especie más evolucionada en el planeta, pero, el hambre manda y yo tengo mucha hambre, devoré los alimentos a gran velocidad sin siquiera tratar de sentir los diversos sabores que pudieran brindar a mi paladar, sentí que se me había servido muy poco, mi cuerpo estaba pidiendo con temblores más comida; necesitaba más alimento, necesitaba fuerzas, pero, aquí no es la casa de mi madre, aquí no puedo exigir o tan siquiera solicitar que me sirvan más comida.

El día avanzó sin mayor novedad, enfermos vienen y van, familiares molestos por el tiempo que toma el que los suyos sean atendidos, conforme avanzaban las horas mis fuerzas iban regresando a mí, pude levantarme en un par de ocasiones, caminaba con vagas esperanzas hacia la entrada para ver si alguien vendría por mí y debo admitirlo, también me movía buscando una posible forma de escape, me estaba aburriendo en ese lugar y no me era del todo agradable el hecho de quedar encerrado en un manicomio.

Sentí finalmente un cansancio terrible, pero no podía dormir, algo en mi ser lo impedía, comencé a sentir una sensación extraña, como si el mundo se moviera diez veces más lento que yo, era algo extraño y surrealista, creí que podía oír por separado lo que decían, como si sus voces habitaran un espacio íntimo en el ambiente, un espacio que no se mezclaba con ninguna otra voz allí presente, era inusual, pero, algo en mi parecía incluso percibir lo que sentían, la angustia y frustración que representaba el estar en un lugar tan estéril y lúgubre como lo es un hospital. Una vez que finalizó esta sensación mi mente comenzó a proyectar imágenes en simultánea de mis momentos felices, mi convivencia con ella, mi familia, amigos, todos los que me amaron y a la vez podía ver los hechos horribles que desencadenaron mi llegada aquí, cada recuerdo venía cargado con la sensación que produjeron en mi cuerpo, en mis sentimientos y en mi espíritu, así que, sentir, amor, felicidad, maldad y odio al mismo tiempo ya era bastante malo como para ahora sentirlos exponencialmente incrementados y sumados al remordimiento por haber atentado contra mi propia vida y estar ahora atrapado sin salida en este padecimiento que yo mismo me había causado, no solamente por haber tomado la decisión de ponerle fin a mi vida, ya que, eran todas aquellas malas decisiones que me condujeron hasta este horrible lugar.

- ¿Por qué lo hiciste? - decía una voz con una mezcla de tristeza y enojo, giré como loco buscando el origen de esta voz, no encontré a nadie.

No sé a ciencia cierta si era efecto de los medicamentos, el lugar o que era exactamente, pero, la veía allí, mi madre, con sus mejillas redonditas y sus tiernos ojos de color café iguales a los míos mientras sentía su cabellera castaña en mi cara, era curioso, podía verla, oírla, sentirla, pero no podía tocarla con mis manos, no podía tomar sus manos para rogarle su perdón y que me sacara de este lugar, lloré como jamás en mi vida lo había hecho, justo ahí su expresión cambió, dejó de lado su actitud reconfortante como madre y empezó a reírse con total descaro y beneplácito.

-Debí abortarte cuando tuve la oportunidad- su voz sonaba convencida, no daba señas de ser algo que estuviese siendo obligada a decir –lo único que trajiste con tu nacimiento fueron problemas en mi vida, un estúpido engreído que nunca hizo nada bueno por nadie, ni siquiera por mi quien te dio la vida- añadió en medio de gritos y sollozos.

En ese momento la perdí, ya no la veía ni oía su voz, desapareció, un enfermero estaba a mi lado, sujetando mis hombros, me pregunto si estaba bien, sé que debí observarlo con sorpresa y terror, estaba seguro de que lo que acababa de ver era real, o ¿No?

El enfermero me llevo con una mujer, ella indicaba trabajar para seguridad social o algo así, parecía enojada, no puedo determinar el porqué, su rostro tenía diversas líneas de expresión, su cabello era corto y negro como la noche, lo cual, me hacía dudar si las líneas de expresión en su cara se debían a su edad o tal vez al estrés producido en su línea de trabajo.

-Nombre, Mikael Venhel…- comenzó sin siquiera saludarme -edad 28 años, un metro con noventa centímetros- continuó mientras me miraba fijamente como si analizara todo en mí en búsqueda de algo que le pudiese servir.

-Supongo que no me va a preguntar nada- le dije en un intento banal de romper el hielo.

-Usted no tiene seguro médico-

-Ni usted don de gente- me miró con un profundo desprecio.

Su mirada se ubica por encima de unos gruesos lentes de marco amplio color negro, su iris parecía rojo, tal vez por la luz del lugar, pero, sentí una presión extraña en el momento que me observo.

Una vez finalizado el improvisado conteo de datos y hechos de mi vida dicha mujer solicitó que un enfermero me llevara de vuelta a la sala donde estaba anteriormente, pude notar como con un sello rojo esta mujer marcaba mi expediente, supongo que si no hay seguro el estado no se hará cargo de mí y me dejaran ir pronto de este lugar, no estoy seguro si intentaré exterminarme nuevamente una vez que me dejen ir.

-Abre bien los ojos- me indicó una voz femenina, era una voz calmada, no estoy seguro, pero, parecía la misma voz que había escuchado hacía unos momentos.

La jefa de enfermeras llegó con una lista en mano, en dicha lista había sólo cuatro nombres, el mío incluido, dio la orden de que nos sacaran de la sala, cuando un guardia apareció tenía en sus manos unas llaves de colores con un llavero de perrito, me pareció divertido, no pude prestar mayor atención, al momento siguiente caminaba en dirección de una ambulancia, allí estaban las otras personas de la lista, sus rostros tenían aspecto demacrado, mirada perdida, por un breve instante me sentí reflejado en ellos, sin vida, sin esperanzas, atrapado en la prisión que la mente había creado, locura o remordimiento, no importa los barrotes, seguía siendo una prisión.

Nos tomó un corto periodo de tiempo el llegar a nuestro destino final, durante el viaje nadie hablo con nadie, nadie miro a nadie, o bueno, yo observe a todos, no podía dejar de cuestionarme que los pudo llevar hasta ese lugar, ninguno parecía tener las heridas que yo cubría con vendas, sea cual fuese el motivo por el cual serian mis compañeros de manicomio, ninguno de ellos era un suicida, o eso creo yo.

Al llegar al lugar nos bajaron de la ambulancia, un guarda de seguridad nos observó levemente, supongo yo que ya estaba acostumbrado a este tipo de cosas, entramos al deshabitado lugar, un televisor sonaba al fondo, había una sala; allí que creo normalmente estaba llena de familiares o tal vez otros doctores, dicha sala ahora estaba sola, solo había un par de enfermeros dormidos en las sillas que habían acomodado para fungir como camas, dejando de lado esta sala, caminé por un largo lobby, pude ver un poco más cómo era el lugar al que se me había traído, el sitio estaba muerto, era silencioso, salvo el guardia de la entrada no parecía haber seguridad alguna, me cuestione si podría escaparme de aquí con facilidad o si tendría que idear una estrategia elaborada; subimos hasta el tercer piso de la edificación, allí nos entregaron como si fuésemos un paquete de entrega y los custodios hubiesen cumplido con el cometido de entregar la carga, nos formaron frente a una pequeña recepción que había luego de pasar por un cuarto de visitas aislado del resto del tercer piso, allí validaron los datos que ya habían obtenido de todos nosotros en la sala de urgencias, nos hicieron una inspección y nos despojaron de todo elemento que pudiésemos usar para dañarnos a nosotros mismos o a otros, luego, nos dirigieron a habitaciones separadas, a la que yo entré había dos cajones de madera donde se debían guardar ciertas pertenencias, ambas están aseguradas con candado, frente a estos improvisados casilleros estaba el baño, al adentrarse más había solo dos camas, una de ellas estaba ocupada, ¡genial! Tengo un compañero de habitación, me correspondía la cama que estaba junto a la ventana, me dieron una cobija, me indicaron las reglas del lugar (las cuales no escuche por estar observando la ventana con barrotes) y luego me dejaron solo en la oscuridad de la habitación.

La ventana me permitía ver el mundo real, unos conjuntos residenciales que colindan con este manicomio, como una línea imaginaria entre la cordura y la demencia, no pude evitar sonreír ante lo irónico de la situación, mi sonrisa desvaneció tan pronto como nació, pensé en ella, me pregunté si me estaba pensando, era ridículo, yo había destrozado todo lo hermoso que ella pudo pensar o sentir hacia mí, lo más seguro es que estuviera ya en brazos de aquel hombre que había logrado conquistar su corazón; no pude evitar, sentí rabia, sentí como comenzaba a sentir odio, un putrefacto sentimiento hacia mí mismo, a la persona que representaba, odio por no ser el hombre que ella amaba, porque yo no era ese hombre y a estas alturas ni yo mismo sé quién soy o si alguna vez existí, me recosté en la cama, cubrí toda mi humanidad con la cobija que me dieron y entre llantos y recuerdos quede dormido.

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