Oblivio

Apenas si estaba amaneciendo cuando escuché las estruendosas voces del cambio de guardia mientras se nos ordenaba despertar y bañarnos, le indiqué con voz adormilada al enfermero que entró a la habitación que yo no tenía ni ropa de cambio ni toalla, este salió de la habitación sin decirme gran cosa, mis cortadas me estaban doliendo un poco, era el recordatorio de lo ya sucedido y a la vez una pregunta interesante ¿Cómo iba a poder bañarme con la piel expuesta y adolorida?

El cielo tenía un tono azulado opaco, como si tuviese un manto gris que evitará el resplandor majestuoso del diurno firmamento, nuevamente pensaba en ella, reflexionaba sobre madre, pero mi mente se enfocaba especialmente en el hecho de saber que ninguna de las dos vendría a mi rescate, lloré mientras pensaba lo feliz que era cuando estaba con las dos, lo bien que se llevaban y lo amado que por fin me sentía, quise seguir durmiendo, no despertar jamás, quedarme atrapado en el sueño eterno, porque, en mis sueños seguía con ella, cuando dormía la sentía junto a mí, sentía sus besos, sentía su amor, el despertar era amargo, me estrellaba con mi realidad, con el hecho de estar encerrado entre locos y no saber realmente si soy uno de ellos, pero, a la vez sabiendo que me lo merecía si aquí me trataran a golpes como la rata miserable que siempre he sido.

-Usted no parece alguien que deba estar aquí- dijo una voz calmada, aterciopelada, la misma voz del hospital.

-Usted no sabe nada- le dije luego de verla y notar que era una enfermera más.

-Es verdad, pero, puedo ver en sus ojos que usted no pertenece aquí- no supe qué responder.

La mujer no era de mucha estatura, su cabellera era negra y estaba perfectamente recogida en una coleta, vestía de blanco de pies a cabeza, usaba unas gafas de marco color azul, su piel era blanca y un tanto arrugada por los años, en sus manos tenía una toalla, un par de chancletas, un pantalón al parecer de algodón color gris y un suéter de capucha color azul, ambas prendas denotaban por la decoloración que eran usadas, no me importó, traía jabón con ella, un tubo de crema dental y un cepillo de dientes totalmente nuevo, se acercó más a mi cama, vio la pared sobre la cabecera, yo no me había fijado, pero, el mismo cartel que había en la sala de urgencias ahora estaba sobre la cabecera, esta mujer me dedicó una mirada tierna, no sentí lástima en su mirar, eso me tranquilizó, luego de poner lo que traía sobre la cama sacó de sus bolsillos algodón, desinfectante, unas vendas plásticas y otras de gasa, me indico que debía remover las que yo traía, envolverlas en unas nuevas, plásticas mientras me duchaba, luego limpiaría mis heridas y las cubriría con vendas de gasa.

No tarde mucho en bañarme, el sitio dispuesto para la limpieza física era incómodo, no había cortina de baño, sin importar mis esfuerzos la letrina se mojaría por completo, el plástico me permitía ver los cortes con total claridad, sentí como el agua fría recorría todo mi cuerpo mientras un ardor cálido atravesaba toda la geografía de mis heridas, aún no había recuperado en su totalidad el movimiento de mis pulgares, sentí nuevamente la sensación del llanto, me enojé conmigo mismo por lo débil que me había vuelto y salí rápido de la ducha, la enfermera seguía allí, limpio mis heridas y las vendó, me indico que ya podía ponerme el resto de mis ropas y se fue no sin antes decirme –no dejes que tus sentidos te engañen, ve más allá del sentimiento-.

El día transcurría con una hermética y monótona tranquilidad, te toman signos vitales, te dan pastas, te reúnen en una sala común con todos los locos del lugar, te hacen hablar para explorar de forma inútil tu creatividad, en un inútil intento para que tu mente no caiga en el limbo y quedes atrapado en la locura que ya sabes que estás; no sé cuánto tiempo voy a estar aquí, pensar en ello me llena de incertidumbre; mi nueva morada no está fuertemente vigilada, pero, había muchos enfermeros y debo reconocerlo, todos ellos se ven en mejores condiciones físicas que yo, tal vez y solo tal vez si estuviera al máximo de mi capacidad física podría escapar de aquí, en mi estado actual no podría ni llegar a la puerta de vidrio que separaba el manicomio de la improvisada e inerte sala de visitas. Los enfermeros nos observan en todo momento, el contacto físico está prohibido y cuando alguno de los pacientes se percataba que era observado por uno de los encargados su rostro reflejaba terror; como si estos seres les provocan pavor y nauseas con solo verlos, todos los muros son gruesos y las ventanas poseen barrotes de aspecto hogareño, aquellos pacientes que lucen aún más esquizofrénicos observan a los demás allí recluidos como quien ve un trozo de carne en la parrilla ya lista para ser servida, este infierno me parecía ahora más una cárcel o un buffet de todo lo que pueda comer que un lugar de sanación psicológica, quiero cerrar los ojos nuevamente y tener una vaga idea de lo que es dormir y seguir soñando, cada sueño es una cápsula de recuerdos y una fantasía idílica donde yo anhelaba estar, como si estuviese esperando que todo esto no fuese más que un pesadilla y ella me despertara el domingo en la mañana con un beso para indicarme que era hora de alistarnos para visitar a mi madre. Siento una enorme curiosidad, una insaciable necesidad de saber, como si la hambrienta fuese mi mente y no mi anatomía, al avanzar a pasos lentos por este aparentemente apacible lugar puedo ver a más de los allí encerrados conmigo, personas que como yo tenían graves problemas que aquejan sus mentes y estaban allí con el único propósito de lidiar con esos demonios de la mente que los imposibilitan para compartir con la civilización racional, o al menos eso es lo que te hacen creer todos esos profesionales en bata con sus malditas libretas de apuntes.

Lo que parecía un sala de espera de un inquilinato estaba llena de personas de todos los sexos, etnias, razas y en ciertos casos edades, había una mujer que le indicaba a todo el que se le quedaba observando que ella era la esposa de Dios y como este la había abandonado por una virgen más joven y de mayores capacidades bondadosas, no tengo idea qué carajos significa eso; esta mujer a su vez le indicaba a todo el que le prestara la más mínima atención que si se los permitía les enseñaría cómo hacer milagros, pero cada que mencionaba las palabras ‘Dios’ o ‘milagros’ sentía un dolor agudo en el estómago que no disimulaba y posteriormente comenzaba a retorcerse en el suelo.

-Dios es un concepto vago- dijo un hombre de mediana edad dirigiéndose a mí, su voz sonaba tranquila, su aspecto no se veía desgastado o maltratado. Se trataba de mi padre.

La impresión y el susto no me permitieron configurar palabra alguna, de hecho, el suceso había hecho que yo mismo olvidase su nombre, me miró como quien ve a su retoño dar sus primeros pasos y me abrazó con fuerza, yo no podía creer lo que estaba viendo, pero, mi viejo estaba muerto ¿Qué carajos hacía aquí? Luego que se apartó de mí pude ver que estaba más limpio de lo que parecía en un principio, casi como si emanara luz a este horrendo lugar, miré en todas direcciones esperando que alguien notara lo que yo notaba, nadie, ni siquiera los guardas parecían estar al tanto de la limpia visión, luego pude verlo de forma más clara, no era mi padre, era un viejo senil que me había confundido con su hijo perdido en la guerra, pero ¿Por qué lo vi como si fuese mi padre?

Intenté con todas mis fuerzas apartarme de él, no pude, no tenía la fuerza, él se aferró a mí, lastimaba mi cuello y el forcejeo hizo que mis heridas se abrieran, sentí el líquido carmesí emanando de mi ser, dos enfermeros llegaron a mi auxilio, lo apartaron de mí y un tercer enfermero me sentó en una silla para ver qué tan grave era el daño a mi cuerpo.

-Aquí hay gente peligrosa- me dijo con tono de autoridad. –no debe permitir que se le acerquen; ni usted debe acercarse demasiado a nadie- añadió mientras sacudía con poca sutileza mi cabeza en busca de heridas.

Se alejó de mí, era un hombre ancho, aunque de poca estatura, cabello corto, casi de estilo militar, tal vez el jefe de esta guardia, no sabría decirlo con certeza.

-Todo tiene un fallo aquí- oí nuevamente la voz de la enfermera, aunque, no la vi por ninguna parte -tú eres el fallo, está intentando usar tu mente en tu contra- añadió.

- ¿Quién? - fue lo único que pude preguntar. A mi lado un hombre me respondió entre risas que el responsable sería el caballero de las tierras sórdidas, allí noté que había hecho la pregunta en voz alta.

-Siempre lo cuestionas todo, esa es tu salvación- me respondió con dulzura y ya no pude oírla más.

Un hombre de baja estatura se quedó de pie justo frente a mí, este hombre alegaba haber servido a las fuerzas militares de su nación, sus lapsos iban y venían, podía hablar de lo difícil que era el entrenamiento y enojarse para querer golpear a alguien y al instante estar llorando por los niños que tuvo que asesinar en cumplimiento de su deber, cuando esto último sucedía comenzaba a gritar con fuerza que se los quitaran de encima, que los cadáveres de los niños se lo estaban comiendo, se lastimaba con vigor, lacerando la piel sin posibilidad de detenerse; esto me permitió marcharme para seguir mirando el lugar donde pasaría mi “sanación”, más allá, a lo lejos, como espectador vi a un hombre que parecía normal, pero por alguna razón no paraba de hablar, tanto que la gente e incluso en ocasiones los enfermeros preferían dejarlo solo, fui derrotado por mi curiosidad y me le acerque, mis pasos eran lentos y cautos, hay algo que me incomoda en la nuca, como un dolor punzante, esa sensación de que algo no está bien, ese algo que no debería sentir, en todo caso; cuando estuve lo suficientemente cerca de él pude ver como sus manos estaban maltratadas y sus ojos rojos por tanto llorar.

-Si tan solo no hubiese mentido, ellas seguirían vivas- dijo con voz cortada por las emergentes lágrimas y fue allí donde rompió en llanto y cólera.

El hombre comenzó a gritar, narraba con detalle macabro como una niña y una mujer casi cadavéricas estaban pegadas a él, este hombre hacía ademanes como si quisiera levantarlas para abrazarlas, pero parecía rendirse, como si estos cadáveres femeninos desaparecían y él comenzaba a hablar muy rápido sobre cómo tendría el dinero para el día siguiente, que no era su culpa, que por favor le perdonaran las vidas a cada una, algo que empezaba a parecerme atemorizante de este lugar era como las personas aquí recluidas compartían similitudes con mis patrones de mitomanía y comportamiento a lo largo de los años, ¿Me estaré volviendo loco?

El hombre soldado, mis mentiras con logros falsos solo para impresionar. La mujer esposa de Dios, mi complejo de superioridad que usaba de manera constante solo para hacer ver a otros inútiles ante mi saber. El parlanchín, mi maldita carencia de habilidad para cerrar la boca y evitar que mi cerebro siga procesando y creando mentiras solo para vender una estúpida imagen de mí mismo, ignorando por completo que si tenía en vida que ofrecer a la gente que pudiese ser considerado agradable o al menos útil.

Rápidamente y mientras yo me hundía en mi introspección y recuerdos reflexivos varios de los enfermeros tomaron a dos de los allí recluidos; estos miserables individuos gritaban con desesperación, insultaban y patean inútilmente a la par que eran llevados a un lugar en la parte más profunda de la ala psiquiátrica, este hecho me permitió observar a mayor detalle su arquitectura simplista y útil a la vez, una barra donde los guardias se reunían, como una especie de recepción o sitio de descanso para contarse las nimiedades del día, la sala para reunir a los pacientes y un largo pasillo donde se encontraban las habitaciones en las cuales cuando no se les (o nos) obligaba a interactuar con los demás internos se nos permitía tener la vaga idea de un descanso, como bálsamo irrisorio de escape a la realidad.

El punto es que, en el momento que se llevaron a los dos individuos yo los seguí llevado por mí ahora bastante imprudente curiosidad, la habitación del final del pasillo era más lúgubre que la mía, allí se podía percibir la maldad como si fuera parte del ambiente mismo, como si el odio fuese el cemento que se usó para unir los ladrillos de miedo y las baldosas estuvieran hechas con el brillante arrepentimiento y la pintura (si es que existe medio de saber cómo la luz refleja algún color aquí) fuese la intensa furia que ahoga a la humanidad día a día; al entrar vi como ataron a los dos individuos a lo que parecían mesas de sacrificio, atándolos de manos y piernas a ellos les era imposible moverse pero si les permitía llorar de forma desgarradora mientras clamaban piedad indicando que ya habían aprendido su lección por los pecados que habían cometido, los médicos, ocho en total, cada uno más aterrador que el otro se reían a carcajadas pidiéndoles que rogaran más, ya que, esto haría de su comida algo más delicioso, como un condimento adicional, como el picante en las empanadas o un poco más de mostaza en la hamburguesa. Uno a uno estos seres se acercaban a los rostros de sus víctimas y abrían sus fauces a tamaños inhumanos mientras absorbían energía que emanaba de los ojos y la boca de los allí atados, probablemente sus almas, yo estaba en ese lugar, paralizado, impotente sin posibilidad de hacer absolutamente nada y como siempre guiado por esa curiosidad inaudita que día a día me llevaba a pensar ¿Qué pasaría si estoy en…? Yo no podía quedarme sin la respuesta a esa pregunta y pues lo más seguro es que si funcionó y aquí estoy… en el “infierno”.

- ¿Quiere ser el próximo? – indico la voz de uno de los enfermeros y con una fuerza sobrehumana me empujó dentro donde quede a total disposición de los guardias hambrientos que con sus fauces aún abiertas dejaban escurrir lo que parecía saliva.

Me levantaron del suelo, me tomaron a la fuerza y comenzaron a alimentarse a la vez de mí, cada noción del suceso presente fue prontamente reemplazada por cada risa, cada alegría, cada momento de ternura, cada beso, cada palabra bonita que alguien pudo llegar a decirme alguna vez, cada emoción fue arrebatada de mi con violencia y sin oportunidad de contemplarla nuevamente en busca de esperanza; como si yo fuese un gran lago y ellos varios depredadores sedientos queriendo beber más y más sin importar si se agotaba la fuente de su satisfacción, todos reían morbosamente tratando inútilmente de cubrir sus carcajadas con sus manos mientras yo sentía como toda la energía de mi ser era succionada y reemplazada por locura, desolación, angustia y miedo, mi cuerpo se veía fuertemente debilitado y cuando pude darme cuenta yo me estaba desvaneciendo literalmente, mi cuerpo comenzaba hacerse invisible mientras ellos se alimentaban de mí, los recuerdos, mis experiencias, mi sanidad y deseos de voluntad eran arrancados como quien quita los pétalos de una flor pero mucho más violento, más como si desmembrarás un cuerpo aún en vida, como si al atormentador le produjera aún más placer y satisfacción ver en los ojos de su víctima el cómo cada noción de lo que alguna vez pudo ser bueno y sus esperanzas se desvanece como algodón en el agua.

Cuando caí al suelo casi inerte como hoja seca en otoño pude oír como el enano jefe de enfermeros les mandaba que me dejaran en mis aposentos, sentí ira, sentí rabia y mucho odio, me levanté de la baldosa fría y los ataque con toda la fuerza que pude, sentí como los huesos de mis nudillos impactaron contra sus anatomías, como la sangre brotaba de ellos, se abalanzaron sobre mí, los patee con toda la fuerza que me quedaba, estaba dispuesto a morir allí, pero, eran demasiados y yo estaba débil, sentí un punzante dolor en el cuello y como un líquido parecía ingresar en mi sistema, mis fuerzas me abandonaron, mis párpados se cerraron y todo se hizo oscuro.

Cuando desperté la cabeza me daba vueltas, estaba en una habitación acolchada, vestía una de esas camisas de contención, ya saben, las de mangas largas y lindos arneses en la espalda, oí el crujir de la puerta y a mi encuentro llegó una doctora, rubia, de silueta preciosa, tenía un porte elegante, estaba a contraluz, razón por la cual no pude ver su rostro a plenitud.

- ¿Estás más calmado? - me preguntó, su voz era seductora.

-Se están comiendo a los pacientes- le indiqué.

- ¿Quiénes? -

-Los monstruos que ustedes llaman enfermeros-

-Hablas de estos que golpeaste mientras intentaban bañar a dos pacientes con discapacidad psicomotriz-

- ¡¿Que?!- no pude disimular mi sorpresa.

-Atacaste con extrema violencia a hombres que solo cumplen su trabajo-

- ¡No es cierto! Yo sé lo que vi-

- ¿Lo sabes? –

La mujer le pidió a un enfermero de gran tamaño que me ayudara a salir, estando fuera de la celda de colchón vi cómo atendían a tres enfermeros quienes tenían heridas en brazos y rostro, sus vestimentas blancas estaban salpicadas con sangre, la de ellos seguramente, tres, solo tres, yo había visto más y justo al lado de ellos vi dos hombres, los mismos que vi cómo arrastraban a gritos y eran devorados, los vi allí, preocupados por los individuos que los habían atacado, me miraban con rabia, no era posible.

-Creí que tu condición era debida solamente a depresión- indicó la doctora, su voz sonaba como un eco casi mudo, yo no podía evitar el seguir observando lo que allí ocurría.

-Fue tan real lo que vi- le indiqué con quebranto en mi voz.

-Tus problemas pudieron desencadenar una esquizofrenia pasiva- me dijo acariciando mi rostro.

Quise darle un abrazo, necesitaba uno, caí de rodillas al suelo gritando, gritaba que me perdonaran, no sabía que me había ocurrido, la doctora se arrodillo junto a mí, me dijo que para eso estaba allí, para ayudarme, la vi fijamente, era idéntica a ella, el parecido con mi amada era increíble

- ¡¿Raike!?- le dije con terror alejándome de ella.

- ¿Quién? – preguntó tratando de acercarse a mí.

Soy consciente que empecé a gritar con todas mis fuerzas, pedía que se la llevaran, estaba confundido, temeroso, Raike no podía estar allí, ella no era psicóloga ni psiquiatra, no era nada de eso. Es curioso cómo la mente humana funciona, intente quitarme la vida por amor, caí a este raro lugar que más parece una sucursal del infierno en la tierra, ataque hombres buenos, mi estabilidad mental están al borde del abismo y aun así, yo sigo extrañando a mi amada, pasados, quién sabe cuántos minutos de gritos y angustias fui arrastrado de nuevo a la habitación acolchada, oí la voz de la doctora del otro lado de la puerta, su voz seguía calmada, solo repetía que ella iba a ayudarme, luego se quedó en silencio, ya no oía nada.

Llore nuevamente, rogué a Dios que me sacara de allí y clame por su perdón, llore hasta que mis ojos ardieron como si de ellos brotara lava en lugar de lágrimas, me odie como jamás creí capaz de poder hacerlo, odie cada uno de mis actos, odie haber intentado suicidarme, odie a Raike, pero, no por ella, odie haber soñado un futuro con alguien que no merecía que yo me le acercara, pero lo que más odie fue seguir pensando en ella mientras era obvio que ella ya no pensaba en mí. En ese momento noté que por primera vez en mi vida estaba rogando a Dios por ayuda y a su vez noté la horrible idea de que tal vez Dios nunca hubiera existido, la habitación estaba oscura, no podía tan siquiera ver mis propios pies y nuevamente oí la voz suave y reconfortante de la enfermera que en la mañana me llevo los artículos de aseo.

-No eres tan malo como crees, no estarás por mucho tiempo aquí- no podía creer que en la oscuridad pudiese verla -he venido por ti, yo voy a ayudarte- repitió con esa voz calmada y sapiente mientras me daba agua limpia para beber -la verdadera prueba acaba de iniciar-.

Sus ojos eran cariñosos y tenía una sonrisa carismática me miraba sin parar mientras me decía que yo no merecía estar allí, para mí era un ángel, aunque si alucine el ataque de los enfermeros, cómo podría yo decir que ella era real, rápidamente me indico que no podía permanecer mucho tiempo.

-Aún necesito que permanezcas un tiempo aquí, tú no estás listo en estos instantes para lo que serás útil- me indicó, no entendí nada, pero parecía ser inmune a toda noción de oscuridad de ese lugar, me pregunté cómo podía estar allí y seguir emanando esta energía tan pacífica.

- ¿Eres real? - deje escapar de mis labios la pregunta sintiéndome culpable por el simple hecho de seguir siendo tan curioso.

-Aún en la oscuridad los cuestionamientos son la más intensa de las luces- respondió mirándome con dulzura a los ojos. -ten paciencia, aclara tu mente y no dejes de cuestionar- me dijo con una voz tan pedagógica que lo único que pude hacer fue asentir en silencio.

Fue en ese momento que tres enfermeros ingresaron a la habitación, sigo sin saber cuánto tiempo transcurrió; se dirigieron a mí, giré para verla, ya no estaba allí, me llevaron a mi habitación, me indicaron que había estado casi día y medio en la celda solitaria, en la cama contigua a la mía había una persona, no era el mismo sujeto que estaba allí el día que yo había llegado, el enfermero me libero de la camisa de contención y me ordenó con rostro intimidante que permaneciera en mi cama sin causar más problemas, así lo hice, aprendí a la mala manera (solo basto estar encerrado con una camisa de fuerza) que lo mejor aquí es obedecer, me dejaron a solas con el otro chico quien se veía más joven que yo, este abrió sus ojos con calma y mucho cansancio, me miró y con jolgorio me saludo.

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