El aeropuerto estaba lleno de anticipación cuando las hermanas Kellington esperaban ansiosamente en la entrada, rodeadas de varias maletas grandes a sus pies. Alexandra Kellington miró su reloj una vez más, consternada al descubrir que ya habían pasado veinte minutos desde que bajó de su avión y aún no habían venido por ellas. Frunciendo el ceño, se preparó para hacer una llamada, pero Karen sujetó su mano con suavidad para detenerla.
—No te preocupes tanto, seguramente vendrán por nosotras pronto —dijo Karen, tratando de calmar a su hermana con una sonrisa tranquilizadora.
—¿Y qué pasa con eso? El hecho de que nos hayamos mudado para vivir solas no significa que puedan tratarnos así —respondió Alexandra, claramente molesta. Este sería nuestro primer encuentro desde que nos fuimos hace años, ¿cómo pueden comportarse así?
Cerca de cuatro imponentes camionetas negras blindadas llegaron para recogerlas. De una de las camionetas bajó su hermana mayor, Caroline, acompañada por el grupo de seguridad para recoger las maletas.
—¡Caroline! —exclamó Karen emocionada, extendiendo los brazos para abrazar a la primogénita de la familia.
—¡Chicas! —gritó Caroline feliz, abrazándolas a ambas—. Es un verdadero placer tenerlas de vuelta en casa. Ha pasado tanto tiempo.
Todas se apresuraron a montarse en el vehículo, aunque había una leve tensión por la repentina visita. La conversación fluyó sobre cómo habían estado pasando las cosas. Caroline les contó emocionada sobre sus planes de expansión y cómo habían contratado un bufete de abogados de prestigio. Explicó que los abogados de su ciudad no eran suficientes para lo que se venía, pero que había encontrado a un hombre en quien confiaba plenamente: Sebastián Nash.
El nombre de Sebastián resonó en la mente de Karen, aunque no lograba hacer la conexión.
Al llegar a la majestuosa mansión, las hermanas Kellington quedaron impresionadas una vez más por la magnificencia de la estructura. A pesar de haber crecido allí, cada visita les recordaba la grandeza de su hogar de la infancia. La mansión de tres pisos emanaba una elegancia clásica con detalles de arquitectura europea que capturaban la imaginación. Columnas ornamentadas adornaban la entrada principal, mientras que balcones de hierro forjado se asomaban majestuosamente desde el segundo piso. Las ventanas altas y estrechas añadían un toque de misterio al edificio imponente.
Al lado de la entrada principal se extendía un garaje que albergaba más de diez autos de millones de dólares, cada uno brillando con un lustre impecable. Más allá del garaje, se extendían lujosas comodidades: una cancha de tenis meticulosamente cuidada, una cancha de baloncesto iluminada, un campo de golf privado y no menos de cuatro piscinas relucientes, cada una más deslumbrante que la anterior. En un rincón de la propiedad, un helipuerto relucía, listo para recibir aeronaves privadas en cualquier momento.
En la puerta principal, la matriarca de la familia, Sra. Kellington, estaba de pie con una mirada severa pero imponente. A su alrededor, un séquito de empleados de servicio, quienes habían ayudado a criar a las tres hermanas, se alineaba en perfecta formación, listos para atender cualquier necesidad.
Al entrar, las hermanas Kellington se sintieron ligeramente incómodas bajo la mirada crítica de su madre.
—¿Qué estás llevando puesto, Alexandra? —preguntó con desaprobación, escudriñando el atuendo de su hija mayor.
—Es solo algo casual, mamá —respondió Alexandra, intentando mantener la calma.
La mirada de la madre se posó entonces en Karen, quien intentaba no verse afectada.
—¿Estás comiendo lo suficiente, Karen? Pareces más delgada desde la última vez que te vi.
—Estoy bien, mamá. No te preocupes por mí —respondió Karen, tratando de sonar segura.
En ese momento, Alexandra detuvo a las demás, atrayendo la atención de todos.
—Antes de que esto se convierta en un circo, tenemos algo importante que decir —anunció con determinación.
El aire se volvió denso mientras todas esperaban la noticia. Entonces, Karen habló en voz baja.
—Estoy embarazada.
El silencio fue ensordecedor. Incluso los empleados se quedaron boquiabiertos. Nunca había sucedido algo así en la familia.
—¿Qué? —exclamó la Sra. Kellington, atónita.
—¿Es cierto? —preguntó Caroline, con una expresión de preocupación.
—Sí, un doctor lo confirmó. Tengo casi seis meses —respondió Karen tímidamente.
Caroline se dio cuenta de las fechas.
—¿Cerca de mi boda?
—Durante tu luna de miel —aclaró Alexandra.
El asombro se reflejaba en cada rostro. Entonces, una figura se acercó desde el fondo del pasillo con una sonrisa cálida.
—¿Por qué las mujeres más importantes de mi vida están aquí en el pasillo? Sería mejor ir a la sala de estar. Todos están esperándonos —dijo el patriarca de la familia.
Compartieron una mirada, aún inciertas sobre cómo proceder.
—Papá, estoy embarazada —confesó Karen.
El hombre parpadeó un par de veces.
—¿Y eso te hace feliz? —fue su tranquila respuesta.
La tensión se disipó, y Alexandra y Karen soltaron el aire que ni siquiera sabían que estaban conteniendo.
—Sí, quiero tener al bebé.
—Eso es lo importante —declaró el hombre, ocultando sus propias sorpresas— Ahora, ¿vamos a comer? No sabrá tan bien si nos quedamos aquí.
Cuando llegaron a la sala, la conversación fluyó entre lo cotidiano y lo extraordinario. El padre quería que sus hijas volvieran a vivir con ellos, pero Alexandra no se dejaba engañar por las apariencias amables de su padre. Sabía que quería controlarlo todo.
—No nos mudaremos aquí, papá —anunció con firmeza.
—Aún no hemos hablado de eso —respondió con una sonrisa—. Desde luego, podrán mudarse en cualquier momento. Esta es su casa.
Caroline seguía en estado de shock ante la rapidez con la que su hermana menor había asumido la responsabilidad.
—¿Quién es el padre? —preguntó abruptamente.
Las mejillas de Karen se encendieron.
—No lo sé. Estaba muy mal después de romper con mi novio, bebí demasiado en la despedida de soltera, no recuerdo nada de esa noche. Pensé que todo había quedado ahí, pero, bueno, ahora sabemos por qué me he sentido tan mal.
—¿Hace cuánto lo sabes? —cuestionó la matriarca.
—Desde hace una semana. He estado enferma, con varios resfriados, y… —no pudo continuar.
—Hemos venido para que nos ayuden a averiguar quién es el padre —agregó Alexandra.
Todas las miradas se dirigieron al patriarca, cuyo rostro se mantuvo impasible.
—Muy bien, me encargaré de eso— anunció con total tranquilidad —Pero tengo un par de condiciones para encargarme.
Alexandra tenía un mal presentimiento.
—¿Qué quieres, papá?
—Lo básico, poder pasar tiempo con ustedes. He entendido que no quieren vivir aquí, no entiendo por qué si es una mansión hermosa, pero me han hecho entender que se trata de independencia. Las ayudaré, a cambio de que me dejen comprarles una mansión en este barrio. Quiero que mi nieto nunca deba preocuparse por tener un techo sobre su cabeza, además podemos cuidarlas si están cerca. Cuidar a nuestro futuro nieto o nieta.
Karen se sintió repentinamente abrumada por la oferta. Sabía que algo así era posible, pero le sorprendía la facilidad con la que su padre le estaba pidiendo que renunciara a su mundo en nombre de su bebé.
—Eso es injusto, papá. Tenemos una vida en la ciudad.
—¿Y? ¿Acaso el bebé no merece lo mejor? — las increpó su madre —Ser madre implica hacer sacrificios, y no es como si les costara algo.
Karen se mordió el labio, sintiendo la presión del momento. Sabía que la oferta de su padre venía de un lugar de amor y preocupación, pero también entendía las implicaciones de aceptarla. Por otro lado, Karen, se sentía determinada a defender su autonomía y la de su hermana.
—Papá, mamá, lo que realmente necesitamos en este momento es apoyo y comprensión, no condiciones que nos obliguen a renunciar a nuestra libertad —declaró Karen, buscando palabras que pudieran transmitir su angustia.
La tensión en la habitación era palpable, y ninguno de los presentes parecía dispuesto a ceder. Finalmente, fue Alexandra quien rompió el silencio con una propuesta inesperada.
—¿Qué tal si buscamos una solución intermedia? —sugirió, con tono conciliador—Podrían aceptar tu oferta de comprar una casa para ellas, papá, pero con la condición de que no haya expectativas sobre dónde deban vivir o cómo deban criar a su hijo.





