Nací como una mancha.
Mi madre, Yolanda Salazar, era la hija de un prestigioso hacendado tequilero, y yo fui el resultado de una agresión que sufrió. Desde el momento en que respiré por primera vez, me convertí en la prueba viviente de la deshonra de la familia.
A los cinco años, mi hermana mayor, Sasha, me abandonó en un campo de agaves durante una tormenta. Sobreviví.
A los ocho años, mi madre me encerró en la bodega de la hacienda durante una semana sin comida por romper una botella de tequila de reserva. Sobreviví.
A los diez años, intentaron ahogarme en un pozo.
Fue el Padre Máximo Castillo quien me sacó de allí. Era un joven sacerdote que visitaba la región, y cuando me sacó del agua, me prometió el amor y la protección de Dios. Por primera vez en mi vida, sentí que alguien me amaba. Me sentí a salvo.
Me llevó a la parroquia del pueblo y me cuidó. Pasaron los años, y mi gratitud se convirtió en amor.
A los dieciocho años, durante mi quinceañera tardía, él descubrió mis sentimientos. El horror en su rostro fue algo que nunca olvidaré. Me rechazó, llamando a mi amor "profano".
Para alejarme, me envió a una peligrosa región fronteriza. Dijo que mi hermana Sasha estaba enferma y que yo debía encontrar una "planta milagrosa" para curarla. Desesperada por recuperar su favor, obedecí.
En la frontera, un traficante de órganos que se hacía pasar por curandero me secuestró.
Me asesinó.
Pero mi alma no se fue.
Desperté como un espíritu errante, atada a la parroquia. Lo primero que vi fue al Padre Máximo, terminando de rezar el rosario. Su cruz de plata brillaba en su pecho. Era el hombre más venerado de la región, el "Confesor de los Desamparados".
Cuando levantó la vista y me vio, su mirada se volvió fría. Creía que yo había regresado de la frontera, viva.
"Has vuelto", dijo, su voz sin ninguna calidez.
Para mantener la distancia, continuó: "Gracias a la planta que trajiste, Sasha está mejorando. Puedes quedarte en la parroquia, pero recuerda tu lugar. Pronto me convertiré en el guía espiritual de tu familia, a través de un pacto con tu hermana. Es una unión sagrada. Abandona tus sentimientos impuros".
Mi alma todavía llevaba las marcas de la tortura. Él notó una herida profunda en mi brazo.
"Sasha preparó esto para ti", dijo, entregándome un pequeño frasco con una pomada.
Confié en él. Me apliqué la pomada.
Era un ungüento con peyote. Mi mente se nubló, una euforia extraña me invadió y, buscando el consuelo que siempre me había dado, me aferré a él.
Su reacción fue de asco. Me apartó con fuerza.
"¡Usas trucos sucios para seducirme!", gritó.
Me castigó. Me ordenó arrodillarme toda la noche en la fría capilla, rezando por el perdón de mis pecados.
Sola, con el corazón roto, recordé sus promesas de redención y amor divino. Todas se sentían vacías ahora.
Tomé una vieja teja de barro del suelo y, con una piedra afilada, tallé mi propio nombre.
"Aquí yace Catalina Salazar".
Era un epitafio para el alma que nadie lloraría.
Al amanecer, Máximo entró en la capilla. Vio la teja en el suelo. Su rostro se contrajo de furia y la rompió en pedazos con el pie.
"¡Dejas de manipularme!", gritó.





