La noche del funeral de mi padre, el aire estaba cargado, denso. El pueblo entero había venido a rendir homenaje. Mi padre, un disidente político finalmente reivindicado, ahora era un héroe local.
Javier, mi prometido, me apretaba la mano. Éramos la pareja perfecta del pueblo, destinados a estar juntos desde niños.
A su lado estaba su tío, Mateo. Un hombre al que mi padre había adorado, su mejor alumno. Ahora, Mateo era el dueño de la mayor plantación de olivos, el benefactor de todos.
Me miró con una calidez que siempre me había parecido protectora.
"Ana, tu padre estaría muy orgulloso de ti."
Le sonreí, sin saber que esa sería la última sonrisa sincera que le dedicaría en mucho tiempo.
Más tarde, cuando los últimos invitados se fueron y solo quedaba la familia, salí a tomar aire fresco. La oscuridad del olivar me envolvió.
De repente, unas manos ásperas me taparon la boca. Me arrastraron hacia la oscuridad.
Eran tres. Olían a alcohol barato y a maldad.
Me tiraron al suelo, junto a la tumba fresca de mi padre. Uno de ellos sostenía un teléfono, su luz fría iluminando mi cara de pánico.
Rompieron el retrato de mi padre que estaba en el altar improvisado, pisotearon las flores.
"Mira esto, bailarina," siseó uno.
Me forzaron. Humillaron mi cuerpo y el recuerdo de mi padre. Todo quedó grabado en ese maldito teléfono.
Cuando terminaron, me dejaron allí, rota en el suelo frío. No sentía nada más que un vacío helado.
Al día siguiente, el infierno se desató.
Fragmentos del vídeo. Mi cara. Sus caras. Circulando por WhatsApp, por Facebook, por cada teléfono del pueblo y de la región.
El primer mensaje fue de Javier.
"No puedo. Mi familia no lo aceptaría. Lo siento, Ana."
Ni siquiera una llamada. Un texto. Fin de nuestra vida juntos.
Luego, el correo electrónico de la compañía de danza de Sevilla.
"Lamentamos informarle que, dadas las circunstancias, hemos decidido retirar nuestra oferta de contrato."
Mi sueño, hecho cenizas.
Corrí a casa, buscando el único refugio que me quedaba. Encontré a mi madre en el suelo de la cocina, con la mano en el pecho, sin poder respirar.
El escándalo, la humillación, la ruptura de mi compromiso... fue demasiado para su corazón ya débil.
Murió en la ambulancia, camino del hospital.
Lo había perdido todo en menos de veinticuatro horas. Mi honor, mi futuro, mi prometido, mi madre.
Estaba sola en un abismo.





