No Meteré El Error Por Segunda Vez

Ximena escuchó el estruendo de los aplausos desde la puerta de servicio del gran salón de baile, el olor a comida cara y perfume mezclándose con el detergente barato de su uniforme. Cinco años. Cinco años habían pasado desde que su mundo se había derrumbado, y ahora el hombre que lo había destruido todo estaba en un escenario, recibiendo un premio por "periodismo valiente".

Ricardo.

Su nombre era un sabor amargo en su boca. Una vez fue su mentor, su colega, el hombre que admiraba y, tontamente, amaba. Él le había entregado el archivo, la "primicia de su carrera", una investigación sobre corrupción judicial. Le dijo que era su momento de brillar. Ella, joven e ingenua, le creyó.

Publicó la historia. La ciudad se conmocionó. Y el juez en el centro del escándalo, el hombre cuya reputación quedó hecha añicos, era su propio padre.

El recuerdo la golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago. La imagen de su padre, un hombre antes tan respetado, sentado en la mesa de la cocina con la cabeza entre las manos, el periódico con el artículo de Ximena extendido frente a él. La vergüenza, el dolor, la traición en sus ojos. Se suicidó una semana después. Su madre, con el corazón roto, lo siguió seis meses más tarde, consumida por la pena.

Y Ricardo, el arquitecto de su ruina, ascendió. Se apoderó de su historia, de su investigación, y la convirtió en la base de su fama.

Un camarero la empujó al pasar, sacándola de su trance. "Muévete, estorbas."

Ximena se apartó, con la cara ardiendo. Ahora trabajaba en eventos como este, sirviendo bebidas, limpiando desastres, invisible. Todo para poder pagar las facturas del hospital de Sofía.

De repente, la música se detuvo. La voz de Ricardo, suave y segura, resonó por los altavoces.

"Gracias a todos. Pero este premio no es solo mío. Quiero compartirlo con la mujer que ha sido mi inspiración, mi fuerza en los momentos más oscuros. La mujer que fue una víctima inocente en el mismo caso que me trajo aquí esta noche."

Una sensación de pavor helado se apoderó de Ximena. Vio cómo Ricardo bajaba del escenario y se dirigía a una mesa en primera fila. Allí, sentada en una silla de ruedas, estaba Laura.

Laura, la exnovia de Ricardo. La historia que Ricardo había contado era que Laura había caído en coma después de un "accidente" causado por el estrés que el padre de Ximena le había provocado al arruinar a su familia. Otra mentira. Otra pieza en su cruel juego.

"Laura, mi amor," dijo Ricardo, arrodillándose frente a ella. El público suspiró. "Has sufrido tanto. Pero ahora, todo ha terminado. Quiero pasar el resto de mi vida haciéndote feliz."

Sacó una pequeña caja de terciopelo de su bolsillo.

"¿Te casarías conmigo?"

Laura se echó a llorar, asintiendo con la cabeza mientras Ricardo le ponía un enorme anillo de diamantes en el dedo. La multitud estalló en aplausos.

Ximena sintió que el aire le faltaba. Se tambaleó hacia atrás, chocando contra una bandeja de copas de champán. El estruendo del cristal al romperse fue ensordecedor en su cabeza, pero nadie más pareció notarlo, demasiado ocupados celebrando el compromiso del "héroe" de la noche.

Se dio la vuelta y corrió, huyendo del salón, de los aplausos, de la cara sonriente de Ricardo. No se detuvo hasta llegar a la calle fría y oscura. Se apoyó contra una pared, jadeando, las lágrimas corriendo por sus mejillas.

Todo había sido una mentira. La enfermedad de Laura, el accidente. Ricardo había orquestado cada detalle. Descubrió la verdad mucho después, cuando ya era demasiado tarde. Ricardo se vengaba porque el padre de Ximena había condenado al suyo por fraude años atrás. Una venganza meticulosa y cruel que había destruido a toda su familia.

El teléfono vibró en su bolsillo. Era una llamada del hospital.

"¿Señorita Ximena? Es sobre Sofía. Su condición ha empeorado. Necesitamos que venga de inmediato."

El mundo de Ximena se inclinó sobre su eje. Sofía. Su hija de cuatro años. La única razón por la que seguía respirando. Y la enfermedad de Sofía, un raro trastorno sanguíneo, requería un tratamiento carísimo. Un tratamiento que solo un hombre podía permitirse.

Ricardo.

Mientras corría hacia el hospital, Ximena supo que su pesadilla estaba lejos de terminar. Ricardo no solo le había quitado su pasado y su familia. Ahora, el destino de su hija estaba entrelazado en su red de venganza.

En el hospital, el médico fue directo. "Sofía necesita un trasplante de médula ósea. Y lo necesita pronto. El costo es..."

El número que mencionó hizo que Ximena se sintiera mareada. Una cantidad que nunca podría reunir. No en mil vidas.

Desesperada, buscó en sus contactos. Solo había un número que pudiera marcar. El de Ricardo. No contestó. Le envió un mensaje, suplicando.

La respuesta llegó horas después, fría y cortante. "Nos vemos mañana en mi oficina. A las 9 en punto. No llegues tarde."

Esa noche, sentada junto a la cama de Sofía, viendo su pequeño pecho subir y bajar con dificultad, Ximena tomó una decisión. Haría cualquier cosa para salvarla. Cualquier cosa.

Al día siguiente, entró en la lujosa oficina de Ricardo. Él estaba sentado detrás de un enorme escritorio de caoba, con la misma sonrisa arrogante que había visto en el escenario.

"Ximena. Qué sorpresa," dijo, su voz goteando sarcasmo. "Parece que los años no te han tratado bien."

"Necesito dinero, Ricardo," dijo ella, sin rodeos. "Sofía está muriendo."

Él se recostó en su silla, juntando las yemas de los dedos. "¿Y por qué debería ayudarte? Me lo quitaste todo. Destruiste a Laura."

"Sabemos que eso es mentira," replicó Ximena, su voz temblando de rabia.

Ricardo se rió. "La verdad es lo que la gente cree. Y la gente cree mi historia. Pero... podría estar dispuesto a ayudarte. Bajo una condición."

Se levantó y caminó hacia ella, sus ojos fríos recorriéndola de arriba abajo. Se detuvo a centímetros de ella, su aliento caliente en su cara.

"Quiero que pagues por lo que tu padre hizo. No con dinero. Con tu vida."

Le tendió un documento. Ximena lo tomó con manos temblorosas. Era un acuerdo de donación de órganos. Un acuerdo para donarle su corazón a Laura.

"Laura tiene una condición cardíaca," explicó Ricardo con una calma escalofriante. "El trasplante es su única oportunidad. Tu corazón es compatible. Firma, y yo pagaré todos los gastos médicos de Sofía. De por vida."

Ximena lo miró, horrorizada. Esto no era solo venganza. Era una locura.

"Estás enfermo," susurró.

"Firma," repitió él, su voz dura como el acero. "O mira a tu hija morir."

Ximena miró el papel, las lágrimas nublando su visión. Su vida por la de su hija. No había elección.

Con el alma rota en mil pedazos, tomó el bolígrafo y firmó.

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