No Más Pobreza, No Más Sumisión

Morí en una noche sin estrellas, en las frías aguas del Atlántico.

El mismo mar que me había arrebatado a mi suegra y a mi hijo.

Mi esposo, Javier, un teniente de la Guardia Civil, me había abandonado en nuestro pueblo de Andalucía durante cuatro largos años.

Me dejó con su madre anciana, Carmen, y con la promesa de una vida mejor en las Islas Canarias.

Me hizo renunciar a mi sueño de bailar flamenco en Sevilla.

Me hizo creer en su amor.

Pero desde el segundo mes, el dinero dejó de llegar.

Creí que estaba ahorrando para nuestro futuro, para la casa que compraríamos.

Pero la verdad era otra.

Tenía una nueva familia en las Canarias. Una mujer llamada Isabela, supuestamente la viuda de un compañero caído, y la hija de ella, Sofía.

Mientras yo vendía mi sangre en el mercado negro para comprar las medicinas de nuestro hijo Mateo, que sufría de talasemia grave, él vivía en una villa frente al mar.

Mientras mi suegra recogía mariscos en la orilla para que tuviéramos algo que comer, él celebraba cenas con marisco fresco.

El día que volví del mercado negro, con el dinero para la medicina en mi mano temblorosa, me encontré con la tragedia.

Una ola gigante se había llevado a Carmen.

Y mi pequeño Mateo, mi sol, se había apagado en su cama por falta de su medicamento.

Javier volvió para el funeral.

No había dolor en sus ojos, solo irritación.

"Eres una inútil, Ana. Ni siquiera puedes cuidar de un niño y una anciana."

Me lanzó los papeles del divorcio.

Una semana después, se casó con Isabela.

Vi las fotos. Ella, radiante con un vestido de novia. Él, sonriendo como nunca lo había hecho conmigo.

La noche en que celebraron el nacimiento de su nuevo hijo, llené mis bolsillos de piedras y caminé hacia el mar.

El agua estaba helada.

Igual que mi corazón.

Pero entonces, abrí los ojos.

El olor a sal y a pobreza llenaba la pequeña habitación.

Mi suegra, Carmen, tosía débilmente en la otra cama.

Mi hijo, Mateo, respiraba con dificultad a mi lado, su piel pálida y sus labios azulados.

Estaba viva.

Había vuelto.

Tres días antes de la muerte de mi hijo y mi suegra.

Miré mis manos, jóvenes pero ásperas por el trabajo.

Esta vez, no iría al mercado negro.

No vendería mi sangre para nada.

Iba a ir a las Canarias.

Iba a enfrentarme a él.

Iba a recuperar lo que era nuestro.

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