No Más Pobreza, No Más Sumisión

"¿Qué haces, Ana?"

La voz de Carmen me sacó de mis pensamientos. Estaba de pie junto a la vieja motocicleta de Javier, la única cosa de valor que nos quedaba.

"Voy a venderla, madre."

"Pero es de Javier… Cuando vuelva…"

"No va a volver, Carmen. Y si lo hace, no será por nosotros."

Su rostro se llenó de confusión y dolor. No entendía mi cambio repentino, mi determinación fría.

"Necesitamos el dinero. Para el viaje."

"¿Viaje? ¿A dónde?"

"A las Canarias. A buscar a tu hijo. A buscar al padre de Mateo."

Vendí la moto por una miseria, pero fue suficiente. Compré comida, un poco de pan, queso y fruta. Y tres billetes para el ferry.

Le di a Mateo su dosis de medicina, la última que nos quedaba. Su respiración se calmó un poco.

"Madre, por favor, confía en mí. Tenemos que irnos. Ahora."

Carmen me miró, vio la desesperación y la furia en mis ojos. Vio a su nieto enfermo. Y asintió.

Empaqué nuestras pocas pertenencias en una bolsa de tela. La ropa raída, la foto de boda que ahora me daba asco, y los documentos que probaban que yo, Ana, era la esposa legal de Javier.

El viaje en ferry fue una tortura. El barco olía a vómito y a pescado. Mateo tuvo fiebre alta y Carmen no paraba de rezar en voz baja.

Yo no recé.

Solo miraba el horizonte, esperando ver la isla que se había tragado mi vida.

Cuando finalmente desembarcamos, éramos un espectáculo lamentable. Una mujer joven con aspecto de anciana, una verdadera anciana encorvada por el dolor y un niño enfermo en brazos.

Preguntamos por el cuartel de la Guardia Civil. La gente nos miraba con una mezcla de lástima y desconfianza.

Finalmente, llegamos a la entrada. Un muro blanco y una bandera de España ondeando al viento.

El guardia de la puerta nos miró con desprecio.

"¿Qué quieren?"

"Busco al Teniente Javier. Soy su esposa."

El guardia soltó una risa seca.

"¿Su esposa? Venga ya. El Teniente no está casado."

Justo en ese momento, Javier salió del edificio principal. Llevaba su uniforme impecable, su postura era erguida, su rostro bronceado. Se reía con otro oficial.

Me vio.

Su sonrisa se congeló.

El pánico cruzó su rostro por un segundo, reemplazado inmediatamente por una furia helada.

Se acercó a nosotros a grandes zancadas.

"¿Qué demonios hacéis aquí?" siseó, agarrándome del brazo con fuerza.

Mateo, asustado, empezó a llorar.

"Papá…"

"¡Cállate!" le espetó Javier. "No me llames así aquí."

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