No Hay Vuelta Atrás

El día que íbamos a firmar nuestra unión de hecho, Isabela me canceló.

Una llamada rápida, con la voz apresurada.

"Mateo, lo siento, surgió una emergencia en la destilería, algo con la producción. No puedo ir hoy."

Colgó antes de que pudiera responder.

Miré los dos anillos sencillos que había comprado, guardados en una pequeña caja sobre la mesa. Sentí un vacío en el estómago, pero lo justifiqué. El negocio era su vida. "Casa Valbuena" era su imperio.

Me puse a trabajar en la pequeña bodega que teníamos en la hacienda, perfeccionando una nueva mezcla de mezcal. Las horas pasaron volando entre el aroma del agave cocido y el humo. Era mi refugio.

Esa tarde, un repartidor llegó a la hacienda. Me entregó un sobre grande y grueso, dirigido a Isabela.

"Ella no está", le dije. "Puedo recibirlo yo."

El repartidor asintió y se fue.

Por un momento, pensé en dejarlo en su escritorio. Pero la curiosidad, o quizás una premonición, me hizo abrirlo. No debería haberlo hecho.

Dentro, perfectamente doblada, estaba un acta de matrimonio.

Los nombres eran claros: Isabela Valbuena y Adrián Soto.

La fecha era la de hoy. La misma fecha en que debíamos haber ido al registro civil.

El mundo se detuvo. El aire se volvió pesado, difícil de respirar. Me senté en el suelo, con el papel temblando en mis manos. Todo encajó: las llamadas nocturnas, las "reuniones de trabajo" hasta tarde, la forma en que Adrián, su asistente, la miraba.

Empecé a empacar. Metí mi ropa en una vieja maleta, mis libros, mis herramientas de enólogo. Cada objeto era un recuerdo, una promesa rota. No lloré. El dolor era demasiado profundo para las lágrimas, era una rabia fría que se asentaba en mis huesos.

Horas después, la puerta principal se abrió.

Era Isabela, y venía con Adrián.

Él se veía pálido y sudoroso. Al verme con la maleta, se agarró el pecho y comenzó a jadear.

"¡Adrián! ¿Qué te pasa?", gritó Isabela, corriendo a su lado.

Luego se giró hacia mí, con los ojos llenos de furia.

"Mateo, ¿qué haces ahí parado? ¡Prepárale un té de tila, rápido! ¡Está teniendo un ataque de pánico por el estrés del trabajo!"

La miré, sin moverme. Seguí doblando una camisa y metiéndola en la maleta.

"¿No me oíste?", gritó, su voz resonando en el gran salón. "¿Qué diablos te pasa?"

Me levanté lentamente. Caminé hacia ella y le arrojé el acta de matrimonio a los pies.

"Esto es lo que me pasa."

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