El aroma especiado del mole de olla llenaba cada rincón de nuestro pequeño departamento, un olor que antes era sinónimo de hogar, de celebración, pero que últimamente parecía irritar a Mateo. Llevábamos diez años juntos, desde la universidad, y yo, Sofía, una chef que amaba la cocina tradicional mexicana más que nada, había aprendido a medir su estado de ánimo por cómo reaccionaba a mis platillos.
"¿Otra vez con esos olores tan fuertes, Sofía? Llego muerto de la chamba y la casa huele a fonda," dijo Mateo al entrar, arrojando su maletín de ingeniero de software al pie del sofá. Ni siquiera me miró.
Su voz tenía un filo que no era nuevo, una impaciencia que se había vuelto constante en los últimos meses.
"Es tu favorito," respondí desde la cocina, intentando que mi voz sonara alegre, ignorando la punzada en mi pecho. "Pensé que te gustaría una cena especial."
"Estoy cansado, Sofía. Solo quiero algo rápido, no un banquete."
Me quedé quieta, con la cuchara de madera en la mano. El vapor del mole me empañó las gafas. Ya no importaba cuánto me esforzara, nada parecía suficiente.
Mientras él se duchaba, el sonido del agua corriendo era un ruido sordo que no lograba acallar mis pensamientos. Su teléfono, olvidado en la mesita de centro, vibró y se iluminó. Siempre lo dejaba por ahí, pero algo era diferente esta vez. Cuando me acerqué para ponerlo a cargar, noté que la pantalla pedía una contraseña. Mateo nunca usaba contraseña.
Sentí un frío recorrer mi espalda. ¿Desde cuándo tenía secretos para mí?
Justo en ese momento, la pantalla se iluminó de nuevo con una notificación. Un mensaje de una tal "Carla" . No necesité desbloquearlo para leer el avance en la pantalla de bloqueo.
"Extrañándote. ¿Cuándo nos vemos?"
Mi corazón se detuvo. Carla. Su compañera de trabajo. La joven y ambiciosa de la que a veces hablaba, siempre con un tono que yo no sabía descifrar.
Me quedé paralizada, mirando esas palabras que destrozaban diez años de mi vida en una sola frase. El teléfono se oscureció, pero las palabras seguían grabadas en mi mente.
Escuché el agua de la ducha detenerse. Con manos temblorosas, dejé el teléfono exactamente donde estaba y volví a la cocina, mi cuerpo moviéndose en piloto automático. Mi mente era un torbellino. Tenía que fingir que no había visto nada.
Cuando Mateo salió del baño, envuelto en una toalla, yo estaba sirviendo el mole en los platos, como si nada hubiera pasado.
"Huele bien," dijo, su tono un poco más suave, quizás por la ducha.
Asentí, sin poder mirarlo a los ojos.
Nos sentamos a la mesa en silencio. Él comía con apetito, ajeno a la tormenta que se desataba dentro de mí. Recordé las primeras veces que le cociné este platillo. Sus ojos brillaban, me decía que mis manos hacían magia, que era la mejor chef del mundo. Me besaba con sabor a chile y especias, y me prometía que siempre estaríamos juntos, construyendo una vida.
¿Dónde había quedado ese hombre? ¿En qué momento se convirtió en este extraño que compartía mi cama pero guardaba su corazón, y su teléfono, bajo llave?
La rabia empezó a burbujear debajo del dolor. No podía quedarme así. Necesitaba saber.
Mientras él estaba distraído viendo las noticias en su tablet, tomé su teléfono con una excusa tonta.
"Voy a pedir el súper, ¿me prestas tu cel? El mío no tiene pila."
Él asintió sin levantar la vista. Me fui a la habitación, con el corazón latiéndome en los oídos. No sabía la contraseña, pero podía responder desde la pantalla de bloqueo. Con dedos que apenas me obedecían, escribí una respuesta corta y provocadora al mensaje de Carla.
"¿Quién eres?"
Lo envié. Esperé, conteniendo la respiración. La respuesta fue casi instantánea.
"Jaja, qué gracioso. Soy yo, Carla. Oye, mi coche no arranca y estoy cerca de tu casa. ¿Puedo subir un momento a esperar la grúa? Me estoy congelando."
Mi sangre se heló. ¿Estaba cerca? ¿Qué tan cerca? Esto no podía ser una coincidencia.
Antes de que pudiera procesarlo, el timbre sonó. Un sonido agudo y estridente que pareció perforar el silencio de la noche.
Mateo gritó desde el comedor: "¡Sofía, abre la puerta! Debe ser el repartidor de la paquetería."
Caminé hacia la puerta como una autómata. Miré por la mirilla. Era ella. Carla. Joven, bonita, con una sonrisa triunfante en los labios, como si supiera perfectamente que yo estaría al otro lado.
Abrí la puerta.
Ella me miró de arriba abajo, su sonrisa flaqueó un poco al verme.
"Hola, busco a Mateo," dijo, con una voz falsamente dulce.
"Está ocupado," respondí, mi voz más firme de lo que esperaba. "Pero yo te estaba esperando."
Su confusión fue evidente. Le mostré la pantalla del teléfono de Mateo, con su conversación.
"¿Así que tu coche no arranca?" pregunté, arqueando una ceja. "Qué conveniente."
Justo en ese momento, Mateo apareció detrás de mí.
"¿Carla? ¿Qué haces aquí?" Su rostro palideció al ver su teléfono en mi mano y a su compañera en nuestra puerta. El rompecabezas se armó frente a sus ojos, y el pánico se apoderó de su expresión.
"Tu… amiga," dije, girándome para enfrentarlo, mi voz goteando sarcasmo, "vino a esperar la grúa."
El aire se llenó de una tensión insoportable. Los tres nos quedamos en silencio, un triángulo de traición y mentiras expuesto bajo la luz fría del pasillo.
"Sofía, no es lo que parece," balbuceó Mateo, intentando tomar mi brazo.
"Ah, ¿no?" Me reí, un sonido seco y amargo. "¿Entonces qué es, Mateo? ¿Una junta de trabajo a las diez de la noche en nuestra casa?"
Carla, recuperando la compostura, intervino. "Mateo solo estaba siendo amable. Mi coche de verdad se descompuso."
"Claro," dije, mirándola fijamente. "Y por eso le escribes 'extrañándote' . Debe ser el nuevo código de la oficina."
Mateo nos miraba a las dos, atrapado. "Carla, creo que es mejor que te vayas," dijo, su voz temblorosa.
"No tan rápido," lo detuve. "Quiero que me expliques. Aquí, ahora."
La discusión que siguió fue un torbellino de acusaciones, negaciones débiles y mentiras patéticas. Mateo intentaba minimizarlo todo, diciendo que era un malentendido, que Carla solo era una compañera necesitada. Pero sus ojos no podían ocultar la culpa. La relación, que yo había cuidado con tanto esmero durante una década, se estaba desmoronando frente a mí, y yo era la única que parecía dispuesta a gritarlo. El mole se enfriaba en la mesa, un triste recordatorio de un amor que ya no existía.





