Colgué el teléfono con Mateo y marqué de inmediato el número de mi mejor amiga, Jazmín. Su voz somnolienta me respondió al tercer timbrazo.
"Amiga, ¿qué pasa? Son las mil."
"Mateo me está engañando, Jaz," solté, y las palabras rompieron el dique que contenía mis lágrimas. Empecé a llorar sin control, hipando en el teléfono.
"Voy para allá," dijo Jazmín sin dudarlo, y colgó.
Mientras la esperaba, me senté en el sofá, abrazando mis rodillas. La casa, que siempre había sido mi santuario, ahora se sentía como una escena del crimen. Cada objeto me recordaba a él, a nosotros. Veinte minutos después, Jazmín estaba abriendo la puerta con la copia de la llave que le di hace años.
Me abrazó fuerte mientras yo le contaba todo entre sollozos: el teléfono, los mensajes, la llegada de Carla, la pelea horrible.
"Ese infeliz," murmuró Jazmín, acariciándome la espalda. "Siempre supe que era demasiado bueno para ser verdad."
"Pero no siempre fue así, Jaz," le dije, defendiéndolo por pura costumbre. "¿Recuerdas cuando empecé mi primer trabajo en esa cocina horrible? Él me esperaba afuera todas las noches, sin importar qué tan tarde saliera. Me traía chocolate caliente en invierno y agua fresca en verano. Él creía en mí antes que nadie."
Jazmín suspiró, su pragmatismo luchando contra su lealtad hacia mí. "Sí, lo recuerdo, Sofi. Recuerdo al Mateo que te ayudó a montar tu primer catering. El que pintó las paredes de tu local y te animó cuando querías renunciar. Pero ese Mateo parece que ya no existe."
Sus palabras eran ciertas, pero dolían. Había invertido diez años de mi vida en esta relación. Diez años de apoyo mutuo, de sueños compartidos, de construir un futuro juntos. Había sacrificado oportunidades, había adaptado mis horarios y mis planes para que encajaran con los suyos. Dejarlo ir se sentía como amputarme una parte de mí misma. ¿Cómo podía tirar a la basura una década de mi vida?
"Quizás… quizás solo fue un error," susurré, más para convencerme a mí misma que a ella. "Tal vez pueda perdonarlo."
Jazmín me miró con tristeza. "Amiga, el que engaña una vez, engaña siempre. Pero es tu decisión."
Al día siguiente, después de una noche sin dormir, decidí intentar arreglar las cosas. Mateo había dormido en el sofá, y la tensión en el aire era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Le preparé el desayuno, chilaquiles rojos con un huevo estrellado encima, exactamente como le gustaban. Era mi bandera blanca.
Se lo llevé a la mesa. Él apenas levantó la vista de su laptop.
"No tengo hambre," dijo, con una frialdad que me congeló el alma.
"Mateo, por favor. Hablemos."
"Tengo una junta importante. No tengo tiempo para dramas," respondió, y sentí como si me abofeteara.
Se levantó, se vistió y se fue, dejándome sola con los chilaquiles enfriándose en la mesa, un segundo platillo rechazado en menos de veinticuatro horas. La esperanza que había intentado cultivar se marchitó.
Más tarde, ese mismo día, recibí una llamada del Profesor Valdés, su antiguo mentor de la universidad y ahora un buen amigo de ambos.
"Sofía, qué gusto saludarte. Oye, te llamo para confirmar que tú y Mateo vienen a la boda de mi hija el próximo mes. ¡Mateo me dijo que estaban emocionadísimos!"
Me quedé en silencio. ¿Boda? Mateo no me había mencionado nada.
"Claro, Profesor. Ahí estaremos," mentí, sintiendo un nudo en el estómago.
Después de colgar, la ira me invadió. No solo me estaba engañando, sino que también me estaba mintiendo sobre cosas tan simples como una invitación. Entré a su correo electrónico, cuya contraseña, irónicamente, seguía siendo mi fecha de cumpleaños. Ahí estaba. La invitación a la boda, recibida hacía tres semanas. Y debajo, una cadena de correos entre él y Carla, planeando un viaje de fin de semana para esas mismas fechas. "Podemos decir que tengo un viaje de trabajo," le escribía él a ella.
El mundo se me vino encima. No era un error. Era un plan. Una doble vida que llevaba a mis espaldas.
La ansiedad se apoderó de mí. Empecé a morderme las uñas, un hábito que había superado hacía años gracias a él. Recordé cómo, con paciencia infinita, me tomaba la mano cada vez que me veía hacerlo, cómo me compraba esmaltes de sabores amargos para ayudarme a parar. "Tus manos son de chef, son preciosas, no las arruines," me decía.
Ahora, mientras me destrozaba las uñas, me di cuenta de que el hombre que me había ayudado a sanar era el mismo que me estaba rompiendo en mil pedazos.
La noche cayó y él no volvió. Le envié un mensaje.
"¿Dónde estás?"
"Trabajando hasta tarde. No me esperes despierta."
Me senté en la oscuridad, mirando la puerta, esperando un milagro que sabía que no llegaría. Decidí esperarlo, aferrándome a la última hebra de esperanza, aunque cada minuto que pasaba se sentía como una tortura.





