La música del bar de lujo retumbaba en mis oídos, pero yo no sentía nada, el ruido era solo un zumbido lejano que no lograba opacar el dolor que me consumía por dentro. Sostenía una copa de champán caro, el líquido dorado burbujeando sin que yo le diera un solo sorbo, mis ojos recorrían el lugar con una frialdad calculadora, no buscaba diversión, buscaba un arma.
Y la encontré.
Sentado en la barra, solo, había un hombre que parecía sacado de la portada de una revista. No era el tipo de belleza obvia y llamativa, sino algo más profundo, más magnético. Llevaba un traje a la medida que gritaba dinero, pero lo portaba con una indiferencia que me intrigó, sus hombros eran anchos, su postura relajada pero llena de una confianza innata.
Estudié su perfil, la línea fuerte de su mandíbula, sus labios finos que se curvaban ligeramente en una expresión de aburrimiento elegante, su cabello oscuro estaba perfectamente peinado, pero un mechón rebelde caía sobre su frente, dándole un aire peligrosamente atractivo. Era exactamente lo que necesitaba, un hombre tan guapo que nadie dudaría que pudiera caer rendida a sus pies, un hombre que pudiera eclipsar por completo a Ricardo.
La imagen de Ricardo apareció en mi mente, tan nítida y dolorosa que sentí una punzada en el pecho. Apenas hace veinticuatro horas, yo era Sofia, la exitosa diseñadora de modas, la prometida feliz a punto de casarse con el amor de su vida. Ahora, solo era una mujer rota buscando venganza.
El recuerdo me golpeó con la fuerza de un huracán. Había regresado a casa temprano para sorprender a Ricardo, emocionada por mostrarle el último boceto de mi vestido de novia, pero la sorpresa me la llevé yo. Las voces provenían de nuestra habitación, la de él y la de mi hermanastra, Isabella.
"Ricardo, ¿cuándo le vas a decir a Sofia la verdad? ¿Cuándo le vas a quitar todo?", la voz de Isabella, siempre tan dulce y melosa cuando estaba yo presente, ahora sonaba afilada y llena de codicia.
"Paciencia, mi amor", respondió la voz de Ricardo, la misma voz que me susurraba palabras de amor cada noche. "En cuanto nos casemos, la empresa y toda la herencia de los Torres será nuestra, Sofia no es más que una tonta adoptada, una herramienta para que nosotros consigamos lo que merecemos".
El mundo se me vino abajo en ese instante, cada palabra era una puñalada directa a mi corazón, la traición no venía solo de mi prometido, sino también de la mujer que consideraba mi hermana, la que mis padres adoptivos siempre habían favorecido.
Volví al presente, la copa en mi mano temblaba ligeramente, apreté la mandíbula, conteniendo las lágrimas de rabia y humillación, no iba a llorar, no más. Iba a destruir a Ricardo e Isabella, iba a recuperar lo que era mío y a asegurarme de que pagaran por cada gramo de dolor que me habían causado.
Y el hombre en la barra iba a ser mi instrumento.
Con una determinación que no sabía que poseía, dejé la copa en una mesa cercana y caminé hacia él, mis tacones resonando con cada paso, sintiendo las miradas de todos en el bar, pero la mía estaba fija en un solo objetivo.
Me paré a su lado, él levantó la vista de su vaso de whisky, sus ojos oscuros me analizaron de pies a cabeza, sin sorpresa, solo con una curiosidad divertida.
"¿Puedo ayudarte en algo?", su voz era grave y aterciopelada, un escalofrío me recorrió la espalda.
Fui directa al grano, no tenía tiempo para juegos.
"Te necesito", le dije, mi voz sonando más firme de lo que me sentía. "¿Cuánto cobras?".
Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en sus labios, no parecía ofendido, más bien entretenido. Se reclinó en su asiento, cruzando los brazos sobre su pecho musculoso, su mirada era intensa, como si pudiera ver a través de mí, directamente a mis intenciones.
"Depende de para qué me necesites, preciosa", respondió, su tono era juguetón, pero había un trasfondo de seriedad que me hizo dudar por un segundo. "No soy barato".
"Necesito un prometido", solté sin rodeos. "Necesito que finjas estar locamente enamorado de mí, que me acompañes a eventos, que vivas conmigo, que seas el hombre perfecto".
Él enarcó una ceja, la diversión en sus ojos se intensificó.
"Un patrocinio a largo plazo", murmuró, como si estuviera evaluando un negocio. "Eso suena... interesante, y muy caro".
Saqué una tarjeta de crédito de mi bolso, una Black Card sin límite, y la deslicé sobre la barra.
"El dinero no es un problema", afirmé. "Nombra tu precio".
Él ni siquiera miró la tarjeta, sus ojos permanecieron fijos en los míos, estudiándome, como si intentara descifrar un enigma. Por un momento, pensé que se reiría en mi cara y me mandaría al diablo, pero en lugar de eso, su expresión se suavizó, la diversión fue reemplazada por una pizca de algo que no pude identificar, ¿compasión?
"No me interesa tu dinero", dijo finalmente, su voz ahora era más suave. Me devolvió la tarjeta.
Mi corazón se hundió, el pánico comenzó a apoderarse de mí. Necesitaba que aceptara, mi plan dependía de ello.
"Entonces, ¿qué quieres?", pregunté, mi voz temblando por primera vez.
Él se inclinó hacia adelante, su rostro a centímetros del mío, su aliento olía a whisky y a algo más, algo embriagador.
"Quiero saber por qué una mujer como tú, que obviamente lo tiene todo, está dispuesta a pagar por un prometido falso", susurró. "Quiero la verdad".
En ese momento, mi mente se debatió, podía mentir, inventar una historia, pero algo en su mirada me dijo que él sabría si lo hacía. Así que, en un impulso, decidí contarle la verdad, o al menos una parte de ella.
"Porque me traicionaron de la peor manera posible", admití, mi voz era un hilo. "Y necesito venganza".
Él se quedó en silencio por un largo momento, su mirada nunca abandonó la mía, luego, una sonrisa genuina, pero con un toque de tristeza, apareció en su rostro.
"Acepto", dijo finalmente.
Sentí una ola de alivio tan intensa que casi me flaquearon las piernas.
"Pero tengo una pregunta", añadió, su tono volviéndose juguetón de nuevo.
"¿Cuál?", pregunté, lista para cualquier condición.
Se puso de pie, su imponente altura me hizo sentir pequeña, se acercó a mi oído y susurró:
"¿Por cuánto tiempo me necesitas? ¿Un mes? ¿Un año? ¿O hasta que la muerte nos separe?".





