Mi Traición, Mi Renacer

Sus palabras, dichas en un susurro grave y con un toque de burla, me dejaron sin aliento por un instante. ¿Hasta que la muerte nos separe? ¿Qué clase de gigoló hacía una broma así en su primera negociación? Me recompuse rápidamente, recordándome a mí misma que esto era solo un negocio.

"No necesito que te mueras por mí", respondí con frialdad, aunque mi corazón latía desbocado. "Lo que necesito es tiempo, tiempo para cancelar una boda y para que todos vean que he seguido adelante, que he encontrado a alguien mucho mejor".

El hombre, cuyo nombre aún no sabía, sonrió de lado.

"¿Así que solo soy una herramienta para darle celos a tu ex?", preguntó, su tono era ligero, pero sus ojos oscuros me decían que entendía mucho más de lo que dejaba ver.

"Eres mi salvación", corregí. "Y mi venganza, serás el hombre que todos envidiarán, el hombre con el que humillaré a Ricardo".

Mi plan era simple, pero brutal, iba a presentar a este hombre como mi nuevo amor en la fiesta de compromiso que mis padres adoptivos y los padres de Ricardo insistían en celebrar. Iba a ser la comidilla de toda la ciudad, la traición de Ricardo e Isabella quedaría expuesta y su reputación, destruida.

"¿Y cuánto tiempo crees que tomará esta... venganza?", insistió él, cruzándose de brazos.

"Un mes", dije sin dudar. "Un mes debería ser suficiente para desmontar su farsa y recuperar lo que es mío".

Su sonrisa se desvaneció, su expresión se volvió seria, casi ofendida.

"¿Un mes? ¿Crees que puedes contratarme y desecharme en solo un mes?", su voz tenía un filo que no esperaba. "No soy un juguete de usar y tirar, Sofia".

Sabía mi nombre. El pánico me invadió por un segundo. ¿Cómo? ¿Acaso trabajaba para Ricardo? No, era imposible, lo había elegido al azar. Seguramente lo había escuchado de algún empleado del bar.

"No quise ofenderte", me apresuré a decir, tratando de suavizar la situación. "Podemos negociar el tiempo, dos meses, tres... lo que consideres justo".

Él soltó una carcajada, una risa profunda y genuina que resonó en el bar y atrajo varias miradas.

"¿Justo? Querida, si vamos a hacer esto, lo haremos bien", dijo, su buen humor regresando tan rápido como se había ido. "Te propongo un trato mejor: te alquilo por el resto de mi vida".

Me quedé boquiabierta. ¿Estaba bromeando? Su expresión era juguetona, pero había un brillo extraño en sus ojos, una determinación que me desconcertó.

"¿Qué?", logré articular.

"Lo que oíste", dijo él, guiñándome un ojo. "Seré tuyo para siempre, a cambio... bueno, ya veremos qué se me ocurre".

Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró en mi bolso, era mi madre adoptiva, seguramente para presionarme sobre la fiesta de compromiso, ignoré la llamada, no estaba de humor para sus falsas preocupaciones.

"Tengo que irme", le dije al hombre misterioso. "Mañana te buscaré y cerraremos los detalles, dame tu número".

Él sacó un bolígrafo y escribió un número en una servilleta.

"Mi nombre es Mateo", dijo, entregándomela. "Y no te preocupes, Sofia, no me perderé".

Salí del bar con la cabeza dándome vueltas, la propuesta de Mateo era absurda, pero por alguna razón, no me sentía asustada, sino extrañamente emocionada.

Al llegar a la mansión de los Torres, la casa donde había crecido pero que nunca había sentido como un hogar, escuché voces desde la sala de estar, las de mis padres adoptivos y la de Isabella. Me detuve en el pasillo, oculta en las sombras.

"Papá, mamá, ¿de verdad creen que Sofia va a entregarles el control de la empresa tan fácilmente?", decía Isabella, su voz llena de una falsa preocupación que me revolvió el estómago.

"Por supuesto que lo hará, querida", respondió mi padre adoptivo, su tono condescendiente. "Después de todo, ella nos debe todo, la recogimos de un orfanato, le dimos un nombre, una educación, la convertimos en quien es, es lo menos que puede hacer para agradecernos".

"Además", añadió mi madre adoptiva, "una vez que se case con Ricardo, él se encargará de convencerla, Ricardo es un buen chico, ambicioso, sabe lo que le conviene a la familia".

"Pero el vestido de novia...", susurró Isabella, como si fuera el mayor de los problemas. "Sofia es tan talentosa, su marca es un éxito, el vestido que diseñó para ella es una obra de arte, yo también quiero uno así para mi boda".

"No te preocupes, hija", la consoló mi madre. "Una vez que seas la señora de la casa, podrás tener todos los vestidos que quieras, Sofia es solo la diseñadora, pero tú, Isabella, tú eres la verdadera heredera de esta familia".

Cada palabra fue como veneno inyectado en mis venas, así que eso era yo para ellos, una herramienta, una diseñadora a su servicio, una extraña que les debía la vida. La rabia me consumió, una rabia fría y decidida, no solo me vengaré de Ricardo e Isabella, sino también de la familia Torres. Les quitaría todo, hasta el último centavo, hasta la última pizca de orgullo.

Y Mateo, el gigoló misterioso con propuestas de por vida, sería la pieza clave de mi plan.

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