Iván Castillo marcó el número del Dr. Ramírez.
Su voz era tranquila, demasiado tranquila.
"Doctor, he tomado una decisión. Quiero donar mi cuerpo a la facultad de medicina de la Universidad de Guadalajara. Por favor, ayúdeme con los trámites".
Al otro lado de la línea, la voz del doctor sonó alarmada.
"Iván, ¿qué estás diciendo? Existen tratamientos experimentales para tu cardiopatía. Es una enfermedad grave, pero no una sentencia de muerte inmediata...".
Iván cerró los ojos.
"Pero mi corazón ya no puede más. Es inoperable, lo sabemos".
Colgó el teléfono antes de que el doctor pudiera seguir insistiendo.
La pantalla de su celular se iluminó con la noticia del día en las redes sociales de Guadalajara.
Era una foto de Scarlett Salazar y Máximo Lawrence.
Ambos sonreían, brindando con copas de tequila.
El titular decía: "La heredera de 'El Legado Salazar' y el magnate hotelero anuncian su compromiso".
La imagen le quemaba los ojos.
En el dedo anular de Máximo brillaba un anillo de plata con una obsidiana negra pulida.
Iván reconoció la piedra.
Él mismo la había encontrado en los campos de agave, la había mandado a tallar para Scarlett.
Era su regalo de cumpleaños. Hoy era su cumpleaños.
Sobre la mesa de su pequeño taller, una botella de tequila permanecía intacta.
"Corazón de Agave", el tequila que él había destilado con tanto esmero, pensado para celebrar con ella.
Ella estaba celebrando, sí.
Pero comprometiéndose con otro hombre.
Y ese hombre llevaba la joya que él le había regalado.
Fue pasada la medianoche cuando Scarlett llegó a la hacienda.
El olor a fiesta y alcohol impregnaba su ropa.
Lo encontró sentado en la penumbra de la sala.
"¿Por qué no estás durmiendo, Iván?", preguntó ella, con una frialdad que no conocía.
"Te dije que estaría celebrando con Máximo".
Con una voz que apenas era un susurro, Iván murmuró:
"...Feliz cumpleaños".
Scarlett estalló. Su paciencia, agotada.
"¡Basta ya, Iván! ¿No lo entiendes? Máximo es mi prometido. Tú y yo no somos nada, solo soy tu tutora legal. ¡Esta obsesión tuya me enferma! ¡Madura de una vez!".
Dio un portazo y se fue a su habitación.
Iván se quedó solo en la oscuridad, susurrando al vacío.
"Perdóname, Scarlett... no volverá a pasar. Este es el último cumpleaños que celebraré contigo".
Se preguntó qué sería más frío: el cuarto de disección de la facultad o esta hacienda sin el calor de ella.
Recordó cuando era niño.
Tras la muerte de sus padres en aquel accidente de coche, él se refugiaba en la cama de Scarlett.
Ella, más joven y dulce entonces, le contaba historias de jimadores y campos de agave hasta que el sueño lo vencía.
Ahora, esa misma casa se sentía como una tumba.





