Los padres de Iván, artesanos de Tonalá y amigos cercanos de la familia Salazar, murieron en la carretera a Guadalajara.
El periódico local tituló: "Tragedia en la autopista: conocida pareja de artesanos fallece en colisión, dejando a su único hijo huérfano".
Scarlett, sintiéndose responsable, lo acogió en su hacienda.
Ella se convirtió en su sol, en su todo.
Una noche, para calmar sus pesadillas, lo llevó a los campos de agave bajo la luna llena.
Señaló al cielo.
"Ese es el cinturón del Cazador, Iván. La constelación de Orión. Dicen que guía a las almas perdidas. Mientras yo no esté, él te cuidará".
Desde entonces, esa constelación era su secreto, su refugio.
Al día siguiente, Iván recibió una llamada de la universidad.
Le pedían que se presentara para una evaluación física preliminar para el programa de donación de cuerpos.
Le pareció un trámite inútil, su diagnóstico era terminal, pero accedió.
Cuando volvió a la hacienda por la tarde, el mundo que conocía se había derrumbado un poco más.
Encontró a Máximo en el patio, vestido con un albornoz de seda, supervisando a los trabajadores de la destilería como si fuera el dueño.
"¡Iván, qué bueno que llegas!", dijo Máximo con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
"Scarlett está preparando mole en la cocina. ¿Se te antoja algo más?".
Esa actitud de "patrón" le revolvió el estómago.
Justo en ese momento, Scarlett salió de la cocina, secándose las manos en un delantal.
"Iván, qué oportuno. Máximo y yo nos casaremos, y a partir de hoy, él tomará las decisiones importantes en la hacienda. Es el hombre de la casa".
Iván sintió que el corazón se le hacía pedazos, pero asintió en silencio.
No tenía fuerzas para discutir.
Al entrar a la casa, tropezó.
Los papeles que traía de la universidad se esparcieron por el suelo.
Scarlett se agachó y recogió uno.
Leyó el título en voz alta, con una voz gélida.
"Consentimiento para Donación Anatómica".
Levantó la vista, sus ojos clavados en él.
"¿Qué es esto?".





