La Señora Castillo, vestida con un traje de alta costura que gritaba poder y dinero, me miró con desprecio. Estábamos en una pequeña habitación de servicio, un espacio frío y sin alma dentro de su enorme mansión en la Ciudad de México.
Puso un cheque sobre la mesa de madera barata.
"Doscientos mil pesos."
Su voz era tan fría como su mirada.
"Tómalos y desaparece de la vida de mi hijo. Patrick se va a casar con Diane Ramirez. No puedes seguir aquí."
Mi corazón se sentía pesado, pero levanté la barbilla. Miré el cheque, luego la miré a ella.
"Lo acepto," dije, con la voz firme a pesar del temblor en mis manos. "Pero no es un pago para que me vaya. Es una compensación. Tres años de mi vida cuidando a su hijo cuando no recordaba ni quién era. Tres años en los que fui su mundo."
En ese preciso momento, la puerta se abrió de golpe.
Patrick entró, su rostro guapo contraído por la confusión. Nos miró a mí y a su madre, luego al cheque sobre la mesa.
"¿Qué está pasando aquí?"
Su madre se movió rápidamente, tratando de ocultar el cheque con su bolso de diseñador.
"Nada, querido. Solo hablaba con Lina sobre los preparativos de tu boda. Hay tanto que hacer."
Pero Patrick no le creyó. Su mirada se fijó en mí, exigiendo una respuesta. Antes de que pudiera hablar, él cambió de tema, como si quisiera demostrarme algo.
"Ven, quiero mostrarte algo," me dijo, pero no había calidez en su voz.
Me llevó a un salón inmenso. Sobre una mesa de caoba pulida, había una colección de objetos deslumbrantes.
"Esta es parte de la dote para Diane," explicó, señalando un cuadro. "Un Frida Kahlo. Y estas," continuó, mostrando un collar de diamantes, "son joyas diseñadas exclusivamente para ella. Y mañana llega su caballo, un pura sangre español. A ella le encanta la equitación."
Cada palabra era un golpe.
Mi mente voló hacia atrás, a nuestro pequeño pueblo en Oaxaca. Recordé el día en que "Leo", el hombre que yo conocía, me regaló un pequeño caballo salvaje que él mismo había domado.
"Es el comienzo de nuestra vida juntos, Lina," me había susurrado, sus ojos llenos de un amor que yo creía real.
Ahora, ese recuerdo se sentía como una burla cruel.
"El caballo," dijo Patrick, sacándome de mis pensamientos, "es para Diane. Será la envidia de todo el club hípico."
Su tono casual me rompió por dentro. La promesa que me hizo, el símbolo de nuestro amor, ahora era solo un regalo de lujo para otra mujer.
Hace tres años, encontré a Patrick cerca de mi pueblo. Su avioneta se había estrellado en las montañas. Estaba herido, confundido y no recordaba nada. Lo llamé "Leo".
Lo cuidé, usé las hierbas y los conocimientos que mi abuela me enseñó. Él sanó, y mientras lo hacía, nos enamoramos. Su mundo era yo, y el mío era él.
Vivimos una vida sencilla pero feliz. Me pidió que me casara con él. Yo misma bordé mi vestido de novia, un trabajo de meses. Preparé el mezcal para nuestra modesta celebración.
La noche antes de la boda, todo cambió.
Un dolor de cabeza terrible lo atacó. Cuando pasó, sus ojos eran diferentes. La memoria había vuelto. Ya no era "Leo", mi Leo. Era Patrick Castillo, el heredero de una fortuna incalculable.
Me trajo a la Ciudad de México, pero no como su futura esposa. Me escondió en esta habitación de servicio, humillada. Los sirvientes me miraban con desdén, susurraban a mis espaldas.
"No puedes ser mi esposa, Lina," me dijo, su voz desprovista de la calidez que yo amaba. "Mi familia nunca te aceptaría. Pero puedes ser mi amante. Te cuidaré."
Ser su amante. Ser su secreto sucio.
Ahora, de pie en ese salón, mirando los regalos de Diane, entendí. Nunca hubo un lugar para mí en este mundo.
Tomé una decisión.
Volví a la habitación de servicio, tomé el cheque y se lo entregué a la Señora Castillo.
"Guárdelo," dije con calma. "No necesito su dinero para irme."
Ella y Patrick me miraron, sorprendidos.
Salí de la mansión sin mirar atrás. Caminé por los pasillos lujosos, escuchando los ecos de los preparativos de la boda. Los sirvientes me miraban, susurrando entre ellos.
"La pueblerina finalmente se va."
"Pensó que podría atrapar al joven amo. Qué ilusa."
No dejé que sus palabras me afectaran.
Fui directamente a la terminal de autobuses. El aire de la ciudad se sentía pesado y sucio.
"Un boleto a Oaxaca, por favor," le dije al hombre de la ventanilla.
"¿Para cuándo?"
Miré el calendario. "Para dentro de quince días."
El hombre me miró extrañado. "¿Por qué tan lejos?"
"Tengo algo que cerrar," respondí.
La fecha que elegí no fue una coincidencia. Era el día de la boda de Patrick y Diane. Sería mi propio cierre, mi propia ceremonia de liberación.
Mientras esperaba mi recibo, miré por la ventana. El sol se ponía sobre la ciudad, pintando el cielo de colores tristes. Mi pasado con "Leo" se sentía como un sueño lejano. Ahora, solo quedaba la dura realidad. Pero por primera vez en mucho tiempo, sentí una pequeña chispa de esperanza. Volvería a casa.





