Pasaron varios días. Me encerré en mi pequeña habitación, contando las horas para mi partida. La mansión era una jaula de oro, y yo solo quería escapar.
Una tarde, Patrick tocó a mi puerta.
"Vístete," dijo, sin mirarme a los ojos. "Vamos a dar un paseo."
Una parte tonta de mí sintió una punzada de esperanza. ¿Quizás quería hablar? ¿Quizás quería disculparse?
Me puse el vestido más sencillo que tenía y lo seguí.
La esperanza murió tan pronto como llegamos al coche. Diane estaba sentada en el asiento del pasajero, sonriendo con suficiencia.
"Lina, qué bueno que vienes con nosotros," dijo, su voz goteando falsa dulzura. "Patrick y yo vamos a San Ángel. Necesito comprar algunas artesanías para decorar nuestra nueva casa."
Me sentí como una idiota. No era un paseo para nosotros. Yo era la acompañante, la tercera en discordia, un recordatorio viviente de su poder sobre mí.
El viaje fue una tortura. Diane dominaba la conversación, riendo, tocando el brazo de Patrick. Hablaban de su luna de miel en Europa, de las fiestas a las que asistirían. Yo me senté en el asiento trasero, en silencio, sintiéndome invisible.
Observé a Patrick mirarla. La forma en que sus ojos se suavizaban, la sonrisa fácil que aparecía en sus labios. Era la misma mirada que una vez me dio a mí. Verla dirigida a otra persona fue un dolor agudo y profundo. El "Leo" que yo amaba estaba muerto. Este hombre, Patrick, era un extraño.
Me tragué las lágrimas y miré por la ventana, apretando las uñas en las palmas de mis manos para no derrumbarme.
En el mercado de San Ángel, el aire estaba lleno de colores y olores. Pero para mí, todo era gris. Diane se detuvo en un puesto de cerámica de Talavera.
"Quiero ese juego de jarrones," le dijo a Patrick, señalando unas piezas exquisitamente pintadas.
Mientras Patrick pagaba, el vendedor me miró de arriba abajo. Mi vestido sencillo, mis manos de trabajadora.
"Sirvienta," dijo, con desdén. "Ayuda a tu señora a empacar esto con cuidado. Es muy caro."
La humillación me quemó la cara. Me quedé helada, sin saber qué decir.
Patrick se dio la vuelta. Me miró, luego al vendedor.
"Ella no es una sirvienta," dijo, pero su voz era débil, sin convicción. "Está... con nosotros."
No me defendió. No como antes. Recordé una vez en nuestro pueblo, cuando un hombre borracho me insultó. "Leo" se había puesto delante de mí, sus ojos furiosos, su cuerpo tenso como un resorte. Nadie le faltaba el respeto a su mujer. Nadie.
Ese hombre se había ido para siempre.
Más tarde, Patrick nos llevó a Xochimilco. Quería sorprender a Diane.
"Tengo algo para ti," le dijo mientras nos subíamos a una trajinera colorida.
Cuando cayó la noche, el cielo sobre los canales se iluminó. Un espectáculo de fuegos artificiales explotó sobre nosotros, reflejándose en el agua oscura. Era hermoso y romántico.
Y doloroso.
Recordé una noche estrellada en Oaxaca, acostados sobre una manta. "Algún día," me había dicho Leo, "te llevaré a ver fuegos artificiales sobre el mar. Solo para ti."
Ahora, estaba cumpliendo esa promesa, pero para otra. Yo era solo una espectadora de mi propio sueño robado.
La gente en las otras trajineras se agolpaba para ver mejor. Nuestro bote se meció violentamente. Un empujón, un grito.
De repente, estaba en el aire. Y luego, el agua fría y oscura me tragó.
El pánico me invadió. No sabía nadar. Luché, tragando agua, mis pulmones ardiendo. Vi a Diane caer también, no muy lejos de mí.
Entonces, vi a Patrick. Saltó al agua sin dudarlo. Por un segundo, una esperanza desesperada me llenó.
Pero él no nadó hacia mí.
Pasó de largo, sus ojos fijos en Diane. La alcanzó, la rodeó con sus brazos y la llevó de vuelta a la trajinera.
Ni una sola vez miró hacia atrás.
Me hundí, la oscuridad me envolvía, el sonido del agua llenando mis oídos. Mi última visión fue la de él, subiendo a Diane al bote, a salvo.
Para él, yo ya no existía.





