El interior del coche olía a cuero nuevo y a un perfume caro que no reconocí. Era el olor del mundo de Mateo, un mundo del que yo ya no formaba parte.
El silencio en el coche era denso, casi sólido. Miraba por la ventanilla las calles de Madrid, que pasaban veloces. Recordé nuestros viajes de niños, en el viejo coche de su padre, cantando y riendo. ¿Dónde había quedado ese chico? ¿En qué momento se convirtió en este extraño de mandíbula apretada y mirada de acero?
Mis ojos se posaron en su mano, firmemente agarrada al volante. Un anillo de diamantes brillaba en su dedo anular. El anillo de compromiso. El anillo de Isabella.
Aparté la vista, un gesto pequeño y casi imperceptible. Un reconocimiento silencioso de mi lugar. Yo era la extraña, la pieza del pasado que no encajaba en su presente perfecto.
Fue él quien rompió el silencio.
"¿Por qué no me dijiste que estabas tan mal?"
Su pregunta no tenía calidez. Era una acusación.
Quise responder, quise gritarle todo. Quise llamarle por el apodo que usaba de niña.
"Teo, yo..."
"Soy Mateo", me interrumpió, su voz afilada como un cuchillo. "No me llames así. No tenemos esa confianza."
Asentí, tragándome las palabras. La relación entre nosotros era clara. Transaccional. Distante. Yo estaba aquí por una única razón: su abuela.
"No quería molestarte", respondí finalmente, con la voz vacía.
Él resopló, una risa sin alegría.
"Claro. Molestarme."
El resto del viaje fue en silencio.
La mansión de los Reyes se alzaba imponente en el exclusivo barrio de Salamanca. Era un monumento al poder y la riqueza, un lugar donde yo había pasado veranos felices. Ahora, se sentía como una fortaleza enemiga.
En cuanto entramos, mis ojos buscaron una sola cosa.
"¿Dónde está Abuela Carmen?", pregunté, mi voz apenas un susurro. Era la única persona en este mundo que todavía me miraba con cariño.
"En su habitación. El médico está con ella", respondió Mateo, sin mirarme. "Está grave, Sofía. No esperes un milagro."
La fragilidad de ese último vínculo me golpeó con la fuerza de una ola. Cuando ella se fuera, no quedaría nada. Absolutamente nada.
Subí las escaleras, cada escalón un peso en mi alma. El corazón me latía con fuerza, una mezcla de miedo y anhelo.
La puerta de la habitación de Carmen estaba entreabierta. Me asomé. La vi, tan pequeña y frágil en la enorme cama. Los monitores a su lado emitían un pitido suave y constante.
"¿Abuela?", susurré.
Ella giró la cabeza lentamente. Una sonrisa débil se dibujó en sus labios arrugados.
"Mi niña... has venido."
Me acerqué y tomé su mano. Estaba fría, pero su agarre, aunque débil, era firme.
"Estoy aquí, abuela. Estoy aquí."
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
"Sabía que vendrías. Eres una buena chica, Sofía. Siempre lo has sido."
En ese momento, en esa habitación que olía a enfermedad y a recuerdos, sentí un breve respiro. Un instante de paz en medio de la tormenta. Pero sabía que era temporal. Afuera, en los pasillos dorados de la mansión, me esperaba el infierno.





