Clarke.
El peso cae sobre mis hombros como toneladas de cemento por diversas razones al momento en que salgo de la junta.
—Señor Simmons, lo lamento... ¿Quiere que contacte al señor Bustamante? Dijo que estaría disponible ante cualquier situación —dice Carly caminando detrás de mí.
—No, Carly... Pensaremos en algo para solucionar este problema, ¿de acuerdo? No quiero más deudas —expreso.
Estamos a mitad de 2024, la empresa Simmons Liberty se fundó en 2022; voló por los aires por nuestra propuesta innovadora con los paquetes y experiencias para los turistas de toda clase económica. Debí prevenir, estar más atento a mis empleados, especialmente del gerente que hace cinco meses comenzó a manejar la primera sucursal en Inglaterra, puesto que me acabo de enterar que éste me ha estado robando desde el inicio; pero nada de esto se vio reflejado sino hasta ahora en medio de la crisis por la inflación general.
Fundé esta empresa junto a mi hermano menor Jimmy, gracias a los ahorros y herencia que nos dejó Ryan Simmons, mi padre, quien ha muerto hace tres años de un infarto fulminante. Y no se permitiré fracasar. Soy un hombre de 32 años, inteligente, capaz y determinado. Lograré salir adelante al menos en esto.
—Jefe Simmons —me saluda en uno de los pasillos una de las nuevas analistas, contoneando sus caderas después de darme una mirada seductora.
Ante aquello solo me limito a sonreír. Desde que Antonella llegó no deja de coquetearme con descaro, al igual que muchas otras; pero soy muy listo y por supuesto que no podría salir con alguna de mis empleadas.
《 Ah, pero sí con tu prima》, me acusa la razón que rápido esquivo.
Tras desayunar en la cafetería de la empresa, me dispongo a hacer llamadas a algunos inversionistas que no pudieron estar presente en la junta; pienso en soluciones, concreto otra junta y respiro hondo cuando corto la llamada y puedo ver en el televisor las noticias sobre el romance de Lucrecia Owen con el joven diseñador de modas Zac Gallagher.
Veo fotos de la colección de T-Shirts recientes del muchacho que estoy comenzando a odiar con todas mis fuerzas, por tener algo que mi corazón anhela pero mi moral rechaza.
Sin embargo, en medio de mi angustia por estar de manos atadas, ocupo mi día en trabajo excesivo. Las horas pasan como espinas en piel sensible, y en cuando la jornada laboral casi termina, hablo con mi hermano acerca de lo que deberíamos hacer para solucionar la inflación. Él sugiere que trabajemos con programas de inteligencia artificial que pueden facilitar las tareas y el papeleo, por lo que tendríamos sueldos menos que pagar, así como también renegociar los contratos con nuestros aliados.
—Se ha hecho el análisis, Jimmy. Lo más lógico es aumentar en escala los precios, pero al mismo tiempo ofrecer paquetes nuevos. No podemos dejarle al sistema nuestra empresa, mucho menos renegociar. ¿Sabes lo mucho que nos costó llegar a un acuerdo?, ¿qué te haría pensar que podremos renegociar?, ¿y por qué?, ¿por el 60% a sus empleados en paquetes vip? —debato.
Mi hermano me señala con los ojos bien abiertos, y no puedo creer que no haya pensado en esto antes. Es un riesgo pero podría ayudar.
—Con solo dos viajes al año, hermano mío. Nadie rechazará esa oferta —expone mi hermano comiendo maní, y me lanza uno pero no reacciono—. Hermano, ¿hace cuánto que no coges? Ya se te está viendo en la cara el aburrimiento por el que pasa tu pito. Vamos a beber para que te animes a buscar a una mujer, ¿qué dices?
Miro fijamente a mi hermano menor. Él era un buen chico hasta que le rompieron el corazón, así que ahora anda vagando por los clubes y fiestas en donde no es necesario que le inviten. Yo no discuto su forma de pasar el despecho, pero ya ha pasado ocho meses de eso y ha empeorado, me preocupa.
—Está bien... —le digo, soltando el aire.
Jimmy se emociona y comienza a recoger las cosas por mí, casi arrastrándome por toda la empresa. Nos despedimos de Carly cortamente, y partimos rumbo a una noche de tragos. Una noche que espero termine sin dolerme el corazón por los sentimientos que tengo hacia mi prima desde hace tantos años y el remolino que causa en mí el saber que tiene su primer novio.
¿Pero acaso Zac será el primero?, ¿acaso así como me había ocultado éste noviazgo me ha ocultado más? Sacudo la cabeza, antes éramos más unidos, habría sabido hasta con quien soñaba, ¿o no?
Tras algunos minutos hablando del trabajo por la carretera, llegamos al discoteca Bach. La verdad me preocupa la multitud porque algunas personas involucradas en la política deben conocer a los sobrinos de Niall Owen, pero como a Jimmy no parece importarle, intento relajarme. Pronto mi hermano quita mi saco, dejándome solo en camisa manga larga y la corbata. No puedo permitirme subir las mangas por temor a que mis tatuajes se vean, así que el calor comienza a pasarme factura con los segundos.
—¿Aún no te emborrachas? —me cuestiona Jimmy cuando una vez más dejo el pequeño vaso sobre la barra—. Has bebido diez shots de tequila secos, ¿Seguro que no quieres que te lleve a casa?
La música comienza a erizarme la piel, entonces sacudo la cabeza.
—¿Para qué me trajiste si ibas a asustarte por mi aguante? —inquiero en alta voz.
Soy un tipo sano, no fumo, no bebo en grandes cantidades, pero tengo tanto de qué olvidarme, que justo ahora no me importa.
—¡Pero pareces demasiado normal! —exclama mi hermano.
—Ya cállate, iré a bailar... —expreso, seguro.
Jimmy me toma por la corbata de repente, casi ahorcándome, por lo que quito su agarre con fuerza y me deshago de la corbata para ir a la pista.
—¡Pero si tú no bailas! —escucho que grita, pero ignoro.
Estoy en mis cinco sentidos. Solo tengo una motivación extra. Querer reemplazar mis pensamientos del cuerpo de Lucrecia en aquel paño rosado en que la vi envuelta esta mañana.
Mientras me adentro a la multitud para comenzar a dejarme llevar por la música electro pop, cierro los ojos y puedo recordar la primera vez que Lucrecia se quedó en casa de mis padres; el cómo se escapó a mi cuarto después de su hora tope, solo para charlar conmigo sobre su frustración con el fútbol femenino, sobre sus calificaciones en el bachillerato y... recuerdo cuando de repente puso a descansar su cabeza en mi pecho y se quedó plácidamente dormida mientras mi piel hervía como nunca. El roce de su piel con la mía quemaba, el olor de su pelo me mareaba, mi corazón estaba desbocado, y la erección del pecado me hizo terminar de entender que mi interés en cada cosa que Lucrecia hacía, no era sólo porque la quería como mi familia. Pues estaba comenzando a quererla como mujer.
Entonces abro los ojos consiguiéndome con una mujer pelinegra y una rubia bailando junto a mí. Me dejo envolver por sus manos, me desplazo con la música con una y luego con la otra, las risas no se tardan en venir, y cuando estas comienzan a tocar mi bulto por encima de la ropa, éste no se tarda en reaccionar. No lo culpo. Ha pasado mucho tiempo aguardando por algo que no puede ser mío jamás.
—Muñeco... —susurra la rubia en mi oído mientras la pelinegra me toca el cuerpo. La música sigue, nuestros cuerpos se estampan en el otro friccionando, y de repente...
—¡Perra maldita! —escucho un grito a mis espaldas, y luego de eso veo a la rubia caer en medio de la pista desmayada.
El mundo no se detiene, así que cuando alzo la vista para saber qué demonios está ocurriendo, la pelinegra se lanza encima de Lucrecia. Soy incapaz de moverme porque mi cuerpo se siente extraño, y veo a la pelinegra forcejar con mi prima hasta quitarle el top purpura, dejando sus rosados pechos al aire por algunos segundos que para mí se graban en cámara lenta, como horas.
—¡Clarke! ¡Clarke! —me grita Lucrecia pidiendo auxilio.
En cuanto reacciono la veo siendo arrastrada entre la multitud; así que cuando llego a ella, toda la carga emocional que he estado soportando se va en contra del chico que ha sido capaz de ponerle una mano encima.
Zac Gallagher.





