Mateo me arrojó la bandeja de plata.
Resonó en el suelo de mármol de la hacienda que una vez fue mía.
"Más rápido, Sofía. A Ximena se le calienta el champán."
Su voz era un látigo. A su lado, Ximena, una modelo de cara perfecta y ojos vacíos, se rió. Era la más nueva de su colección.
Levanté la bandeja. Mis manos no temblaron. Mis antepasados la forjaron. Mi tatarabuelo. Ahora la usaba para servirle a la amante de mi esposo.
"Sí, Mateo."
Fui a la cocina. La hacienda estaba llena de ellas. Influencers, modelos. Un harén que Mateo instaló para recordarme cada segundo mi nueva posición.
Era una sirvienta en mi propia casa.
La casa que mis padres me dieron. La fortuna que mi familia usó para salvar a la suya.
Él me lo quitó todo.
Mi padre murió de un infarto cuando vio las noticias. Noticias falsas que Mateo filtró sobre nuestras minas.
Mi madre murió poco después. De pena, dijo el doctor.
Mi hermano estaba en la cárcel. Falsas acusaciones de fraude. Orquestado por Mateo.
Me quedé sola. Atrapada.
Mateo se negó a darme el divorcio.
"Tú eres una Valderrama," me dijo una noche, su aliento apestando a tequila caro. "Y morirás siendo la esposa del hombre que destruyó a los Valderrama."
Esa era mi sentencia.
Volví con la botella de champán fría. La serví en la copa de Ximena, evitando su mirada burlona.
"Gracias, sirvienta," dijo, arrastrando las palabras.
No respondí. Mi silencio lo enfurecía más que cualquier grito.
Esa noche, mientras limpiaba las copas vacías, sentí el dolor punzante en mi pecho. Un recordatorio constante.
Un secreto que solo yo conocía.
Un secreto que me estaba matando lentamente.





