El aniversario de ocho años de Sofía y Mateo se celebraba en el departamento que compartían, un lugar que ella había llenado de luz y color con su propio arte. Las paredes estaban adornadas con sus bocetos de moda, y el aire olía a la cena que había preparado con esmero. Mateo, su novio desde la infancia, el amor de su vida, estaba sentado frente a ella, sonriendo. Parecía que todo había vuelto a la normalidad después de cinco años de ausencia, cinco años en los que él había desaparecido sin dejar rastro, dejándola en un abismo de incertidumbre.
Cuando lo encontró, o más bien, cuando él reapareció, no recordaba nada. Amnesia. Una palabra fría y clínica que no podía describir el vacío en sus ojos. Una vendedora de flores llamada Lucía lo había encontrado, lo había cuidado y le había mentido, diciéndole que eran pareja. Lo llevó a su casa, construyendo una vida falsa sobre los escombros de la memoria de Mateo.
Pero hace tres meses, la memoria de Mateo regresó. Recordó a Sofía, sus ocho años juntos, el amor que era su ancla. Desechó a Lucía con un fajo de billetes, un gesto que él consideraba generoso y final. Cada vez que hablaba de ella, su voz se llenaba de un desprecio palpable.
"Es una mujer egoísta y oportunista", le decía a Sofía, "se aprovechó de mi amnesia, me da asco recordarla".
Sofía le creyó, quería creerle. Quería que su vida volviera a ser la que era antes, con Mateo a su lado, su risa llenando los espacios silenciosos.
Esa noche, mientras levantaban sus copas para brindar, el teléfono de Sofía vibró sobre la mesa. Era un mensaje de un número desconocido. Lo abrió con curiosidad, y la pantalla se iluminó con un video de diez minutos.
La imagen era caótica, movida, grabada en medio de una multitud. Lucía, vestida con un deslumbrante vestido de novia blanco, estaba de espaldas, tratando de subir a un auto. De repente, Mateo apareció en el cuadro. Se movió con una desesperación que Sofía nunca había visto, la agarró del brazo y la giró bruscamente, acorralándola contra la puerta del auto.
El audio era claro. Se oía la música de una boda, las voces confundidas de los invitados. Mateo no dijo nada, simplemente la besó. No fue un beso tierno, fue un beso apasionado, violento, casi desesperado. Lucía luchó por un momento, pero luego sus manos se aferraron a la camisa de Mateo. Él la besó hasta que ella se quedó sin aliento, hasta que sus labios estaban rojos e hinchados.
"No te cases", le rogó él en un susurro ronco, su frente pegada a la de ella.
Los amigos de Mateo se acercaron, tratando de separarlos.
"Mateo, ¿qué diablos estás haciendo?", gritó uno de ellos, su voz llena de confusión. "¿Por qué estás arruinando tu aniversario con Sofía? Íbamos a celebrar con ustedes esta noche".
Mateo no soltó a Lucía. Con una mano todavía aferrada a su cintura, sacó un cigarrillo con la otra y lo encendió, su mano temblaba ligeramente. Inhaló profundamente, el humo envolviendo sus rostros.
"No sé", confesó, su voz era una mezcla de frustración y agotamiento. "No puedo vivir sin Sofía, pero la idea de que esta mujer se case me vuelve loco de celos. Si tengo que dar una razón, es que amo a las dos. ¿Están satisfechos?".
Intentó llevarse a Lucía, arrastrarla lejos de la boda, lejos de su futuro esposo.
"¡Estás loco!", le gritaron sus amigos, deteniéndolo.
"Necesito tiempo para decidir", insistió Mateo, su voz casi un grito. "Y ella", dijo, señalando a Lucía con la barbilla, "debe quedarse a mi lado hasta que lo haga".
El video terminó.
Sofía dejó caer el teléfono sobre la mesa. El sonido del plástico contra la madera fue el único ruido en el silencio repentino. El rostro sonriente de Mateo, el que estaba sentado frente a ella, se desvaneció. En su lugar, vio al hombre del video: un extraño desesperado y cruel. El corazón se le hizo pedazos.
La cena se enfrió. El vino en su copa parecía sangre. La vida que creía haber recuperado era solo otra mentira, más elaborada y mucho más dolorosa que la de Lucía. A pesar de la manipulación de la vendedora de flores, a pesar del engaño, Sofía entendió una cosa con una claridad aterradora: el Mateo que amaba ya no existía.
Se levantó de la mesa, sus movimientos rígidos, mecánicos.
"Me voy a París", dijo, su voz vacía de toda emoción. "Me voy con mis padres".
Recordó una promesa que se habían hecho hace años, en la playa, bajo un cielo estrellado. Si alguna vez uno de los dos traicionaba al otro de una manera imperdonable, el otro se iría. Sin segundas oportunidades, sin explicaciones. Solo un final limpio. Era una promesa de adolescentes, dramática y absoluta, pero en ese momento, se sintió como la única verdad que le quedaba.





