Mi Marido Codicioso

Por la mañana, la luz del sol se filtraba por las persianas, dibujando rayas en el suelo del dormitorio. Sofía no había dormido. Pasó la noche sentada en el borde de la cama, mirando la maleta abierta a sus pies. Cada prenda que doblaba y guardaba se sentía como un ritual, un paso más para cortar los lazos que la unían a esa vida. Su mente repetía el video una y otra vez, las palabras de Mateo resonando en sus oídos: "Amo a las dos". La frase era un veneno que se extendía lentamente por sus venas, paralizando cualquier sentimiento que no fuera dolor y una fría determinación.

No lloraba. Las lágrimas se habían secado la noche anterior, dejando solo un vacío ardiente en su pecho. Ahora solo había una claridad helada. Tenía que irse. No por orgullo, no por ira, sino por supervivencia. Quedarse sería permitir que ese veneno la consumiera por completo. Recordó la promesa en la playa, la seriedad en los ojos jóvenes de Mateo cuando la hicieron. Era una promesa que ahora tenía que cumplir por los dos.

Mateo entró en la habitación, recién salido de la ducha, con una toalla alrededor de la cintura. Anoche, después de que ella anunciara su partida, él había intentado minimizarlo todo, diciendo que estaba exagerando, que el video no significaba nada, que solo estaba confundido. Le rogó que se quedara, que hablaran, pero sus palabras sonaban huecas, ensayadas.

"Buenos días, mi amor", dijo él, acercándose para besarla.

Sofía giró la cabeza, y sus labios encontraron su mejilla. El contacto la hizo estremecerse. Su piel, que antes era su refugio, ahora se sentía extraña, contaminante.

"¿Todavía sigues con eso?", preguntó él, su tono una mezcla de fastidio y falsa paciencia. "Sofía, ya te lo dije, fue un error. Estaba borracho, confundido. Lucía no significa nada para mí".

Ella no respondió. Siguió doblando una blusa con una precisión metódica.

"Voy a darme un baño rápido y luego podemos hablar de esto como adultos", dijo él, desapareciendo en el baño.

El momento en que la puerta del baño se cerró, el teléfono de Mateo, que había dejado en la mesita de noche, vibró. La pantalla se encendió. Era un mensaje de Lucía. Sofía no quería mirar, pero una fuerza más allá de su control la obligó a tomar el teléfono. No necesitaba la contraseña; la huella de Mateo todavía estaba registrada en su propio teléfono, un vestigio de su confianza pasada.

Los mensajes eran un torrente de intimidad y planes.

"Bebé, ¿pudiste hablar con ella? ¿Entendió que tiene que irse?".

"No te preocupes por la boda, mi amor. Sabía que vendrías por mí. Siempre lo supe".

"Anoche fue increíble. No puedo esperar a que estemos juntos de verdad, sin tener que escondernos. ¿Cuándo la vas a dejar?".

Y el último, el que le robó el aire de los pulmones:

"Ya le dije a mi mamá que nos mudaremos juntos la próxima semana. Ella está muy feliz. Me preguntó qué puesto me darás en tu empresa. Le dije que seré tu asistente personal, para estar siempre cerca de ti. ¿Te gusta la idea, mi vida?".

La palabra "asistente" la golpeó con la fuerza de una bofetada. Así que esa era la farsa, el plan. Mantener a Sofía como la novia oficial, la cara pública, mientras Lucía se convertía en su sombra, su amante, su "asistente". Un arreglo conveniente para un hombre que quería tenerlo todo.

Mateo salió del baño, secándose el pelo con una toalla. Vio a Sofía con su teléfono en la mano, la pantalla todavía encendida. Su rostro palideció.

"Sofía, yo... puedo explicarlo", tartamudeó.

Ella no dijo nada. Simplemente dejó el teléfono en la cama y se levantó.

"Tengo un vuelo que tomar", dijo con una calma que lo asustó.

"No, espera, por favor", suplicó él, tratando de agarrarla del brazo. "No es lo que parece. Ella es la que me presiona, yo solo le sigo la corriente para que no haga un escándalo".

Ella se apartó de su toque. "No me toques".

Salió de la habitación, dejándolo solo con sus mentiras expuestas. Pasó el resto de la mañana en silencio, moviéndose por el apartamento como un fantasma. Terminó de empacar, llamó a un taxi. Mateo la seguía, hablando sin parar, una letanía de excusas y promesas vacías. Ella no lo escuchaba. Su mente estaba fija en el reloj de la pared. A las doce en punto, el taxi llegaría. A las doce en punto, esta vida terminaría. Era su propio Día de Muertos, un adiós a un amor que ya estaba muerto y enterrado, aunque su fantasma todavía caminara por la casa. El taxi llegó puntual. Sofía tomó su maleta y caminó hacia la puerta sin mirar atrás.

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