"Señor Roberts, me desharé de ellos de inmediato", dijo Michelle a la vez que miraba al reputado hombre directamente a los ojos. A ella nunca le importó absolutamente nada más desde el fallecimiento de sus padres en el trágico accidente automovilístico. "Creo que no tienes interés en mantener tales 'decoraciones', ¿verdad?".
Michelle había estado casada con él durante más de un año, pero Gerard casi nunca regresaba a casa para estar a su lado. Los dedos de una mano le bastaban para contar el número de veces que su esposo visitaba la casa matrimonial. Entonces, si esas cosas no eran decoraciones, ¿para qué servían? ¿Para adornar el paisaje?
"Haz lo que quieras con ellas", dijo Gerard. A él no le afectó en absoluto el sarcasmo de Michelle. En ese momento, se ocupaba solo de mantener los ojos fijos en ella como si se tratara de un francotirador concentrado en su mira. Siempre supo que Michelle era tan deslumbrante como una diva, pero había pasado bastante tiempo desde la última vez en que se detuvo a observar a su esposa con detenimiento. Ese día estaba aún más hermosa con aquel vestido rosa que combinaba con el clima de la temporada. Además, sus ojos cristalinos brillaban como agua de manantial cuando lo miraba de cerca, y sus mejillas rosadas no perdían los adorables hoyuelos que se remarcaban cada vez que sonreía. Michelle tenía poco más de veinte años, pero ahí estaba, poniendo fin a su breve matrimonio con Gerard y convirtiéndose oficialmente en una mujer divorciada. ¿Acaso era él el culpable de cuanto estaba aconteciendo?
Gerard despertó sus sentidos para detener aquel pensamiento excesivo y no cambiar de opinión. Sabía la razón por la que se casó con Michelle y aún estaba clara en su memoria, pero ya le había concedido los deseos a ella. ¡Ahora la joven tenía toda la libertad y las riquezas para sí misma! Ellos eran como dos líneas paralelas que nunca debían haberse cruzado y ahora iban a continuar su trayectoria por caminos diferentes.
"Damien, ahora puedes llevar a la señorita Greenwood de regreso a casa", dijo Gerard.
"No es necesario, gracias. Estaré bien por mi cuenta, señor Roberts. De hecho, quiero ir a comprarme un coche. Después de todo, la pensión alimenticia que me concediste es una considerable suma de dinero. ¡Incluso si quisiera holgazanear por el resto de mi vida, las riquezas serán suficientes para satisfacer un lujoso estilo de vida hasta mi último aliento!". Michelle agitó el acuerdo de divorcio en su mano como una bandera de victoria, le dio la espalda a Gerard y salió de la oficina en un santiamén.
Luego de abandonar la habitación, Michelle se apresuró a sentarse en el sofá más cercano que encontró en el salón, agarró firmemente los papeles del divorcio en su mano y se dijo: 'Te lo mostraré, Gerard. Incluso sin la familia Roberts y la familia Greenwood, ¡tendré una vida feliz en libertad! Por fin puedo vivir'.
Después de controlar sus emociones, se puso de pie y salió de inmediato por las puertas de la empresa. No fue hasta entonces que Damien regresó a la oficina de Gerard para informar lo que había observado.
"Señor, ya la señorita Greenwood abandonó el edificio. Al principio parecía un poco desanimada, pero luego recuperó la compostura", dijo Damien. Llevaba más de cinco años trabajando para Gerard y estaba al tanto de todos los detalles de su matrimonio, pero esa era la primera vez que entraba en contacto directo con Michelle, quien le pareció inusualmente especial.
"Está bien, entonces dígale al abogado que ultime los papeles lo antes posible", dijo Gerard, quien dio las instrucciones sin establecer contacto visual, a la vez que hojeaba las páginas de los documentos que tenía delante.
"Ahora mismo, señor", dijo Damien en tanto salía de la oficina de su jefe con inmediatez.
La primavera había llegado un poco tarde ese año. Michelle deambulaba con toda tranquilidad por las calles más bulliciosas de la ciudad Binfield, cargando su lujoso bolso e ignorando el llamativo paisaje que la rodeaba. Desde que Gerard se divorció de ella, se volvió tan libre como una paloma, pero parecía estar perdida en su propio mundo.
Ninguna pareja del mundo tendría una vida como la de ellos. Eran extraños sin química. Parecía como si vinieran de dos universos incompatibles. Pero ahora que se habían separado, sentía una gran sensación de alivio en su corazón. Había sido una buena elección divorciarse de él, ¡pues ahora podía hacer lo que quisiera! Ya no arrastraba los grilletes de la familia Greenwood, finalmente abandonó su jaula. Era el momento de poder recuperar su yo genuino.
Había pasado más de un año desde su matrimonio con Gerard, pero rara vez se veían, pues él ni siquiera se molestaba en invitarla a salir a los diversos banquetes y celebraciones a los que asistía porque ya tenía otras mujeres que lo acompañaban. Un día se aparecía con una joven a quien presentaba formalmente en sociedad. Al próximo evento, asistía con alguna estrella popular a su lado. Y luego, se le vería con una modelo juvenil. Michelle nunca apareció en ninguna de esas fiestas, y era su esposa. ¡Qué absurdo!





