Mi exmarido obsesionado

En realidad, Gerard la había usado para ganar la aprobación de la familia Greenwood a la hora de ejecutar sus disímiles proyectos, mientras que ella, por su parte, lo utilizó para escapar de su propia familia, por lo que su matrimonio fue simplemente una especie de trueque.

Michelle estaba tan absorta en sus pensamientos que no notó la persona que se acercaba corriendo hacia ella, y no fue hasta que el ladrón le arrebató violentamente el bolso que volvió en sí. Estaba atónita por presenciar aquel hecho, pero reaccionó rápidamente y comenzó a perseguir al ladrón por las calles abarrotadas de transeúntes.

"¡Detengan a ese hombre! ¡Me arrebató el bolso!", gritaba ella con la esperanza de que alguien la ayudara. Sin preocuparse por su atuendo, la joven corría detrás del ladrón en lo que parecía ser la persecución de su vida. En medio de la carrera, continuaba pidiendo ayuda, pero al parecer, había olvidado un rasgo importante de aquel lugar: allí la gente era indiferente e insensible, así que nadie se molestó en acudir en su ayuda. Algunos incluso se atrevieron a lanzar silbidos a su paso, sin siquiera moverse del sitio en que se encontraban.

"¡Oye! ¡Detente!", continuaba gritando ella jadeante, en tanto doblaba por una esquina para seguir la persecución. La nueva calle en la que se encontró resultó ser mucho más tranquila que la bulliciosa de hacía unos momentos, y pasaba menos gente. Así que ella pensó: 'Creo que hoy voy a perder mi bolso y todo lo que contiene'.

Justo cuando Michelle estaba a punto de darse por vencida, un auto deportivo de color rojo pasó a toda velocidad junto a ella y se desvió con precisión para evitar que el ladrón se escapara. Por tal motivo, el criminal cayó al suelo estrepitosamente tras un intento por esquivar el auto.

A pesar de encontrarse exhausta, Michelle se quitó rápidamente los tacones de diseño y corrió descalza hacia el ladrón. Al llegar, agarró su bolso y lo tiró a un lado. Luego, pisoteó tan fuerte como pudo al ladrón que estaba dolorido en el suelo y le dijo: "¡Cómo te atreves a robar mi bolso!".

En este punto, ya la cólera de Michelle era inmensa. De modo que agarró sus zapatos y comenzó a golpear con los tacones fuertemente la cabeza del hombre. Cuando terminó, se enderezó y jadeó roncamente. No fue hasta entonces que se acordó del conductor que la ayudó en su momento de dilema y reparó en que debía agradecerle el amable favor.

Entonces ella levantó la cabeza e inmediatamente se sorprendió ante el par de hermosos ojos que acompañaban una encantadora sonrisa. El hombre, apoyado contra el coche, la miraba con unos ojos tiernos que resultaron el complemento ideal para su mentón tremendamente masculino de contornos perfectos. Ni siquiera una maravilla como Michelle podría compararse con el abrumador encanto de aquel hombre.

"Bueno, gracias por la ayuda", dijo Michelle, se puso de pie con los tacones altos colgando entre los dedos y miró al atractivo chico frente a ella mientras no expresaba nada más que su gratitud.

"De nada, pequeña belleza. Pero no me atribuiré el mérito, pues su persistencia fue lo que venció al ladrón", respondió el hombre, quien recogió la bolsa del suelo y se la entregó a Michelle. Al darse cuenta de los zapatos en su mano, él sonrió burlonamente y dijo: "No tiene idea de cómo cuidarse, ¿verdad?".

El hombre negó con la cabeza con lástima mientras tomaba el par de tacones de Michelle. Entonces se agachó sobre una rodilla y suavemente le sacudió el polvo de la planta del pie para luego ponerle el zapato. Luego repitió la misma acción con el otro pie, y su gesto pareció tan noble y elocuente como si se estuviera poniendo sus propios zapatos.

Michelle estaba petrificada por aquel hecho impulsivo y no supo reaccionar. En manos de Gerard, se sentía como una mascota, pero este hombre la hacía sentir como una presa. En el fondo, sentía un pánico histérico mientras presenciaba aquel gesto de caballerosidad. Era la primera vez que le sucedía algo así con un extraño.

"Usted...". Por desgracia, Michelle sucumbió a sus nervios. No tenía idea de quién era aquel hombre y qué pensaba hacer a continuación. Entonces tomó su bolso con presteza, se mordió el regordete labio inferior y se preparó para marcharse, pero le fue imposible. Sus pies parecían haberse clavado en el suelo y era incapaz de mover un solo músculo.

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