Mi Escape de la Casa Asfixiante

El cursor parpadeaba en la pantalla, justo al final del formulario de solicitud de beca. Universidad de Edimburgo. Lo más lejos posible de aquí, de esta casa, de Sofía.

Apreté los dientes. Llevaba meses viendo estos "comentarios". Al principio pensé que me estaba volviendo loco, pero ahora eran una molesta normalidad. Una voz que siempre defendía a Sofía, sin importar lo que hiciera.

La puerta de mi habitación se abrió de golpe. Era ella.

Sofía me miró con esa frialdad que la caracterizaba.

"¿Ya has rellenado la solicitud?"

No respondí. Solo la miré.

"Cámbiala," ordenó, su voz sin emoción. "Madrid. Dijiste que iríamos juntos. Es una promesa."

Antes de que pudiera decir nada, su teléfono sonó. La expresión de Sofía se suavizó al instante.

"Leo, ¿qué pasa? ¿Necesitas algo? Voy para allá ahora mismo."

Colgó y se giró hacia mí, su cara de nuevo una máscara de hielo.

"Haz lo que te he dicho."

Y se fue, dejándome solo con el eco de sus palabras.

Sacrificio. La palabra me supo a veneno en la boca.

Mi padre, un viticultor respetado, murió en el incendio que casi destruye la bodega de los Vargas. Murió intentando salvarlos a ellos, a la familia de Sofía. Como muestra de una gratitud que ahora me parecía hueca, me adoptaron.

Crecimos juntos. Pero para Sofía, yo siempre estaba en segundo plano. Primero, siempre, estaba Leo.

Cerré el portátil. Madrid. La promesa.

Mi mente voló a la romería del pueblo, justo antes de los exámenes finales. Sofía insistió en que fuéramos. Allí, en medio de la música y la gente, nos encontramos con Leo. Unos matones lo acorralaron, le reclamaban dinero.

Uno de ellos levantó una botella. Iba a estrellarla contra la cabeza de Leo.

En ese instante, sentí un empujón. Sofía me había lanzado directamente a la trayectoria del golpe.

El cristal se rompió contra mi sien. La sangre caliente me corrió por la cara. Lo siguiente que recuerdo es el dolor agudo y las luces de la consulta del médico. Necesité puntos.

Cuando pregunté por Sofía, me dijeron que se había ido con Leo.

"Tuvo un ataque de pánico," me explicó ella más tarde, sin mirarme a los ojos. "Tenía que cuidarlo."

Mi herida afectó mis exámenes. Mi futuro.

Miré la solicitud en la pantalla. Edimburgo. Madrid.

Mi dedo borró "Edimburgo" y tecleó "Madrid".

En ese momento, odié mi promesa, odié a Sofía, y sobre todo, me odié a mí mismo por seguir obedeciendo.

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