Isa
Estaba más que devastada por la noticia. Desde hace tres días que no podía creer el giro rotundo que mi vida había dado. Una noche, simplemente me despedí de mis padres y les dije que los vería la próxima semana, cuando regresaran de su viaje a Italia, y al día siguiente me enteré de que su avión se había caído y no hubo ningún sobreviviente. Lo peor de todo, es que el cuerpo de mis padres no había aparecido, pues el avión se derrumbó en el agua. Estaba más que devastada porque había perdido a la única familia que me quedaba y porque ni siquiera tenía las fuerzas como para tener esperanza de que ellos regresaran alguna vez. Las personas que trabajan para mi familia me decían que debía ser fuerte y esperar nuevas noticias, decían que, tal vez, ellos estaban vivos, pero sé que solo lo decían para que yo me sintiera un poco mejor, pero no podía aceptar esa realidad, pues era obvio que, tal y como dijeron los investigadores del caso, no había nadie que haya sobrevivido.
Me tocaba enfrentarme yo sola a la vida ahora. Sin nadie que me amara, sin nadie que estuviese ahí para apoyarme, sin los besos de mi madre o los abrazos de mi padre. Ahora era yo sola contra el mundo y no me podía sentir más vacía que ahora. Sentía que iba a morir.
Di algunas especificaciones para la planificación del funeral de mis padres, pero no hice más que eso, pues no tenía las fuerzas ni las energías como para poder hacer algo así. El asistente de mi padre, que ahora iba a ser mío, se encargó de todo ello.
Mi vestido negro encajaba perfectamente a mi cuerpo. Me gustaba el color negro, pero este día lo odiaba con todo mi ser. No faltaba mucho para que la ceremonia de despedida empezara, así que debía bajarme pronto del auto para caminar hasta el lugar de sepelio. Había visto a mucha gente elegante caminar por el cementerio, y según mi nuevo asistente, todas esas personas eran conocidos y amigos de mis padres. A la mayoría de ellos, nunca los había visto en mi vida. Solo podía reconocer a algunas pocas personas. No tenía ánimos de sociabilizar con nadie, mucho menos de recibir el pésame de las personas, pero lo hacía por mis padres.
—La ceremonia comenzará pronto, señorita White —comunicó mi asistente.
Me quedé un minuto mirando por la ventanilla del auto, viendo a más y más gente caminar en la dirección a la que yo también debía ir. El silencio era ensordecedor. El vacío en mi pecho no me dejaba respirar.
Me bajé del auto sin esperar a que mi asistente abriera la puerta por mí y empecé a caminar con mis incómodos zapatos hacia el lugar del entierro, donde las personas iban tomando asiento en las sillas blancas y adornadas con flores que mis empleados habían preparado. Todo se veía muy lujoso y bonito, y era curioso, porque estos adornos me acompañaban en el peor día de mi vida.
Las personas me observaron de inmediato cuando me acerqué a todos ellos y tomé un lugar en la primera fila de asientos. No le dije nada a nadie porque, simplemente, no me salían palabras y no sabía muy bien qué decir. No era por ser una persona poco amable, es que estaba atravesando el peor suceso de toda mi vida y no sabía cómo manejarlo. En cuestión de minutos, el lugar se llenó de gente. Cuando menos me di cuenta, el lugar estaba casi lleno, con muy pocos asientos vacíos.
No sé en qué momento fue que el padre encargado de dar la ceremonia de despedida empezó a hablar y decir cosas bellas de mis padres. Sí, mis padres eran creyentes y el padre Frank los había conocido muy bien desde hace muchos años. Estaba incómoda, triste, no quería estar ahí, pero si ponía un poco de mi esfuerzo, era por mis padres. Lo hacía por ellos.
Noté la presencia de alguien vestido de negro tomando asiento en una de las sillas de la primera fila del lado izquierdo. Mis ojos viajaron de inmediato hacia él para ver de quién se trataba, pero a ese hombre jamás lo había visto en mi vida.
Era un muchacho en sus veintitantos años, que llevaba un traje increíblemente fino e impecable que lo hacían lucir increíblemente bien. Prestó inmediata atención a las palabras del padre, mientras que yo dejaba mis ojos en él, pues no podía dejar de admirar su belleza. Se notaba que era uno de los tantos millonarios con los que mi padre seguramente había hecho algún trato, aunque era demasiado joven como para ser un empresario con el que mi padre quisiera tratar.
Los ojos del chico se posaron en mí y me puse nerviosa de inmediato, pero eso no hizo que dejara de mirarlo. Mi mirada permaneció en él, quien ahora llevaba los brazos cruzados y una mirada dura, seria. Creo que reconoció que yo era la hija de los fallecidos. Me regaló una sonrisa leve y volvió a mirar hacia adelante. Por alguna razón, esa sonrisa me atravesó.





