Mi Dulce Protector Es Un Mafioso

Isa

Cuando la ceremonia terminó, y todos nos reunimos alrededor de la tumba de mis padres para despedirlos a ambos, antes de que fueran enterrados, casi me da algo. Esto era demasiado fuerte para mis ojos, demasiado fuerte para mi corazón, el cual apenas latía por todo lo que estaba viviendo. Pero me aguanté las lágrimas y no lloré. No quise llorar frente a las personas. Me avergonzaba hacerlo.

Aquel chico al que había visto en la primera fila, el que llegó tarde, se me quedó viendo de una manera extraña. No pude descifrar su mirada, pero era muy llamativa. Me observaba serio, pero se notaba que sentía... lástima por mí.

Una vez que todo terminó, no me quedé a arrodillarme frente a la tumba ni solté una sola lágrima. Creo que fui la primera persona en irse de ahí. Noté la mirada de todos, pero no me importó. Me subí al auto de una vez y esperé a que mi chofer se subiera para llevarme a mi casa de una vez. Lo peor de todo es que no podía irme a acostar, pues tenía que recibir a todas las personas que iban a casa a seguir despidiendo a mis padres.

La gente empezó a llegar poco después de que yo llegara. Tuve que recibir a todos, tuve que escuchar la cantidad de pésames que todos me dedicaban, y tuve que escuchar lo increíbles que eran mis padres como personas, mientras me aguantaba las lágrimas de los ojos y el nudo en la garganta. La casa estaba repleta de personas que no quería que estuviesen allí, quería que se fueran todos de una maldita vez, pues mi cabeza iba a estallar.

Caminé hacia la cocina y me quedé allí, pues el dolor de cabeza que tenía me estaba matando, literalmente. Cerré mis ojos un momento después de sentarme y apoyé mi cabeza en mis manos. Al menos, en esa parte de la casa, había algo de paz. Permanecí así durante varios minutos, hasta que alguien me pegó un susto que casi hace que me caiga de la silla.

—Hola —me habló.

—¡Ay! —me quejé del susto, y fue allí cuando casi me caigo de la silla.

Pero, si no me caí, fue porque sus firmes brazos me retuvieron de la cintura para evitar mi caída. Cuando levanté la mirada para verlo, me encontré con los hermosos ojos marrones del chico al que había visto en el cementerio hace rato. De inmediato me embriagué con su dulce perfume, pero me sentí incómoda porque nos encontrábamos demasiado cerca. Su boca casi que estaba sobre la mía.

—Lo siento —se disculpó, alejándose un poco de mí. Me sentí un poco aturdida por el asunto—. No era mi intención asustarte, Isabella.

¿Cómo es que él sabía mi nombre?

—¿Cómo sabes mi nombre? —le pregunté.

El chico se tomó el atrevimiento de sentarse en la silla a mi lado. ¿Qué es lo que quería?

—Porque conozco a tus padres desde que soy pequeño.

Elevé las cejas.

—¿De quién eres hijo?

—Mis padres han hecho muchas negociaciones con los tuyos. Son socios muy cercanos —respondió.

—Eran, querrás decir —le corregí.

Él clavó su profunda mirada en la mía.

—Lo siento, tienes razón. Mi nombre es Nicholas Leone, Isabella. Tus padres me han hablado mucho sobre ti.

—¿Sombre mí? ¿Por qué?

—Digamos que eras su orgullo. ¿Ellos te han hablado de mí?

Hice una mueca.

—No, la verdad es que no.

—Yo seré el nuevo CEO de las empresas de tus padres, Isabella.

Elevé las cejas, sorprendida por lo que me estaba diciendo.

Pero... es que esto no podía ser real.

—¿Qué estás diciéndome? —pregunté, preocupada.

—¿Qué? ¿No te lo han dicho?

No, definitivamente nadie me había dicho nada de esto. Pero es que no podía ser real. ¿Cómo es que este desconocido iba a ser el nuevo jefe de mis empresas? Debía estar borracho.

—Discúlpame, no sé cuánto has estado bebiendo, pero estás muy equivocado si crees que serás el nuevo CEO de mis empresas. Es que esto no tiene ningún sentido.

Apenas lo conocía, y él ya me caía fatal. Encima lo dijo con una seguridad tan inquietante como molesta.

Pero él no se tomó a mal mi comentario. Al contrario, permaneció sereno y tomó su portafolios y sacó unos papeles y me los tendió para que yo los viera.

—¿Qué es esto?

—Son los papeles en los que tus padres me dejan por escrito que yo sería el jefe si ellos morían por algún motivo. En otras palabras, esto es el contrato que tus padres y yo hemos firmado cuando yo cumplí mis veinte años.

No, Dios mío, esto no podía ser real. Se suponía que yo iba a ser la nueva jefa. Se suponía que yo sería la heredera de todo esto. ¿Cómo se les ocurría a mis padres hacerme una cosa así?

—No, tus padres no te han quitado todo, si es lo que piensas. Tú seguirás teniendo todo el dinero que quieras y tendrás un puesto alto en las empresas, pero yo seré quien lidere todo.

Apoyé los papeles bruscamente sobre la mesada. Por lo poco que había leído, él tenía razón en lo que me decía, pero me negaba a creer que esto fuera verdad. Porque mis padres nunca habrían sido capaces de hacerme esto a mí.

—¿Quién te crees que eres, Nicholas? Tú no puedes ser el nuevo jefe. Estos papeles son una basura, son un fraude. Te juro que te denunciaré por haber querido estafarme con algo como esto —lo amenacé, apuntándolo con el dedo.

Lo peor de todo, es que él seguía comportándose muy sereno.

—No, Isa, él está en lo cierto —respondió mi asistente, quien aparentemente nos había estado observando desde la entrada de la cocina.

—¿Qué dices? Tú... ¿tú sabías sobre esto? —lo miré indignada—. ¡¿Cómo es esto posible?! Este hombre no puede ser el CEO de las empresas. ¡Yo soy la hija de mis padres! ¡A mí me corresponde ser el nuevo CEO!

Mi asistente se acercó a mí.

—Lo siento mucho, señorita Isabella. Yo no quise decirle nada porque era un momento muy delicado, pero el señor Nicholas Leone es el nuevo CEO de las empresas por orden de sus padres, señorita. Ese contrato y el testamento están hecho desde hace años atrás.

Me sentí traicionada. Mis padres siempre me dijeron que yo iba a ser la dueña de las empresas, pero ahora resultaba que no era así. ¿Cómo podían elegir a este desconocido como el nuevo jefe y no a su propia hija?

—¡Es que esto no puede ser!

—Señorita, a partir del lunes, usted tendrá su puesto en la empresa, pero el CEO será él. Lo siento mucho, en serio.

—No te preocupes. Escucharé todas tus opiniones, trabajaremos muy bien juntos —respondió Nicholas, regalándome una sonrisa.

¿Trabajar juntos? Ni hablar.

—¡Tú y yo no trabajaremos juntos nunca en la vida!

—El contrato dice que sí, a no ser que no quieras usar tu puesto, Isabella. En ese caso, tendré que buscar a alguien más.

—¡Ni se te ocurra, maldito...! —me callé la boca para no terminar insultándolo.

—Entonces, te veré el lunes temprano. —Cerró su maletín y se levantó de la silla para luego marcharse.

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