Mi Divorcio, Mi Libertad

El cuaderno de bocetos era antiguo, con las páginas amarillentas y un olor a papel viejo. Con la punta de un pincel fino, Sofía hundió la cerda en el tintero negro. Cada mancha era un ritual, una traición documentada.

Hoy, cubrió la esquina de una Giralda que había dibujado con esmero, una representación de su amor por Mateo.

Quedaban pocas partes del dibujo sin manchar.

Cuando la última parte quedara cubierta de negro, ella se marcharía.

Mateo entró en el estudio sin llamar, como siempre. Vio el cuaderno abierto sobre la mesa de trabajo.

"¿Qué es esto?" preguntó, con más curiosidad que interés.

Lo cogió y lo hojeó. Vio las manchas negras que se comían poco a poco el dibujo. Se rio, una risa corta y despectiva.

"¿Un drama de niña, Sofía? ¿Llevas la cuenta de mis supuestos errores?"

Dejó caer el cuaderno sobre la mesa con indiferencia y salió de la habitación. Para él, era insignificante. Para Sofía, era la cuenta atrás para su libertad.

El estudio de Mateo era un santuario para otra mujer. En las paredes no había fotos de su boda, sino de Isabella de la Fuente. Isabella en la playa, Isabella montando a caballo, Isabella sonriendo con la misma sonrisa que él recordaba de su adolescencia.

Una vitrina entera contenía trofeos de toreo, pero junto a ellos, una flor seca que Isabella le había regalado hacía quince años. Sofía pasaba por delante cada día, un recordatorio constante de que ella era la extraña en su propio hogar.

El teléfono de Mateo sonó en mitad de la cena. Era uno de sus amigos de la cuadrilla.

"¡Mateo, el cortijo de Isabella está en llamas!"

Mateo se levantó de un salto, la silla cayó hacia atrás con un golpe seco. Su rostro se llenó de pánico. No miró a Sofía. No dijo una palabra. Simplemente corrió hacia la puerta.

"¡Voy para allá!" gritó al teléfono.

Sofía se quedó sola en el comedor, con la comida a medio tocar. El silencio de la casa era abrumador.

Cuando Sofía llegó al cortijo, las llamas devoraban el ala oeste. Los bomberos luchaban contra el fuego. Mateo estaba allí, discutiendo con el jefe de bomberos, con el rostro cubierto de hollín.

"¡Tengo que entrar! ¡Isabella está atrapada dentro!"

"Es demasiado peligroso, señor Vargas. Su carrera depende de su físico, no puede arriesgarse así."

"¡Al diablo con mi carrera!" gritó Mateo. "¡Ella es lo único que importa!"

Ante la mirada de todos, se cubrió la cara con la chaqueta y corrió hacia el edificio en llamas, ignorando los gritos de advertencia.

Sofía observó la escena, con el corazón helado. Vio la devoción en los ojos de Mateo, una devoción que él nunca le había mostrado a ella. Lo vio salir minutos después, llevando a una Isabella que tosía pero estaba ilesa. La abrazaba con una fuerza protectora, susurrándole palabras de consuelo al oído.

La frialdad con la que la había tratado a ella durante tres años de matrimonio contrastaba dolorosamente con el calor que le profesaba a Isabella.

Unos días después, Sofía escuchó a dos miembros de la cuadrilla de Mateo hablar en el patio.

"Siempre fue por ella," dijo uno.

"¿El qué?"

"Todo. Convertirse en torero. Quería impresionarla, cumplir una promesa que le hizo de niño. Dijo que sería el torero más famoso del mundo para ella."

Sofía se apoyó en la pared, sintiendo que le faltaba el aire. Así que toda la vida de su marido, su pasión, su identidad, no era suya. Era un regalo para otra mujer.

El cuaderno estaba sobre su regazo. La tinta negra era fría al tacto. Cada acto de devoción de Mateo hacia Isabella era una nueva mancha, un paso más hacia la puerta de salida. El dibujo de su amor estaba casi completamente oscurecido.

El punto de quiebre llegó en el tablao flamenco de Isabella. Era una noche de celebración por la reapertura tras el incendio. Mateo había insistido en que Sofía fuera.

Estaban en un balcón antiguo, con vistas al escenario. De repente, se escuchó un crujido siniestro. El suelo bajo sus pies tembló.

El balcón se derrumbaba.

En una fracción de segundo, Mateo reaccionó. Su instinto lo guio. Se giró, no hacia su esposa, sino hacia Isabella. La empujó fuera del peligro, protegiéndola con su propio cuerpo.

Sofía no tuvo tiempo de reaccionar. Un trozo de mampostería la golpeó en la espalda y la cabeza. Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue a Mateo sosteniendo a Isabella, asegurándose de que estuviera bien, mientras ella caía entre los escombros.

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