Lo primero que hizo Sofía al recibir el alta del hospital fue llamar a su abogado.
"Quiero iniciar los trámites de divorcio," dijo con voz firme, sin rastro de duda.
El abogado, un viejo amigo de la familia, no hizo preguntas. Solo dijo: "Preparo los papeles."
Isabella se había instalado en la casa de Mateo mientras su cortijo era reparado. Intentaba cuidar de él, que había sufrido quemaduras leves en el incendio. Pero era torpe, inútil.
Intentó cocinarle una sopa y casi quema la cocina. Intentó cambiarle un vendaje y casi lo ahoga con la gasa. Se quejaba constantemente del olor a antiséptico y de lo aburrido que era estar en casa.
Mateo, sin embargo, la trataba con una paciencia infinita.
"No te preocupes, mi amor. Estoy bien," le decía, mientras él mismo se limpiaba la herida. "Tú solo descansa."
La consolaba por su torpeza, minimizando su propio dolor para calmar la ansiedad de ella.
Una tarde, Isabella, sentada a los pies de su cama, le preguntó con una voz falsamente inocente.
"Mateo, nunca te lo pregunté. ¿Por qué te hiciste torero? Siempre pensé que te harías cargo de la ganadería de tu padre."
Mateo la miró, y en sus ojos brilló una luz que Sofía no había visto en años.
"¿No te acuerdas? Una tarde, cuando teníamos dieciséis años, me dijiste que soñabas con casarte con un torero famoso. Que era lo más romántico y valiente del mundo. Yo solo quería cumplir tu sueño."
Isabella se quedó sin aliento, conmovida. Puso su mano sobre la de él.
"Oh, Mateo…"
Se inclinó y lo besó. Un beso largo y profundo, que sellaba una promesa rota y reavivaba una obsesión.
Sofía lo vio todo desde el umbral de la puerta. Había venido a traerle ropa limpia. Se quedó paralizada, observando la escena. No sintió celos, ni siquiera rabia. Solo una profunda y helada confirmación.
Su matrimonio había sido una mentira desde el principio.
Se dio la vuelta en silencio y se marchó. El beso que acababa de presenciar era la última prueba que necesitaba.
Unos días más tarde, llegó un sobre por correo. Era del seguro. Dentro, había una copia de la póliza de vida de Mateo. La había contratado justo antes de su primera corrida importante.
El único beneficiario no era su padre, ni su familia. Era Isabella de la Fuente.
Sofía sostuvo el papel en sus manos. La letra de Mateo, firme y decidida, designando a otra mujer como la receptora de todo en caso de su muerte.
Comprendió entonces que la vida de Mateo, sus ambiciones, sus miedos y sus sueños, nunca le habían pertenecido a ella. Siempre habían sido para Isabella. Ella solo había sido una espectadora, una esposa de conveniencia en la vida de su propio marido.
Se sentó en su estudio, el único lugar de la casa que sentía como suyo. Abrió su ordenador portátil y buscó un nombre en sus contactos.
Javier Moreno.
Era un antiguo colega de la facultad, un maestro artesano de Córdoba. Hacía años que no hablaban. Marcó su número.
"¿Javier? Soy Sofía Navarro. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero… he oído que tu taller en Córdoba está haciendo un trabajo increíble en la Mezquita. Me preguntaba si… si tendríais un hueco para una restauradora más."
Hubo un silencio al otro lado de la línea, y luego la voz cálida de Javier.
"Sofía. Qué alegría escucharte. Para ti, siempre hay un hueco. ¿Cuándo empiezas?"
Sofía sonrió por primera vez en mucho tiempo.
"Pronto," dijo. "Muy pronto. Me mudo a Córdoba."





