La Puerta del Sol estaba abarrotada. Faltaban diez minutos para la medianoche, para las uvas.
El aire frío de Madrid me cortaba la cara.
Adrián no estaba.
Le llamé por sexta vez. El teléfono sonaba y sonaba, hasta que saltó el buzón de voz.
«El número al que llama está apagado o fuera de cobertura».
Mentira. Hacía media hora aún daba tono. Me había colgado.
A mi lado, las parejas se abrazaban, los amigos reían. Yo estaba sola, con mi vestido nuevo y mis doce uvas en un pequeño recipiente de plástico.
Me sentía ridícula.
Mateo me había enviado un mensaje hacía una hora.
«Isabel me ha cancelado. Dice que es una cena familiar de última hora. ¿Tú qué tal con mi primo?».
No le había respondido. Tenía la estúpida esperanza de que Adrián apareciera en el último segundo, con una excusa perfecta y una sonrisa arrogante que yo perdonaría, como siempre.
Pero las campanadas empezaron a sonar. Una, dos, tres.
Me comí las uvas sola, tragando con cada golpe de campana la humillación y la certeza del abandono.
A la una de la madrugada, mi teléfono vibró. No era Adrián. Era una notificación de Instagram.
Una publicación coordinada.
Adrián e Isabel.
La foto era en una cala de Ibiza, con el sol poniéndose. Una de esas fotos perfectas, estudiadas. El texto era simple: «Feliz Año Nuevo. Por un futuro juntos. ❤️»
El viaje a Ibiza que ambos dijeron que hicieron por separado en verano.
Todo encajó. Los secretos, las llamadas perdidas, las excusas.
Sentí un frío que no era el del invierno de Madrid.
Me di la vuelta y caminé sin rumbo, hasta que mis pies me llevaron a la chocolatería San Ginés. Estaba llena, pero encontré una pequeña mesa en un rincón.
Pedí un chocolate con churros.
Cuando el camarero lo trajo, alguien se sentó frente a mí.
Era Mateo. Tenía la misma cara que yo debía de tener.
«¿Tú también lo has visto?», preguntó.
Asentí, incapaz de hablar.
Él miró mi chocolate, luego a mí.
«Yo también le compré un regalo de Reyes. Un viaje a Copenhague. Siempre dijo que quería ir».
Yo había comprado para Adrián un reloj carísimo que llevaba meses mirando.
Nos quedamos en silencio, escuchando el murmullo de la gente feliz a nuestro alrededor. El dolor era una cosa compartida, un espejo.
«Son unos cabrones», dijo él.
«Sí», logré decir.
Mateo mojó un churro en su chocolate con una rabia contenida.
«¿Sabes qué? Que les den».
Me miró fijamente. Sus ojos, normalmente alegres, tenían una dureza que nunca le había visto.
«Oye, Sofía».
Hizo una pausa.
«¿Y si nos liamos tú y yo?».
Le miré, confundida.
«Nos conocemos de siempre», continuó, con una lógica aplastante nacida de la desesperación. «Nuestras familias se adoran. Casémonos. Antes que ellos. Y lo hacemos a lo grande, para que vean lo que se pierden».
El plan era una locura. Una reacción visceral, un acto de despecho puro.
Pero en ese momento, en esa chocolatería, rodeada del olor a fritura y azúcar, me pareció la idea más brillante del mundo.
Le sostuve la mirada.
«Acepto».





