Mateo no perdía el tiempo.
El viernes por la tarde, recibí una llamada suya.
«Comida familiar en la finca de mis padres el domingo. Ponte guapa».
Y colgó.
No era una petición, era una orden. Una parte de mí estaba aterrorizada, la otra, extrañamente emocionada. Era como saltar al vacío, pero con alguien sujetándote la mano.
El domingo llegué a la finca a las afueras de Madrid. El coche de mis padres ya estaba aparcado junto al de los padres de Mateo. Las dos familias, los grandes clanes de la alta sociedad madrileña, reunidas.
Mateo me esperaba en la puerta. Llevaba una camisa blanca impecable y unos pantalones de lino. Estaba carismático, tranquilo, como si casarse por venganza fuera el plan más natural del mundo.
«¿Lista?», me susurró.
Negué con la cabeza. Él sonrió.
«Perfecto. A mí también me tiemblan las piernas».
La comida fue un despliegue de poderío. El jamón de bellota, el marisco, el vino caro. Nuestras familias hablaban de negocios, de política, de las próximas vacaciones en Sotogrande. Nos observaban a Mateo y a mí, sentados juntos, con miradas de aprobación. Siempre habían querido esta unión. Éramos «la pareja perfecta».
Si supieran.
Después del postre, cuando el sol de invierno empezaba a caer sobre los campos, Mateo se levantó. Golpeó suavemente su copa con un cuchillo.
El silencio se hizo en la enorme mesa del porche.
«Familia», comenzó Mateo. Su voz era firme. «Hay algo que Sofía y yo queremos deciros».
Todos los ojos se clavaron en nosotros. Mi corazón empezó a latir con fuerza.
Mateo me miró, luego se giró hacia mi padre.
«Señor De la Vega, con su permiso».
Y entonces, delante de todos, se arrodilló.
Sacó una pequeña caja de terciopelo azul de Cartier del bolsillo. La abrió. Dentro, un anillo de diamantes brillaba con una luz insultante.
«Sofía», dijo, y su voz solo tembló un poco. «Te conozco desde que éramos unos críos. Sé que esto es repentino, pero a veces las cosas más importantes de la vida lo son. Cásate conmigo».
Hubo un segundo de silencio atónito.
Y luego, el caos.
Mi madre soltó un grito de alegría. La madre de Mateo se llevó las manos a la boca, con los ojos llenos de lágrimas. Nuestros padres se levantaron para abrazarse.
Era un júbilo absoluto, ensordecedor.
Nadie cuestionó la rapidez. Nadie preguntó por Adrián o por Isabel. Para ellos, esto era el destino cumpliéndose.
En medio del alboroto, Mateo me puso el anillo. Encajaba perfectamente.
«Te lo dije», me susurró al oído, mientras su madre nos abrazaba. «A lo grande».
Esa misma noche, nuestras madres ya habían creado un grupo de WhatsApp llamado «Boda Sofía & Mateo».
La máquina se había puesto en marcha. Y nosotros estábamos atrapados en el engranaje.





